Martes, 07 de abril de 2015

Muchos dicen Señor, Señor, pero eso no les sirve de mucho. Algunos anuncian que han hecho milagros en el nombre de Jesús, que las maravillas se suceden cuando ellos invocan su nombre. Esto podría ser un artilugio de los que propagan el otro evangelio, algo que usan para llamar la atención. Pudiera haber quienes en su evocación e invocación reciben una respuesta de otra fuente, como le acontecía a Simón el Mago. Hubo un caso de una mujer que profetizaba verdades acerca de Pablo y Silas, diciendo que ellos eran enviados del cielo para propagar el evangelio de Dios; sin embargo, el oficio de aquella joven se realizaba por operación de un demonio.

La Biblia anuncia que Jesucristo recibió dominio sobre todas las cosas, aunque de momento muchos no lo ven de esa manera. El Hijo de Dios ha recibido honra y gloria por el padecimiento de su muerte. Jesucristo fue quien nos libró de nuestros pecados con su sangre (Apocalipsis 1:5). Ese acto lleno de gracia fue al mismo tiempo cruel e ignominioso, por el castigo  sufrido con una muerte de cruz. Cuando gustó la muerte por todos, no incluyó a Judas ni al resto del mundo por el cual no rogó la noche antes de ir al madero (Juan 17:9).

La muerte de Jesús fue gustada por todos los que con él son llamados y elegidos y fieles (Apocalipsis 17:14). Su sacrificio fue por todos en un sentido colectivo, pero en un ámbito universal y absoluto lo fue por su pueblo escogido, a quien Jesús dio en llamar sus ovejas. El Buen Pastor dio su vida por las ovejas, no murió por aquellos que no podían creer porque no eran de las suyas (Juan 10: 26).

El reinado de Jesucristo se deja ver aún en el principado de Satanás sobre el mundo, el cual está condicionado al plan eterno e inmutable del Padre. ¿No dijo Dios que había hecho al malo para el día malo? (Proverbios 16:4). El endemoniado de Gadara ilustra el dominio de Cristo, cuando al verlo de lejos corrió y lo adoró. También clamó a gran voz diciendo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes (Marcos 5 6-7).

Cristo resucitó de los muertos, venció la muerte junto con su aguijón (el pecado), de manera que Dios lo hizo sentar a su diestra en los lugares celestiales, por encima de todo principado, autoridad, poder, señorío y todo nombre que sea nombrado, no sólo en esta edad sino también en la venidera. Sometió todas las cosas bajo sus pies y le puso a él por cabeza sobre todas las cosas para la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1: 20-23).

Esta es la definición del señorío de Cristo, de manera que no queda duda de su dominio sobre toda circunstancia y voluntad humana. Con semejante poder no se puede argumentar que Jesucristo está esperando tu decisión, o que como un mendigo de almas ruega para que depongas la actitud hostil contra Dios. Al contrario, lo que la Escritura enseña es que Dios cambia el corazón de piedra, coloca un espíritu nuevo y lleva a quien quiere a los pies de Cristo. Ya que Jesucristo dijo que él y el Padre eran uno, se entiende que acata la voluntad del que lo envió a la tierra. Sin disputa alguna comprende y acepta que nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo envíe, pues no hay otra manera de estar cubierto entre sus manos.

En la perfección de su poder existe una economía de la salvación, expresada por el programa eterno e inmutable del Padre que dice que a los que antes conoció (amó) también predestinó, y a éstos llamó, justificó y glorificó. La muerte de Jesús fue la expiación de los pecados de su pueblo, de los elegidos del Padre, de los que son llamados amigos. No hay otro amor tan grande, que poner la vida por sus amigos, frase de Jesús que encierra el universo objeto de su muerte expiatoria.

Como quiera que no se nos manda averiguar si somos o no somos elegidos para poder creer, debemos creer para comprobar que somos elegidos. Sabemos que ese creer va más allá de un convencimiento intelectual acerca de que Jesús es el Hijo de Dios, pues aún los demonios creen y tiemblan y de nada les sirve.

Pese al dominio universal de Jesucristo, su reino no es de este mundo. El creyente vive como extranjero en el terreno del príncipe de este mundo, batallando contra sus acechanzas. Como no podemos responder con armas similares a las que se usan contra nosotros, nuestra lucha se hace con la oración, con la meditación de la Escritura, con el testimonio de lo que día a día se va haciendo en nuestra vida. Por ello Jesús dijo que cada uno de los que pertenecen a la Verdad oye su voz (Juan 18:37).

Dios dijo que sólo Él podía salvar (Isaías 43:11); como Jesucristo es llamado el Salvador, con esa declaración se demuestra que Jesucristo es Dios. El vocablo Jesús puede traducirse como Jehová salva, de manera que aún en el terreno de la salvación Jesucristo tiene también señorío absoluto. En su oficio terreno culminó su obra y dictó la sentencia: Consumado es (Tetélestai). Lo que hace un Dios perfecto no puede tomarse como incompleto, por lo tanto a esa obra no se le añade ni se le quita. Todos los que fueron representados en la cruz por el Hijo de Dios habrán de ir a él cuando el Padre los lleve.

El señorío de Cristo se demuestra también en la evangelización, ya que los medios son tan importantes como los fines. Isaías recomendó que si hoy oyes la voz de Dios lo mejor es no endurecer el corazón, más bien es importante llamarlo en tanto que está cercano. Lo que es de valor eterno vale la pena tratarlo con urgencia, pues ¿qué provecho tiene ganar el mundo si se pierde el alma? Somos responsables de lo que hacemos, más allá de que sea Dios el que predestina.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:27
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios