Jueves, 18 de febrero de 2016

La herejía como opinión diversa a la doctrina pública de la Biblia (por pública se entiende la interpretación que no es privada) genera idolatría. La vinculación entre estos dos pecados es asombrosa, pues cada idólatra practica herejía (interpretación privada) y cada herejía hace que nazca una nueva imagen del dios del que se pretende cambiar la faceta anterior. Pero ambos conceptos, pese a guardar estrecha relación uno con el otro, se mantienen independientes. La idolatría es el servicio de veneración y adoración a la imagen física o mental que se pretende realizar en torno a lo que es Dios. La herejía, por su parte, busca interpretar privadamente lo que Dios ha declarado interpretado, aquello que ha sido del conocimiento público de su pueblo respecto a una determinada doctrina.

Pero dondequiera se mueva el hereje termina en la idolatría, y dondequiera vaya el idólatra duerme en los brazos de la herejía. Asombroso entender estos dos frutos de la carne presentados por Pablo en su carta a los Gálatas. Sabemos que no solo allí se encuentran enunciados sino que han sido marcados como dos grandes obras humanas que Dios odia en forma específica. Pero no hay herejía sin heréticos, como no hay idólatras sin ídolos. 

Cuando Balaam buscaba maldecir a Israel, aunque no pudo, intentaba interpretar privadamente al Dios que ya conocía. En alguna medida su rebelión descansaba en la posibilidad de hacer de Jehová otro dios. Y ya que al colocarle atributos nuevos al Dios eterno se implica la necesidad de eliminarle algunos a su perfección. Balaam, en su puro intento, demostró que anhelaba que la voluntad divina fuese quebrantable. Pero dado que Dios es inmutable lo que el malvado profeta obtuvo como acierto fue un ídolo en su imaginación y el castigo por su iniquidad.

Cuando el pueblo de Israel adoraba a los Baales junto a Jehová, no solo añadía ídolos prohibidos en su adoración sino que moldeaba una imagen mental distinta del Dios a quien ellos servían; pero además el pueblo interpretaba en forma privada la Escritura. Ellos al hacer idolatría también cometían el pecado de la herejía, ya que hablaban de nuevos atributos del Dios que los había rescatado de Egipto y negaban el hecho de que Dios era Espíritu (sin posible representación física o mental). Ese pueblo adorador de imágenes se había cansado de la sana doctrina y se había abandonado hacia sus propias fábulas.

Pero podemos preguntarnos la razón de la prohibición de la idolatría por parte del Señor de las Escrituras y bastaría colocar una que es de sumo impacto. Pablo escribió a los Corintios que lo que la gente sacrifica a los ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20). Juan en el libro de Apocalipsis, capítulo 9, verso 20, describe la razón por la cual los moradores de la tierra sufrieron un cruento castigo del cielo, aunque pese a ello no se arrepentían de lo que hacían. Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, ni a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar.

La Biblia condena abiertamente como maldito a todo aquel que traiga un evangelio diferente al que ella anuncia. De manera que no se entiende sino como un ardid el que muchos estudiosos de la teología bíblica diverjan en esta apreciación del libro, que dicen los motivó a ser cristianos. Ellos tienen controversia con la Escritura por cuanto asumen que puede haber herejía sin herejes, lo cual es un absurdo. La Biblia condena la herejía y también maldice a los herejes, de acuerdo al texto de Gálatas 1:8-9 escrito por Pablo. De allí que jamás se haya podido entender en una mente lógica la razón por la cual alguien identifique el peligro arminiano, hable del error de los arminianos, exponga como contraria a la Escritura la teología de Arminio, y diga después que los arminianos no reciben la maldición que la Escritura emite. Ellos hablan de una arminianismo inconsistente, cuando lo verdaderamente inconsistente es su pretensión de que la Biblia ignore al pecador pero castigue el pecado en abstracto.

¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿la estatua de fundición, que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? (Habacuc 2:18). En la actividad de idolatría denunciada por el profeta notamos que poco importa la escultura que enseña mentira, ya que ella misma es la evidencia de una herejía. Es herejía por cuanto ha sido una creación mental, un cambio en la concepción de la Divinidad Revelada a través de la creación o por las Escrituras.

Si la Escritura ha sido clara en el asunto de la idolatría y sus consecuencias, hemos de entender que han sido los intérpretes de la Biblia los que torciendo sus palabras desvían el sentido del tema que denuncian. Y esos que la interpretan privadamente transmiten su opinión, su preferencia ideológica de lo que deberían decir aquellas palabras. Es allí cuando se pone de manifiesto la herejía.

El hombre que ha nacido después de la caída de Adán ha sido declarado muerto en sus delitos y pecados, de manera que desde su tumba espiritual elabora una representación mental de aquello que entiende se debe adorar. Con la llegada de la revelación escrita, los seres humanos han tratado de vincularse a ella pero anexando su tradición interpretativa acerca de cómo tiene que ser Dios. De igual forma, lo que se ha denominado el pueblo de Dios también incursiona peligrosamente en idolatría cuando se elabora una imagen mental acerca de quién debería ser Dios. Y si ese pueblo tiene pensamientos errados acerca de Dios, si lo ignora en alguna medida desconociendo su doctrina, corre el riesgo de adorar lo que no sabe. 

No fue en vano que Juan rogara y exhortara a la iglesia a guardarse de los ídolos, porque es posible que la gente se canse de la sana doctrina y se vuelva a las fábulas artificiosas para calmar su comezón de oír. En materia de salud espiritual debemos estar sobrios y velar, ya que fácilmente la mente puede estar elaborando imágenes que nos asisten en la comprensión de lo que debería ser Dios. Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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