Domingo, 12 de abril de 2015

El Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros, pero su encargo fue salvar a su pueblo de sus pecados. De manera que cuando el Señor expresó que todo había sido consumado (tetélestai) fue porque había cumplido su misión. El trabajo de Cristo fue la expiación de los pecados de su gente, a quienes representó y por quienes fue el Cordero sustituto a fin de que su pueblo alcanzase la amistad con Dios.

Pero estando encarnado Jesús fue sujeto de la ley de Dios, por lo cual estuvo obligado a obedecer sus preceptos. No sólo eso, sino también se dedicó a interpretar justamente el espíritu de la ley, sin caer en los pretextos de los viejos fariseos que procuraban entramparlo cuando violentaba el sábado sanando enfermos. El Señor Jehová me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me torné atrás (Isaías 50:5). Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley (Gálatas 4:4). Al que no conoció pecado, por nosotros Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21)

La sangre de los animales sacrificados fue el símbolo de su muerte expiatoria, dentro del pueblo de Israel. Una limitación espacial mas no nacional, ya que hubo gente de otros pueblos sujetos de la gracia divina en el Antiguo Testamento. Pero la pascua judía nos recuerda la salvación de su pueblo, cuando por el solo hecho de tener en los dinteles de las puertas la marca de la sangre el ángel de la muerte no entraba a esa vivienda. Lo mismo acontece en nuestro tiempo desde su crucifixión, que aquellos que tenemos en los dinteles de nuestro corazón la marca de su sangre derramada en aquella cruz somos considerados justos y salvados.

Como aquel chivo expiatorio del que nos hablara el Levítico, sobre la cabeza del cual Aarón colocaba sus manos, confesando las iniquidades de los hijos de Israel, para enviarlo al desierto, Jesucristo también llevó sobre su cabeza el pecado de su pueblo (Mateo 1:21) y murió fuera del campamento, en el Gólgota.  Porque la vida del cuerpo está en la sangre, la cual yo os he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras personas. Porque es la sangre la que hace expiación por la persona (Levítico 17:11).

Por el trabajo de Jesús nosotros fuimos librados de nuestra culpa, ya que él fue molido por nuestros pecados y el castigo de nuestra paz fue sobre él (Isaías 53). Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros, no de todo el mundo. Cuando Juan habla de todo el mundo hace referencia a dos grupos generales, los judíos y los gentiles. Ambos grupos simbolizan en Juan a todo el mundo. Es indudable que el apóstol que habla de su expiación en forma muy explícita no va a entender la extensión del sacrificio de Jesucristo hacia todo el mundo sin excepción. Siempre éste ha estado referido a su pueblo

El trabajo de Jesucristo implicó que fuese llevado como un cordero al matadero. En realidad él fue como una oveja que enmudece delante de sus esquiladores, tampoco él abrió su boca (Isaías 53: 7).  Su pueblo es en realidad numeroso aunque se llame manada pequeña. Somos pequeños en consideración con los que el mundo se traga, pero somos igualmente numerosos cuando miramos la multitud de toda lengua, tribu y nación en torno al trono de Dios. Al igual que el profeta Elías nosotros nos maravillamos con la cantidad; ante la expresión del profeta sólo yo he quedado, donde manifiesta una soledad profunda frente al mundo, se le anuncia que Dios se reservó para Él a siete mil hombres. Esta cantidad es una multitud frente a un solo hombre, pero frente al mundo sigue siendo una manada pequeña.

Como quiera que el trabajo de Jesucristo se hizo en función de su pueblo, se pudo decir desde antaño que de su obra vería fruto. Asimismo, Isaías nos anuncia: Y respecto a su generación, ¿quién la contará? (Isaías 53:8). La obra del Enviado era la de un pastor, pero para herirlo. Levántate, oh espada, sobre el pastor, y sobre el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor, y se derramarán las ovejas: mas tornaré mi mano sobre los chiquitos (Zacarías 13:7).

De manera que la justicia perfecta que Jesucristo estableció se imputa a cada uno de los que forman parte del pueblo de Dios. Por mediación de esa justicia somos declarados sin mancha delante de Dios y reconciliados con él. Por esa razón encontramos escrita esta declaración: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad ...(Salmo 32:1-2).

Los pecados nuestros no serán vistos nunca más, sino que depositados en el fondo de la mar jamás saldrán a flote. El ojo de la justicia de Dios no los verá otra vez, ya que Jesucristo pagó por ellos. El acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz y por esta razón se dijo que todo estaba ya consumado. Jesucristo pagó los pecados específicos de su pueblo, los cuales fueron expiados en forma total. No será posible ante el decreto divino que un pecado flote hacia la superficie; y si fuese poco lo dicho, Satanás es llamado el Acusador de los hermanos el cual será lanzado hacia sus prisiones eternas para que nunca más saque a relucir sus fichas acusatorias. No habrá más evacuación de pruebas dado que ha sido ya juzgado y su sentencia pronto se ejecutará.

En resumen, la obra de Cristo consistió en la reconciliación que en su Hijo Dios hizo del mundo. ¿Cuál mundo? El mismo que fue expresado en Juan 3:16, la conglomeración de los elegidos de Dios. Porque si Dios estuviese reconciliando a cada uno de los habitantes del mundo planetario entonces le fue muy mal en su intento. Semejante idea no puede siquiera asomarse de un Dios perfecto y omnipotente. No todos los individuos que pertenecen a la humanidad han sido reconciliados con Dios, ya que multitudes han muerto y siguen muriendo en enemistad con Él. No todas las personas están interesadas en ser llamadas bienaventuradas en razón de que sus iniquidades hayan sido imputadas a Cristo. 

Dios reconcilió a aquellos del mundo gentil, al igual que a aquellos del mundo judío, de los cuales se comprende el sentido del término mundo. La reconciliación de Dios es intencional, específica, por lo cual no puede entenderse como extendida a cada uno de los seres humanos del planeta. Si fuese entendida en ese sentido, la intención de Dios habría que verla como frustrada. Pero como su consejo permanecerá y su voluntad hará de acuerdo a lo que le place, la reconciliación a través del Hijo no puede conllevar ningún fracaso. Imaginar que la intención de Dios era reconciliar a cada individuo de la humanidad sería impropio, dado que a diario muere una gran multitud que no ha sido reconciliada.

Dios no está frustrado, sino satisfecho del trabajo de Cristo, y el Hijo mismo también lo está. De su trabajo ha visto el fruto porque fue consumado en forma total (tetélestai). El  propósito de la reconciliación no es un ministerio de la reconciliación, sino una proclamación y declaración de paz en virtud de la muerte de Cristo. Por eso no puede haber una oferta de paz en función de una actitud humana, o de cualquier obra que el hombre pudiese realizar. No depende de quien quiere ni de quien corre (como si hubiese quien quisiere y corriere), sino de Dios. Antes de que esa reconciliación fuese hecha multitudes habían muerto sin el conocimiento de Cristo, sin esperanza alguna. Después de haber sido hecha, multitudes siguen muriendo sin ese conocimiento.

La obra de Cristo es exclusiva de él, la salvación de su pueblo. Nuestra felicidad es haber sido llamados para una salvación tan grande. David proclamó la felicidad del hombre a quien Dios confiere justicia sin obras, cuyo pecado ha sido totalmente cubierto y sus transgresiones perdonadas. Pero los que le añaden su obra de hacer y no hacer a la obra de Cristo consideran a ésta última como incompleta. Es en ese lugar donde se pretende colocar la justicia humana al lado de la obra de Jesucristo y esto cuando se hace es porque se está perdido (Romanos 10:1-3). Bienaventurado el hombre a quien el Señor jamás le tomará en cuenta su pecado, resumen final del trabajo de Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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