Martes, 23 de febrero de 2016

Alguien puede argumentar que al ser arminiana una persona estará más cerca de la verdad que un mormón o un musulmán. El asunto es que se puede estar totalmente perdido no importa cuán cerca se esté de la verdad. La cercanía no salva, de acuerdo a lo que uno lee en el evangelio. Judas, por ejemplo, anduvo con Jesús poco más de tres años en esta tierra, presenció sus señales y prodigios, se alimentó junto al resto de discípulos, fue testigo de excepción del poder sobrenatural que acompañaba al Señor. Pero sabemos que esa experiencia no le sirvió de nada al momento de traicionar a su Maestro y de tirarse al desprecio de su cuerpo cuando cometía suicidio.

De la misma forma muchos le dirán al Señor en el día final que ellos echaron fuera demonios en su nombre, que hicieron grandes señales y prodigios, que predicaron ardientemente el evangelio por doquier, que asistieron regularmente a una iglesia, que dieron ofrenda a los pobres, ayudando a los más necesitados. Sin embargo, el Señor les dirá que nunca los conoció. Es decir, nunca intimó con ellos, nunca los tuvo por ovejas, nunca fueron sus hijos. Porque se puede estar con parte de la verdad pero vivir en adulterio espiritual con la mentira doctrinal.

Cualquiera puede asumir que cree en el evangelio de la gracia, pero agregarle que tiene un libre albedrío con el cual respondió al llamado del Señor. Puede aducir que si no fuese por el sentido de libertad interno e independencia la salvación no hubiese sido alcanzada. Porque creer que Jesucristo hizo su parte y que ahora le toca al ser humano hacer la suya es una herejía del tamaño de Pelagio o de Arminio. Nada más blasfemo que suponer que Dios eligió desde los siglos en base a una fe prevista, en base a las buenas obras de la decisión por Cristo que el hombre iba a tomar.

Porque suponer una fe prevista implica reconocer una buena obra inherente en la criatura. Esta buena obra de la fe sería lo que hace la diferencia entre un salvado y un perdido, dentro del submundo del otro evangelio, no la disposición de quien elige ni sus actos soberanos que demuestran amor eterno o el propósito de la alabanza de su gloria y poder. El arminianismo garantiza la salvación sobre la base del trabajo humano, diciéndonos que de otra forma Dios sería discriminatorio y arbitrario. Porque para que haya justicia necesario es que haya imparcialidad, de manera que la salvación se mostraría como la justicia de Dios no sobre los hombres muertos en delitos y pecados, sino sobre los hombres que hacen la diferencia en base a su disposición de corazón.

¿Pero qué dice la divina Escritura? No desecho la gracia de Dios: porque si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo (Gálatas 2:21). La ley acá es el universo de las obras, de manera que si gracia ya no obras y si obras ya no gracia. Pablo es absoluto y tajante, no deja espacio para intermedios ni combinaciones entre trabajo humano y trabajo divino. Es todo de gracia, todo de Dios, todo de la elección y por causa del elector. Porque si ya los nombres están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, entonces Jesús no murió por todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en ese libro (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

El adulterio espiritual se hace posible cuando se arranca de la asunción de que no hay diferencia entre la salvación por gracia y la gracia preventiva que supuestamente da Dios a todas las personas. Esto es sencillamente una mentira del tamaño del universo, de manera que todo lo que se construya bajo el supuesto de una gracia preventiva deja falso cualquier argumento derivado. Porque toda argumentación fundamentada en la mentira hace falaz el razonamiento desprendido.

Asumir que existe libre albedrío humano por cuanto de otra forma Dios sería un Tirano, que si no fuese de esta manera no habría responsabilidad ni culpa de pecado, implica partir de una premisa sin base en las Escrituras. Porque desde Génesis hasta Apocalipsis el ser humano es visto como una criatura, hecha de acuerdo a los planes sempiternos del Creador. La relación que se exhibe en la Biblia entre Dios y su criatura es la de un alfarero con su barro que ha formado. No hay respeto por la persona humana, simplemente un señalamiento de identidad con la cual ha sido creada.

El rey de Asiria se erigió como monumento de la voluntad de Dios, junto a otro modelo semejante, el Faraón de Egipto. Ambos seres cargados de poder humano fueron hechos para el propósito divino. Lo mismo le aconteció a Judas Iscariote, llamado desde antes hijo de perdición, señalado como de quien la Escritura tenía que cumplirse. ¿Fue por esa razón excluido de culpa Judas al traicionar al Señor? Dicho de otra manera, ¿murió Jesucristo representando a Judas en la cruz, o lo dejó de lado y por fuera de ella junto al mundo? ¿Fueron exonerados el Faraón o el rey de Asiria, por cuanto fueron escogidos para demostrar el poder de Dios en ellos? En ninguna manera, sino que son contados como vasos de ira y destrucción eterna, sobre los cuales Dios ha ejercido su más grande paciencia.

Los que adulteran con un evangelio menos consistente deben saber que lo menos no se hace más por la combinatoria de los dos elementos. Un poco de veneno mortal es suficiente para contaminar el resto del vaso de agua limpia. No se puede asumir como cierto el que el agua limpia mitigará el peligro del veneno mortal concentrado en una copa, más bien se puede ver como válido el hecho de que aquella agua limpia será contaminada con la mortal bebida. De igual forma, en materia del espíritu, la mentira doctrinal no se limpia con un poco de verdad doctrinal. El andar entre dos aguas es un signo de andar perdido, aunque éste sea el camino preferido de Satanás para sus engañados.

Ciertamente solo Dios puede abrir los ojos que están en oscuridad y tinieblas, pero si el misterio de la piedad es grande el de la impiedad también suele serlo. Se predica una y otra vez sobre lo mismo, porque la misma mentira recorre las bancas de las sinagogas satánicas una y otra vez. El llamado de Dios a su pueblo es a que salgan de Babilonia, para que no reciban el castigo de sus plagas. El que tiene oídos habrá de oír, pero al que rechaza la verdad le será enviado un espíritu de estupor para que crea la mentira y se pierda. Debe ser terrible no reaccionar ante la denuncia del adulterio espiritual, pero también ha de ser un milagro el poder levantarse y echar a caminar en el sendero de la verdad. Para esto solo Dios es suficiente.

No se puede predicar a Cristo en forma separada de su doctrina, no es posible creer en su nombre en forma independiente de su persona y de su obra en la cruz. Creer en Cristo implica conocer lo esencial de su persona y de su obra, ya que no hay contradicción entre el corazón y la mente, como si fuesen dos cosas distintas en las Escrituras. No podemos decir que se cree con el corazón aunque no se comprenda con la mente, como menospreciando el entendimiento, como si Jesucristo dejase de ser por momentos el Logos eterno. Recordemos que de la abundancia del corazón habla la boca, de manera que lo que decimos y confesamos de la doctrina de Jesús es aquello que en realidad hemos creído en el corazón.

Por eso es que la doctrina importa, por eso fue que Isaías dijo que por su conocimiento, salvará mi siervo a muchos. Por eso es que Pablo dijo de unos judíos que pese a tener celo de Dios carecían de conocimiento, pues su celo no se basaba en el conocimiento debido (Romanos 10:1-4). Y Jesús fue muy explícito al decir erráis ignorando las Escrituras. Y por otro lado agregó: escudriñad las Escrituras, porque en ellas os parece que tenéis la vida eterna. El conocimiento de Dios importa y mucho, tanto que por ese conocimiento podemos ver la diferencia entre la justicia de Dios (que es Cristo) y la justicia nuestra (que es obra abominable ante Dios). Esa justicia de Dios fue perfeccionada (acabada o consumada) en la cruz del calvario, cuando el Señor salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), siguiendo el designio de su corazón expresado la noche anterior en el Getsemaní, cuando orando al Padre agradeció por los que le había dado y dejó por fuera al mundo, por el cual no rogó (Juan 17:9).

Ser rebeldes contra esta justicia de Dios implica que el evangelio no ha sido entendido y por lo tanto la justicia de Dios tampoco ha alumbrado aquel corazón. La objeción contra los designios divinos, eternos e inmutables, pasa a ser una muestra de la dureza del corazón de piedra que no ha sido cambiado en uno de carne, pero es también un signo de andar perdido en el mundo de la fe. Solo Dios puede cambiar ese corazón de acuerdo a su voluntad eterna e inmutable.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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