Martes, 02 de febrero de 2016

Muchos teólogos confunden anuncio con oferta, asunto grave a la hora de sacar cuentas en relación a la doctrina que se tiene. Cuando Jesús ordenó predicar el evangelio por todo el mundo pensó en el anuncio. El vocablo griego angello (ἀγγέλλω) quiere decir anunciar, reportar, llevar noticias. Y muy distinto es dar una noticia a ofertar algo. El que oferta propone un negocio, un trato, donde el oferente da o promete una cosa. Jesucristo no ofrece salvación a cada uno de los seres humanos en particular, sino que con su trabajo en la cruz consumó su obra de redención en todos aquellos por los cuales murió.

El anuncio del evangelio se hace ante toda criatura para testimonio a las naciones, con la proposición de que es deber humano el creer en Dios y arrepentirse de los pecados. Pero el que anuncia sabe que habla a los muertos en el espíritu, porque él mismo lo estuvo. Reconoce, además, que ha sido de gracia el que esté vivo y haya creído en el anuncio. El profeta Isaías preguntaba asombrado acerca de quién había creído en el anuncio que tanto Jehová como él hacían.

La parábola del sembrador refleja con claridad el hecho de que no todos los que oyen el anuncio del evangelio lo creen con eficacia. Una gran parte de la semilla fue desperdiciada y solamente aquella que cayó en tierra preparada dio su fruto debido. El Señor hablaba en parábolas para que entendieran solamente los que serían llamados a su reino. A un maestro de la ley le dijo en una oportunidad que era necesario nacer de nuevo, pero que ese nacimiento dependía de voluntad divina y no humana.

De manera que asunto muy distinto es ofertar. El que oferta propone y abarata el costo, anima y excita al oyente para que haga un compromiso. El que acepta la oferta se obliga al pago, hecho muy distinto a la predicación del evangelio. En realidad, muchos son los llamados pero pocos los escogidos. En esta proposición Jesucristo revela que ni siquiera todos son llamados sino solamente muchos, mas apenas pocos los escogidos. El calificó a su pueblo como manada pequeña, para que no nos hiciéramos la ilusión de ser conquistadores del mundo.

El que oferta suele utilizar el dolo, concepto que los juristas a través de la historia han dado en calificar como la posibilidad de mentir en pro de un buen negocio. Es lo que llaman dolo bueno, diferenciándolo del dolo malo. Como si hubiesen mentiras buenas y mentiras malas. Por eso cuando un teólogo habla de la libre oferta del evangelio está admitiendo (aún sin pensarlo) que Dios miente buenamente en aras de conquistar almas. Ese teólogo pregona a un dios mendigo y solícito de gente que le crea; ese teólogo ha venido a ser universalista, creyendo que Cristo hizo su parte (morir por toda la humanidad), pero que ahora le toca a cada quien hacer la suya (aceptar la oferta).

Semejante locura ocurre por torcer las Escrituras. La Biblia es absolutamente clara en afirmar que Cristo vino a morir por su pueblo y a salvarlo de su pecado (Mateo 1:21). Agrega que nadie va a Jesús a no ser que el Padre lo lleve a la fuerza (Juan 6:44). Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, sino que voluntariamente dijo que no rogaba por él (Juan 17:9). Pero la Escritura también agrega que todo ser humano es responsable ante Dios, aunque ande caído en sus delitos y pecados. La Biblia no presupone libertad como condición de responsabilidad, sino que habla del deber ser moral exigido por el Creador. Sin embargo, la misericordia de Dios no se extendió a todos sin excepción, sino a un colectivo de personas que el Padre escogió desde antes de la fundación del mundo.

Jesucristo dijo que el que estuviera sediento o cansado que fuera hacia él, pero aquel que desea ir a él se supone que debió ser llevado por el Padre hacia el Hijo. Ese es el anuncio, que Dios envió a su Hijo al mundo para que todo aquél que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Ese todo aquél es el que ha sido escogido desde antes de la fundación del mundo, el que ha sido amado como Jacob (y no ha sido odiado como Esaú: Romanos 9:13).

Y es que el anuncio también dice que no hay ni siquiera un justo, que después de la caída de Adán toda la humanidad nace caída y está muerta en delitos y pecados. Solamente  si el Espíritu ha vivificado el corazón se podrá acudir a Jesús con la confianza de ser heredero de la vida eterna. El deber del que oye es reconocer su impiedad frente a la santidad de Dios, la consecuencia lógica de ese deber sería humillarse ante la presencia del Señor. Pero para esto también hace falta tener un nuevo corazón, de tal forma que el círculo siempre se cierra y le toca a Dios la última palabra en materia de redención. Solamente aquellos por los cuales murió Jesús serán llamados en tanto escogidos. ¿Crees esto?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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