S?bado, 27 de febrero de 2016

Hay personas que dicen pertenecer a la fe de Cristo pero viven en rebelión ante su doctrina. Estos no tienen a Dios, sino al espíritu del anticristo, por cuanto no han recibido el espíritu de adopción sino el de rebeldía. Siempre impacta observar la gran cantidad de personas que dicen estar seguras de la fe que confiesan, si bien su doctrina manifiesta una sutil rebelión al dictamen de las Escrituras.

Parabainon (παραβαινων) es el verbo griego que usa Juan en una de sus cartas para indicar la rebelión de los que se confiesan creyentes. Este verbo significa violar una orden, transgredir, ir contrario a. Cualquiera que se rebela, dijo el apóstol, cualquiera que transgrede, cualquiera que vaya en contra de la doctrina de Cristo. Esa doctrina es la didaché (διδαχή), la instrucción, lo que ha sido enseñado; de tal forma que no será posible cambiar ni una jota ni una tilde de lo que fue dicho por los apóstoles o por el Señor. Tampoco se habrá de eliminar nada de lo que fue expuesto por los profetas o por el resto de los escritores bíblicos.

La doctrina de Cristo estuvo sujeta a la doctrina del Padre. El cuerpo de enseñanzas que trajo Jesús como Maestro en medio de su pueblo fue recogido por los escritores bíblicos para la formación de su iglesia. Es cierto que muchos se deslumbran por la moral cristiana, como si la más importante misión del Hijo de Dios hubiese sido dictar un curso de ética. Pero el Señor más bien estuvo en contra de los modelos establecidos por la sociedad religiosa con la que le tocó disputar; llegó a ser el prototipo de quien lucha contra corriente, derrumbando costumbres fosilizadas que mataban el espíritu. La misión fundamental de Jesucristo fue salvar a su pueblo de sus pecados, no enseñar conductas sociales para convivir en civilización (Mateo 1:21).

Nuestro interés ha de ser indagar en el cuerpo doctrinal que tiene que ver con el propósito fundamental de su venida. La salvación de su pueblo es lo que debemos mirar en principio, la forma en que la alcanzó y los beneficiarios de su trabajo en la cruz. El Señor dijo en varias oportunidades que nadie podía venir a él si el Padre que lo envió no lo trajere a la fuerza. El verbo griego Elko que emplea el Señor es el utilizado para describir la forma en que un barco arrastra otra embarcación. Esa es la forma en que el Padre nos lleva hacia el Hijo, a la fuerza y por arrastre, ya que nuestra voluntad muerta en delitos y pecados no colabora en lo más mínimo. Aunque una vez operado el nuevo nacimiento la criatura que ha venido a la luz tiene un corazón nuevo, voluntarioso y animado para servir a Dios.

En la enseñanza de Jesús acerca de su trabajo en la cruz también nos dijo que todo  había sido consumado. Su tarea concluyó con éxito y pudo entregar su espíritu en forma satisfecha. Esa satisfacción la conoció el Señor antes de su muerte, la manifestó en una oración solemne y memorable en el Getsemaní. En aquel huerto Jesús oraba al Padre agradeciéndole por los que le había dado, los cuales incluía a todos aquellos que creerían por la palabra de los que ya habían creído. En esa misma oración el Señor dijo en forma explícita que no oraba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado.

Esa oración forma parte crucial del cuerpo de enseñanzas que Jesús nos legó; allí se exponen dos grandes grupos, las ovejas por quienes daría su vida como buen pastor y las cabras que son dejadas por fuera de la redención, las cuales son el mundo (Juan 17:9). Pero hay gente que se rebela contra esta enseñanza de Jesús diciéndonos que Jesucristo murió por todos sin excepción, lo cual incluye al mundo por el cual no rogó. Vemos que los que se rebelan contra la doctrina de Cristo enseñan cosas que son contrarias a lo que la Escritura expone. Pareciera que ellos creyesen que no todo fue consumado en la cruz, por cuanto el hombre tendría la última palabra al aceptar o rechazar el sacrificio expiatorio de Jesús.

Como no pueden minimizar los textos evidentes de las Escrituras los transforman. Hablan de predestinación pero en un sentido falaz, de tal forma que demuestran la locura de su extravío. La predestinación para ellos consiste en escoger aquellos que el Señor sabía que iban a creer en él; como si Dios viese algo bueno en los escogidos. Tal vez esos que se rebelan contra la palabra divina suponen que los muertos en delitos y pecados no están tan muertos, porque pueden decidir si aceptan o rechazan a Jesús. Ante los ojos de la rebelión, el impotente hombre espiritual se ha convertido en soberano, mientras Dios delega en él el éxito o fracaso del Hijo en la cruz. Pero aún dentro de su extravío cabe hacerles una pregunta: Si el Señor sabía de antemano quiénes iban a creer en él, ¿por qué tuvo que morir por todos? ¿No fue algo inútil morir por aquellos que ya sabía no iban a creer en él?

A la pregunta que unos discípulos le hicieron a Jesús acerca de si eran pocos los que se salvaban, el Señor les respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Con ello dejaba cátedra en torno a la imposibilidad humana de ser salvo por sus propias fuerzas, dejando toda la carga al Padre, quien puede hacer posible todas las cosas. En otros términos, el hombre no tiene ni arte ni parte en su redención; como un muerto tiene que recibir la orden de vida que Jesús le dio a Lázaro. Incapaz de levantarse o de escuchar alguna voz que lo oriente, el espíritu muerto en delitos y pecados es un sujeto pasivo y estático. Solamente el Espíritu puede darle vida, pero no por voluntad humana sino de Dios. Esta también fue una enseñanza de Jesús, frente a Nicodemo como auditorio al que se dirigía.

Jesucristo es el autor y consumador de la fe; la Biblia dice que no es de todos la fe, y que ella es un don de Dios. De manera que si es un regalo de Dios y no es de todos la fe, ella tampoco es un aporte humano sino que viene en el paquete de la salvación. Al nacer de nuevo el sujeto tiene fe, pero nunca podrá tenerla antes de su redención. Por si fuera poco, antes de que las criaturas hiciesen bien o mal ya han sido escogidas por Dios para uno u otro destino (Romanos 9), por lo cual las ovejas tendrán fe y los cabritos carecerán de ella.

Continuar en la doctrina de Cristo implica manifestar lo que Dios nos ha sembrado en el corazón (de la abundancia del corazón habla la boca). ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). El árbol bueno da buen fruto (confiesa creer en la doctrina de Cristo), pero el árbol malo no puede dar buenos frutos.

Tener celo de Dios y buena reputación no garantiza tener fe verdadera; Dios conoce los corazones y no juzga según las apariencias. Qué mejor reputación que la de un ángel del cielo y Pablo dijo que si éste viniere con un falso evangelio debería ser maldito. Incluso hubo judíos celosos de Dios pero no lo hacían conforme a entendimiento, porque anteponían sus propias obras ante la ignorancia de la justicia de Cristo (Romanos 10:1-4). En Lucas 6:26 Jesús se lamenta por aquellos que tienen buena reputación, de quienes el mundo habla bien, porque así habían hecho sus padres con los falsos profetas: hablaron bien de ellos. Muchos fariseos caminaban la tierra entera en busca de un prosélito (seguidor) y lo hacían doblemente merecedor del castigo eterno. De manera que el trabajo religioso y el celo por Dios o por la Biblia no son garantías de una fe genuina. Solamente continuar en la doctrina de Cristo es la garantía de haber sido escogidos para vida eterna. Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo (2 Juan 9).

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 9:44
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