Martes, 09 de febrero de 2016

Algunos se imaginan a Dios tratando de salvar a un pecador. Tal vez han supuesto que el Todopoderoso batalla con una de sus criaturas hasta el cansancio, retirado a veces, vencido otras. Como consecuencia de tal desparpajo se levanta el infierno eterno cual monumento al Dios fracasado. Ah, pero fracasado también lo es el Hijo, por haber dicho que había terminado todo en la cruz. Ese Cristo quedó mirando como un mendigo, con los brazos abiertos en súplica por un alma que lo reciba. El alma sedienta de salvación decide aceptar la oferta y arriesgarse para ver lo que sucede en la eternidad.

Fracaso también del Espíritu, el cual lucha entre los corazones humanos buscando a quien aplicar la redención del Hijo ordenada por el Padre. El mundo resiste el llamado eficaz del Espíritu y lo convierte en infructuoso, pero gracias a unos pocos no hay una decepción total y catastrófica para la Divina Trinidad. Ese forcejeo de Dios es casi vano, a no ser por los seres de buena voluntad que atendieron el llamado.

Los que así hablan y piensan no han conocido al Dios de las Escrituras. En ellas se revela un Dios terrible y pleno de poder, soberano que no ruega sino que ordena, es el Dios que ha creado todo cuanto existe. El mismo ha dicho que ha hecho al malo para el día malo, que no hay nada que ocurra en el universo que Él no haya ordenado. Asimismo ha manifestado a través del profeta Amós, en una forma de pregunta retórica, su intromisión en las esferas del mal: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

Duro trabajo el de los intérpretes del otro evangelio para lidiar con ese texto. Ya quisieran desvanecerlo antes que mencionarlo, pero allí está junto con miles semejantes, que si se eliminaran dejarían la Biblia convertida en un pequeñísimo libro que hablaría tan solo de cuestiones de historia y geografía antigua. Y es que Dios ha creado aún al hombre de pecado para que se manifieste en la tierra. Aunque Dios no peca (porque pecar implica actuar en contra de Su voluntad), Dios ha hecho posible que el diablo existiese, creándolo para el propósito de exaltar su poder y la gloria de su juicio y justicia.

Adán en el huerto fue puesto con un mandato externo, el de no comer de un determinado fruto. Sin embargo, dado que el Cordero de Dios (Jesucristo) estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, Adán tenía la ineludible tarea interna de pecar. Dios hizo que pecara por intermedio del maligno que Él mismo había creado. Porque Dios no tienta a nadie, ni puede ser tentado, pero ciertamente endurece los corazones de quienes quiere endurecer. Y es que el mal no es un problema para la soberanía de Dios, aunque el problema lo es para los hombres destinados como vasos de ira. ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces; o tu obra: No tiene manos? (Isaías 45:9).

Sabemos que el corazón del rey está en las manos de Jehová, quien lo inclina a todo lo que quiere; ¿cuánto más no estará el corazón de los que no son reyes? Tenemos un claro ejemplo en el rey de Asiria que haría todo aquello que le fue ordenado, aunque él no sabía que esto era de parte de Dios sino que pensaba que lo hacía por su propia motivación. Porque en realidad no existe un libre albedrío, no hay tal cosa como la libertad e independencia de Dios, simplemente una sensación de que se es libre. Esa sensación proviene de la ignorancia de la verdad bíblica.

Conocemos que Dios no fuerza a nadie, porque no batalla con nadie. No existe una lucha entre el bien y el mal, no hay tal pelea cósmica en la que podamos anotarnos. Ni siquiera como espectadores. Simplemente Él ha ordenado todo cuanto ocurre, más allá de que sus criaturas no comprendan Sus pasos. Sin embargo, ha dejado revelados sus decretos y la forma en que debemos comprender sus maravillas. A ese Dios hay que temer, pues tiene la potestad de echar los cuerpos y las almas de sus enemigos en el infierno eterno.

Con todo, ya fueron ordenados desde la eternidad para los fines funestos del castigo los réprobos en cuanto a fe, aunque los teólogos salgan al frente interpretando torcidamente el discurso bíblico. La gran pregunta que puede hacer cualquier objetor de las Escrituras ya fue escrita hace siglos. Se encuentra en la carta a los romanos, en el capítulo nueve: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad?  La divina respuesta no es otra que un llamado al hombre para que piense en quién es él, una criatura cual barro en manos del alfarero, quien la ha moldeado para un fin específico. Dios decidió glorificarse a Sí mismo (y a otro no dará su gloria), con la salvación de un pueblo particular (sus escogidos) y con la condenación de un pueblo pernicioso (el mundo), de acuerdo a Romanos 9:22-23.

El profeta Isaías con gran poesía e ironía describe un hacha que piensa, una sierra que imagina, una vara que se rebela y un bordón que se subleva contra quienes los levantan. Si esto aconteciese en un mundo real, entonces Dios no sería soberano (a no ser, claro está, que Dios los hubiese hecho de esa manera). ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? !Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). Estas metáforas del profeta demuestran la relación del Todopoderoso con sus criaturas, cuyo barro Él formó, las cuales no pueden hacer ningún reclamo a su Creador.  Y esa es la pregunta del objetor levantado en el libro de Romanos, pero con la respuesta equivalente a la metáfora de Isaías: tú eres barro en manos del alfarero.

Por lo antes dicho debemos agregar que existe la más absoluta seguridad para el creyente. El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Nuestra seguridad no proviene de buenas obras humanas sino de la buena obra de Jesucristo en la cruz. Si él dijo que todo había sido consumado, entonces no hay nada más que agregar a su obra perfecta. Mal puede alguien anexar su propia justicia como un extra a la obra de Jesucristo. La ley sirvió como un Ayo que nos condujo hasta Cristo, para que fuésemos justificados por la fe (Gálatas 3:24), de manera que si ese fue el propósito alcanzado por la ley, ya no es por obras que podemos ser salvos sino solo por gracia.

El favor gratuito e inmerecido lo hace Dios en su soberanía; no hay derecho que reclamar en la criatura que ha sido moldeada a placer por el Hacedor de todo. Aquellos por los cuales Jesucristo rogó la noche antes de su crucifixión fueron los que él como Cordero sustituto representó en la cruz. Los dejados atrás (el mundo por el cual no rogó, de acuerdo a Juan 17:9) no gozan del beneficio de la buena noticia. Si esto suena duro o terrible la pelea se da contra el Hacedor, lo cual sería una batalla entre el tiesto con quien lo ha formado. Como si el hacha pudiera sublevarse contra quien la levanta, en metáfora de Isaías.

La seguridad suprema de la salvación en los elegidos del Padre pasa por todos los embates del enemigo, pero se mantiene apegada a la verdad absoluta de las Escrituras. Aún David cuando hubo pecado ignominiosamente entendió que seguía siendo hijo del Padre eterno, como el hijo pródigo, quien siempre recordó a su padre y nunca se sintió a sí mismo como si no fuese hijo. David rogó para que le fuese devuelto el gozo de su salvación, porque cuando pecamos el Espíritu se contrista en nosotros; pero no rogó para que fuese otra vez salvo. David sabía en quién había creído, sabía que su salvación estaba intacta, pero comprendió que su gozo se desvanecía por la vulnerabilidad generada por el pecado.

La diferencia entre Jacob y Esaú la hizo Dios, no hay una diferencia intrínseca en esos dos sujetos que permita la elección a dicha eterna de uno y la condenación eterna del otro. Ambas elecciones las hizo el Señor desde antes de la fundación del mundo, sin miramientos de obras buenas o malas, sin que las criaturas hubiesen hecho ni bien ni mal. Así lo afirma Pablo en su carta a los romanos capítulo nueve. Atribuir la salvación de Jacob a la soberanía de Dios pero dejar la condenación de Esaú a sus obras malas, es un subterfugio que pervierte el sentido de las Escrituras. Dios reclama para Sí mismo y para Su gloria ambas predestinaciones. El es un Dios activo, salvando y endureciendo corazones. Por eso la pregunta del objetor, acerca de por qué inculpa, si nadie puede resistir su voluntad.

Y es gracias a esa simetría en la predestinación, que el Dios que salva es el mismo que inculpa, que podemos tener la certeza de la salvación eterna. Pues si nada dependió nunca de nosotros mal podemos dañar lo que nos ha sido dado. Reconocemos que hemos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo, para andar en buenas obras preparadas de antemano. Lo que hacemos es fruto de esa salvación tan grande, nunca una causa para lograrla o mantenerla.

Dios no forcejea por el poder, no lucha ni batalla contra el mal. Ha hecho todo cuanto existe para abundar en Su gloria. El beneficio en sus elegidos es notorio y redunda en alabanza al nombre supremo que lo caracteriza. Jehová es, así lo ha ordenado.

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 10:06
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