Domingo, 26 de abril de 2015

Se puede pasar uno la vida en la prédica de las cosas celestiales, en el esfuerzo por motivar a las personas en los asuntos eternos, pero la mayoría de la gente tapa sus oídos ante la voz de las Escrituras. La primera gran objeción se da en torno a la religión, ya que entre tantas ¿por qué ésta ha de ser la verdadera? El escepticismo ha tomado tal fuerza que ahora teólogos y feligreses amplían su visión ecuménica para dar cabida a todo aquel que tenga un criterio parecido, sin importar el tipo teológico en el que militen.

El maestro de la falsificación es el mismo del engaño o de la mentira. Si en el Edén se le dijo al hombre que no moriría por su desacato a la norma divina, en la rutina de estos tiempos se le insinúa que está bien unir esfuerzos en pro de una misma visión teológica de consenso. Se busca el común denominador, se intenta eliminar lo que nos distancia y reforzar aquello que nos une. Por ejemplo, si alguien cree en un Dios eterno, sería un elemento común con del cristianismo; si cree en la vida eterna, sería otro factor de coincidencia.

Tal vez hay quienes rechacen la idea del infierno de fuego, pero eso se soluciona con la suposición de la aniquilación eterna: Dios desintegrará nuestra alma así como lo hace con el cuerpo cuando la gente muere. Como el ladrón en la cruz desmiente tal fantasía, se comenta que la frase de Jesús ha sido mal traducida: te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso  pasaría a ser te digo hoy que estarás conmigo en el paraíso.

Los seis días de la creación se transforman en seis millones de años de evolución, el sea hecha la luz pasa a ser metáfora de la aparición espontánea del sol. Son demasiados los milagros que se han de borrar del libro que ha inspirado a los creyentes en las historias de Dios, son numerosas las historias sobrenaturales que convierten al que cree en un ser ingenuo. Un hacha que flota en un río, un muerto que vive en virtud de la voz de un profeta, una muralla que cae luego de siete días caminando a su alrededor. Un hombre que destruye a miles con sus manos, con una fuerza descomunal, vencido cuando una mujer enemiga le corta su cabello. Otro profeta que ora para que no llueva y de nuevo ora para que la lluvia sea devuelta, el ciego que ve por primera vez, los leprosos que contemplan su piel que renace, una viuda a la que no se le terminan ni la harina ni el aceite.

¿Quién ha contado los milagros descritos en la Biblia? Ella contiene de principio a fin una sucesión de eventos divinos que impactan sobre el acontecer humano. Cuando uno dice que cree en Jesucristo como el Hijo de Dios, está afirmando en forma colateral que asume la cadena de eventos milagrosos narrados en las Escrituras. El sello del texto sagrado está hecho de la señal extraordinaria de lo sobrenatural. Pero como aquellas cosas se escribieron como testimonio para generaciones futuras, la duda siempre asoma en el escéptico que necesita pruebas de lo que un día aconteció.

Fue Jesús quien dijo que si el rico de la parábola saliera del Hades a predicarle a su familia tampoco le creerían. Y es que el ser humano desconfía de todo por naturaleza, al mismo tiempo que intenta creer todo lo que se le dice. En esa contradicción vive el hombre en esta tierra, por lo cual para ver el reino de los cielos necesita de elementos sobrenaturales que le son dados a algunos pero no a todos. Se dice que hay que tener fe para agradar a Dios, pero al mismo tiempo se afirma que el hombre está muerto en delitos y pecados.

La declaración bíblica implica que se hace necesario nacer de nuevo, para poder ver el reino de Dios. Esta operación es de carácter sobrenatural y divina, nunca de naturaleza humana. Sin embargo, no todos nacen de nuevo, no todos tienen la oportunidad de presenciar tal milagro. Por esta razón se burlan los que son ajenos a tal experiencia, porque nosotros vemos lo que a los demás les está negado contemplar. El mundo tiene a Moisés y a sus profetas, a la creación con sus maravillas, al firmamento que anuncia la obra de las manos de Dios. Pero el hombre no quiso tener en cuenta a Dios, sino que honró a la criatura antes que al Creador.

La falta de interés por las cosas de arriba se deja ver rápidamente en el escarnio que se hace a los creyentes. Se intenta poner en ridículo a quien asume que el universo fue hecho en seis días, pero será sabio quien diga que surgió solo durante miles de millones de años. El argumento de la cantidad es el que priva en este razonamiento, sin que medie razón para la discusión acerca de cómo puede algo surgir de la nada. La Biblia nos lo recuerda, Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos.

Normalmente la humillación a los creyentes es hecha en público, ridiculizando sus creencias y su fe. Los comentarios se dirigen a su intelecto, a la ingenuidad asumida que se califica como fanatismo o creencia ciega. La Biblia tiene un texto en referencia a quienes así actúan: Ciertamente Él se burla de los burladores, pero da gracia a los afligidos (Proverbios 3:34). El afligido es quien se ha hecho sensible al pecado, mostrando su aflicción por su imperfección moral y por la insuficiencia de su justicia. Por esta razón acude a la justicia de Cristo, se adscribe a su salvación y a sus bendiciones, a la suprema gracia de Dios, en virtud de nuestra propia deficiencia. Pero quien se burla siente que es suficiente para todo, en especial para aquello que no entiende, pues las cosas espirituales han de ser discernidas espiritualmente.

Cuando el creyente acude a Cristo lo hace por medio de la fe, pero el Espíritu lo sumerge en él, como en un bautismo. Revestido de Cristo, las obras de su carne ya no se exhiben, las que son propias de los seres humanos al margen de Dios ... porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo (Galatas 3: 27). Por esta razón, lo que mostramos ante el mundo son las virtudes del poder transformador de Dios en nosotros, aunque sigamos sujetos al cuerpo de muerte donde se debate la vieja naturaleza en nosotros (Romanos 8:7).

Los creyentes en Laodicea se sentían ricos en el plano espiritual y religioso, por lo tanto no necesitaban de la riqueza del Señor. ¿Cuál era el principio que orientaba la ambición de aquellos creyentes? Era solo la forma externa, sin que hubiesen ganado a Cristo. Pero las cosas que para mí eran ganancia, las he considerado pérdida a causa de Cristo.  Y aun más: Considero como pérdida todas las cosas, en comparación con lo incomparable que es conocer a Cristo Jesús mi Señor. Por su causa lo he perdido todo y lo tengo por basura, a fin de ganar a Cristo (Filipenses 3:7-8).

Confiar en las riquezas terrenales es una autoconfianza que conduce al fracaso al impedirnos ser pobres en espíritu. Recordemos que donde esté nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón: el afecto y el interés. Mientras el corazón es atraído por su objetivo supremo, la persona es atraída hacia el máximo interés del corazón. Si el tesoro es terrenal la vida se convertirá en terrenal, pero para que nuestro corazón sienta pasión y afecto por las cosas celestiales el tesoro también habrá de estar en la misma esfera.

El hombre religioso ha confundido lo externo con lo interno y ha hecho costumbre con los hábitos del hacer y no hacer. El tesoro del creyente estará en las cosas de arriba si su vida es también celestial: Ocupad la mente en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Colosenses 3:2). Lo que importa no son los propósitos sino la razón de ser, no interesa una vida teórica del deber ser desconectada de la práctica con el ser. La trascendencia espiritual no descansa en la religión sino en el nuevo nacimiento.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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