Martes, 21 de abril de 2015

Si ya Cornelio era salvo cuando recibió la visita de Pedro, no hacía falta el oír el evangelio y hubiese sido por demás inútil la prédica del apóstol. Este pensamiento contradice la premisa bíblica siguiente: ¿Cómo oirán si no hay quién les predique? Lo que Pablo indica es que se hace necesario oír la palabra de Dios para poder creer, ya que si uno cree en alguien es porque sabe cuáles son sus credenciales. Alguno podrá objetar que se puede creer con el corazón sin que se conozca con el entendimiento, pero esa división entre emoción y teología (la dicotomía entre corazón y mente) es falaz, ya que la Biblia habla del corazón como la fuente de la vida, incluso de los malos pensamientos.

Dado que Cornelio era un centurión romano que estaba en territorio sometido por Roma, se supone que conocía lo esencial de la cultura judía o del territorio ocupado. De seguro había escuchado lo que se enseñaba en las Sinagogas acerca de los sacrificios de animales que simbolizaban lo que habría de venir. Pero el centurión ignoraba que aquel Mesías de la promesa era Jesucristo, o tal vez conocía poco acerca del recién crucificado y resucitado que revolucionaba el mundo de su época.

Pedro fue enviado en auxilio del militar romano, para llevarle la luz del evangelio. Si Cornelio hubiese sido un impío (incrédulo) de seguro no se habría agradado de las palabras del apóstol,  de acuerdo al texto siguiente: Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios (1 Corintios 1:18). Hay varios relatos del Antiguo Testamento que refieren a personas que no pertenecían a la nación de Israel, pero de quienes Jehová tuvo misericordia. La viuda de Sarepta, Naamán el Sirio, Ruth la moabita, Rahab la ramera -que provenía de Canaán, una de las naciones que Dios juzgaría.  Abraham era de Ur de los Caldeos, en la época en que no existía todavía la nación israelí. Esta gente constituye un ejemplo de lo que Dios hizo entre las naciones paganas, a quienes les mostró misericordia y los llamó por gracia para que llegaran a ser creyentes.

Cornelio había sido limpiado por Dios, como lo enseña la visión dada a Pedro relatada en Hechos 11:9: Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. La Biblia descubre la salvación como un proceso de Dios manifestado en el hombre objeto de la redención. El discurso de Pedro ante la iglesia de Jerusalén nos muestra lo que dijo el centurión referente al ángel que lo visitó, que el apóstol le hablaría palabras por las cuales sería salvo él y su casa (Hechos 11:14). Lo mismo le dijo Pablo a Timoteo, que se ocupara de la doctrina porque de esa manera se salvaría a sí mismo y ayudaría a salvar a otros (1 Timoteo 4:16). ¿Significa esto que Timoteo no era salvo al momento en que Pablo le escribe? Sabemos que sí era un hermano en la fe de Jesucristo, pero la salvación a la que Pablo refería era a la de las herejías por desconocimiento de la doctrina. El que seamos salvos no implica que no nos ocupemos de esa salvación tan grande.

Timoteo había conocido las Escrituras desde niño, las que lo harían sabio para la salvación por la fe en Jesucristo. Pero esto no es salvación por las obras de la sabiduría, sino más bien un mecanismo de Dios para la redención de su pueblo. ¿Qué podríamos decir de Cornelio? Las obras de Cornelio fueron el resultado de su fe aprendida, bien en las Sinagogas judías, a partir de los papiros que leía o que otros le leyeron, o bien por el testimonio de otro. Al igual que los conocedores del mensaje de salvación anunciado en el Antiguo Testamento, Cornelio entendió que había un Mesías que vendría a morir por su pueblo. Supo del sacrificio que se hacía en su nombre, lo que los sacerdotes judíos hicieron antes de la venida y muerte de Jesús, porque era historia común en el pueblo judío al cual estuvo ligado como centurión del Imperio Romano, con la ocupación de la nación judía. El creyó a Dios, como lo hizo Abraham, pero en su caso el Señor quiso que oyese el evangelio anunciado por Pedro.

Cuando Abraham creyó a Dios el Mesías no había venido todavía a la tierra. Pero Cornelio también creyó a Dios y su fe se le contó por justicia, la fe en el Mesías anunciado. Aunque ambos varones creyeron en la promesa anunciada, la diferencia entre ellos radicó en que el Mesías ya había venido cuando Cornelio creyó. Por tal razón y para tal fin, Pedro fue comisionado. De los no regenerados se dice que no tienen temor de Dios en sus corazones (Romanos 3:18), por lo que Cornelio al ser temeroso de Dios es contado entre los justos, ya que era piadoso y temeroso de Dios, junto con toda su casa. Hacía muchas obras de misericordia para el pueblo y oraba a Dios constantemente (Hechos 10:2).

Precisamente, ya que Cristo había venido, era necesario que Cornelio creyera también en ese hecho histórico. Al igual que Abraham creyó en ese Mesías prometido, la fe del centurión romano en la misma promesa sirvió para que Dios se agradase de sus obras: las limosnas y las oraciones con su familia. En contraste, hubo miles de judíos que rechazaron al Mesías por no creer que era el enviado de Dios. Este gentil fue la sorpresa para los judíos de entonces, fue la puerta de entrada del anuncio del evangelio a este vasto universo de personas.

De manera que no importa si se es judío o gentil, ahora continúan los dos grandes grupos teológicos de la historia: los que rechazan a Jesucristo y los que lo reciben. Pero como no es nada nuevo, sabemos que siempre ha existido la misma división entre redimidos y condenados. Si el antiguo pacto anunciaba la promesa del Mesías que vendría, el nuevo pacto anuncia el Mesías que vino. Los de antaño depositaron su confianza en esa promesa por la cual alcanzaron salvación, los de ahora alcanzamos la misma promesa por el mismo objeto de la fe: Jesucristo, la justicia de Dios. Unos creyeron la promesa, pero otros creyeron el cumplimiento de ella.

Sin embargo, a Cornelio le faltaba algo para ser salvo. El verso 14 de Hechos 11 nos lo dice: El (Pedro) te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. Cornelio fue un caso excepcional o al menos especial. El estuvo viviendo la transición de los dos Testamentos, creyó con el Viejo pero tuvo que oír el Nuevo para confirmar su salvación. En ambos Testamentos es necesario conocer a Dios para creer en Él. Cornelio no creyó en un Dios extraño, como hacen los paganos, sino que creyó en el mismo Dios de Abraham, solamente que por su condición histórica particular había de oír el evangelio para ser salvo. Y es que no hay otra revelación excepto la palabra escrita.

Lo que queda claro del relato encontrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles es que no existe salvación fuera de Jesucristo. Es indudable que Cornelio era un elegido del Padre para mostrar su misericordia dentro del mundo gentil, pero con todo que había recibido luz del cielo para adorar al verdadero Dios tuvo que oír a Pedro para alcanzar la salvación. La palabra es la que da vida, y es por la locura de la predicación que Dios se propuso alcanzar a muchos en su gracia.

Pablo le dijo a Timoteo que si se ocupaba de la doctrina se salvaría a sí mismo y ayudaría a salvar a otros. ¿Significa esto que Timoteo no era salvo en ese momento o que se puede salvar a sí mismo sin Jesucristo? En realidad sí que era salvo, pero la Biblia habla de salvación en muchos sentidos. En este caso de Timoteo parece referirse a la salvación del error doctrinal y a la prevención de las herejías. El que Pablo haya soportado todo por amor de los escogidos, para que ellos obtengan la salvación, nos indica que pese a ser escogidos (por lo tanto salvos en potencia) no se escatima el esfuerzo para que se haga actualidad. Nuestra parte en el plan de Dios incluye el ánimo y el soporte a los escogidos, asunto que bien comprendió Pedro referente a Cornelio y su casa.

Si Dios se agradó de Cornelio fue porque tenía fe, la cual es un regalo de Dios, ya que sin ella es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6); y lo que no es de fe es pecado (Romanos 14:23). Cornelio no estaba en la carne porque de lo contrario no hubiera podido agradar a Dios (Romanos 8:7). Sabemos que sus sacrificios (ofrenda a los pobres y alabanza al Dios soberano) fueron agradables, ya que el sacrificio de los impíos es una abominación a Jehová, pero la  oración de los rectos le agrada (Proverbios 15:8). Por otro lado, Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11).

Decimos que Cornelio fue salvo desde antes de la fundación del mundo (según Efesios 1:4 y Apocalipsis 13:8), que fue salvo antes de conocer a Pedro (según Hechos 10: 2-4) y que fue salvo después de conocer a Pedro (Hechos 11:14). Sin embargo, lo que domina todas estas instancias enunciadas es el sacrificio de Jesucristo por Cornelio, el hecho de haber perdonado sus pecados con su sangre. De esa buena noticia debía enterarse el centurión romano para lo cual el apóstol fue comisionado. No nos sorprenda ver actuar a Dios en la manera en que quiso hacerlo, pues Él es soberano y a través de Cornelio nos ha mostrado un rasgo de su gracia salvadora.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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