Domingo, 21 de febrero de 2016

El falso evangelio se ha introducido en la mente de muchos que tienen el verdadero evangelio enunciado en la Biblia. La razón es la similitud que presentan ambos, ya que el pseudo evangelio utiliza la Escritura como un esgrimista su sable. Sería como hablar dentro del mundo fabuloso de la evolución de la cercanía entre el chimpancé y el ser humano. Sin embargo, para cualquiera con un poco de cordura podría ser simple ver las diferencias entre ambos y darse cuenta de lo imposible para uno llegar a ser el otro.

Pero los de la iglesia de Galacia habían sido seducidos por los anunciadores del otro evangelio, al punto que Pablo les advierte que están caídos de la gracia los que de las obras se agarran. En la célebre tentación o prueba presentada a Jesús en el desierto, el diablo citó varios textos de las Escrituras en una forma que parecía pertinente. Sin embargo, tal desempeño puso en evidencia el ataque que iba destinado a Jesucristo el Señor. Y es que muy a pesar de que el falso evangelio utilice los textos de la Biblia para argumentar a su favor, la visión general de su enunciado deja ver sus costuras.

La doctrina de Arminio utiliza la verdad de las Escrituras al servicio de una perversa mentira. La salvación por gracia se transmuta en una gracia general para toda la humanidad, una  gracia que habilita al hombre caído en delitos y pecados, para que él decida en última instancia si quiere ser salvo o perderse en el pecado. Nada más humanista que esta presentación del evangelio falso, pero nada más contra Biblia que la tesis de Arminio. Al igual que Satanás en el desierto, el interés arminiano no es otro que privatizar la interpretación de las Escrituras para rendirlas al servicio de un interés distinto al enunciado de ellas.

Las viejas palabras del reptil del Génesis cobran vigencia y sentido en el evangelio de Arminio. El seréis como dioses se hace realidad ante un hombre que ahora es soberano por decisión divina. En ese sentido pareciera no haber pecado, pues fue Dios quien se dispuso ceder su soberanía por un breve tiempo para que el todopoderoso hombre decida su destino. La fábula del libre albedrío se vuelve realidad y es respetada por el sabio Dios, quien ahora depende de lo que diga su criatura en torno al sacrificio expiatorio de Su Hijo.

Pero el argumento bíblico viaja en un sentido diferente al de los arminianos. Si la salvación es por obras, entonces la gracia no tiene cabida; pero, si la salvación es por gracia, las obras no tienen ningún sentido ni importancia. Esa salvación, que es por gracia, equivale a la elección de gracia, al hecho de ser escogidos por misericordia, sin que hubiese elementos favorables de mérito en la criatura escogida. Es más, se dice que Esaú fue escogido para castigo eterno aún antes de que naciese. Pero si alguien osa asegurar que Dios previó las obras malas en Esaú, la Biblia agrega que ni siquiera había hecho ni bien ni mal, para que la elección soberana de Dios prevaleciese por sobre las obras de quienes elige para uno u otro destino. Lo mismo aconteció con Jacob, a quien Dios escogió como objeto de gracia.

No hay alternativa, o la elección es por obras o es por gracia. Gracia y obras son conceptos excluyentes. El hombre no se puede elegir a sí mismo, porque muerto en delitos y pecados no puede ver la medicina que lo salve, ni siquiera desearla. Al igual que Lázaro dentro de la tumba, necesita oír la voz del salvador que lo llame a la vida. Si no se produce tal voz no hay resurrección posible, no hay nuevo nacimiento. Y si Jesucristo dijese las palabras a toda la humanidad sin excepción, aquellas que dijo a Lázaro, toda la humanidad sería salva. Pero tal cosa no es lo que ha ocurrido ni en el discurso bíblico ni en lo que vemos en el día a día.

Llegar a ser cristiano implica haber llegado a conocer la persona y el trabajo de Jesucristo. Jesucristo no es una palabra para repetir vanamente, no es una palabra milagrosa que hace salvo a las personas que la pronuncian. Jesucristo es un nombre que encierra la gran verdad de Dios respecto a su persona y a su trabajo en la cruz. Si alguien dice que es creyente, debería comprender quién es Jesús (el enviado del Padre para salvar a su pueblo de sus pecados) y qué significó su obra en la cruz (la noche antes de su crucifixión dejó al mundo por fuera de su oración porque no iba a morir por él).

Pero así como existió la interpretación privada de Satanás, durante la prueba a Jesús en el desierto, los del otro evangelio aman el análisis interpretativo privado de los textos de la Biblia, aunque los hacen para su propia perdición (2 Pedro 3:16). Sabemos por las Escrituras que si Dios no hubiese escogido al hombre en un acto de discriminación divina, no habría habido gracia alguna. Dado que la elección de Dios no puede separarse de la gracia de Dios, sino que una es reflejo de la otra, creer en el evangelio de la gracia es creer en la doctrina de la elección.

Gracia y elección no son conceptos abstractos y escondidos en las Escrituras, sino que forman parte de su declaración pública. Sería imposible que alguien siendo creyente argumentase que no hay elección o que ésta ha dependido de la disposición previa del corazón humano. Este es el criterio de los arminianos, por lo cual está en contraposición con el sentido literal y de contexto de las Escrituras. Los que se dicen ser creyentes y asumen tal doctrina demuestran lo equivocados que están en cuanto a lo que Jesucristo enseñó. Una regla sencilla de interpretación emana del texto descrito en Juan 10:1-5. Acá se expone claramente que los que son del buen pastor jamás se van tras los extraños, porque desconocen la voz de ellos. De manera que todo aquel que tenga una doctrina falsa como aval de haber creído está demostrando que es un extraño o que ama la voz de los extraños. El tal no es una oveja del buen pastor.

Llegar a descubrir que uno es creyente pasa por llegar a descubrir que uno es elegido. No que uno mire una lista secreta para corroborar nuestro nombre, sino que por doctrina el creer implica el haber sido ordenado para vida eterna. Y esto no de nosotros, para que nadie se gloríe, sino por pura gracia de Dios. Tan grave es creer en el evangelio de las obras, o de la combinación gracia y obras, que Pablo les dijo a los Gálatas que él estaba asombrado por ver que algunos de ellos se habían pasado del evangelio de la gracia de Cristo hacia otro evangelio.

Aclara el apóstol que no hay otro evangelio, sino que hay quienes pervierten el evangelio de Cristo. Pero deja claro que ni siquiera que venga un ángel del cielo pregonando un evangelio diferente al que había sido anunciado (el evangelio de la gracia) se debe prestar oídos a tal mensajero. Más bien, quien anuncie el evangelio mixto o desviado debe ser considerado maldito. Porque los que procuran agradar a los hombres no pueden ser llamados siervos de Cristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:49
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