Mi?rcoles, 01 de abril de 2015

¿Qué viene primero entre la fe y la salvación? Soy salvo porque creo o creo porque soy salvo, he allí la disyuntiva en la cual muchos se muestran confundidos. ¿Qué nos dice la Biblia, más allá de la estructura superficial de las palabras? Hechos 16:14 habla de Lidia, la vendedora de púrpura, a quien el Señor abrió el corazón para estar atenta a lo que Pablo decía. Cuando iban camino a la casa de esa mujer les salió al encuentro una esclava que profetizaba gracias a un demonio que la inducía a esa actividad (verso 16). El apóstol fastidiado de lo que el espíritu decía por medio de esa mujer lo reprendió y la entidad espiritual salió desde ese mismo momento del cuerpo de aquella persona.

Por supuesto, esto preocupó a los dueños de la esclava porque tocó sus bolsillos. Sabemos la historia, Pablo y Silas tuvieron que ir presos y encadenados cantaban himnos y oraban a Dios; hubo un terremoto y las cadenas se soltaron mientras las puertas de los calabozos se abrieron. El carcelero tomó su espada y se iba a quitar la vida al suponer que los presos se habían escapado, pero Pablo le gritó diciendo: ¡No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí! (verso 28).

Sacándolos afuera, el carcelero les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?  De seguro algo le había sucedido en aquella cárcel (verso 30). Pablo y Silas le respondieron: Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa. Estos apóstoles le dieron una promesa específica a un futuro creyente específico.

Faraón tembló al ver el poder de Dios, tal como lo hizo el carcelero. Cualquier malvado que ve manifestarse la mano del Altísimo tiembla de miedo y desea inclinarse ante el poder divino, pero cuando el peligro pasa se olvida rápidamente de lo acontecido y vuelve como la puerca lavada a revolcarse en el fango. Faraón volvía una y otra vez como perro a su vómito porque su corazón había sido endurecido para tal fin, ya que ese fue el propósito de Dios.

Con el carcelero vemos algo similar, aunque con propósito distinto, susto y temor por lo sobrenatural. El terremoto había liberado de las cadenas a los prisioneros, pero Pablo y Silas habían prevenido al custodio para que no se quitara la vida. En esto último, el carcelero había percibido un poco de misericordia en los corazones que había maltratado con las cadenas. Este era el propósito de Dios, como lo fue en el ladrón de la cruz cuyo corazón fue cambiado en aquella hora final.

Las circunstancias de su episodio llevaron al vigilante de la prisión a clamar por la salvación de la que ya había oído, sea por los cantos y oraciones de los apóstoles, sea por la razón y causa de su prisión. Pero así como las circunstancias de las plagas aflojaban un poco el corazón de Faraón, aunque después lo endurecían más y más, el propósito de Dios acá se manifestaría. Esta ocasión sería recordada para alabanza de la misericordia de Dios, por lo cual el carcelero clamó preguntando lo que debía hacer para alcanzar la salvación.

La respuesta no se esperó: cree en el Señor Jesucristo, expresión que vino seguida de la explicación de su doctrina (verso 32). Claro, ¿cómo oirán si no hay quien les predique? La fe viene por el oír la palabra de Cristo, pero al igual que Lidia, al carcelero le hizo falta que Dios abriera su corazón para estar atento a lo que el apóstol decía. Eso fue lo que dijo el profeta Ezequiel, que Dios cambiaría el corazón de piedra por uno de carne y pondría un espíritu nuevo en nosotros. No hay acepción de personas.

Es indudable que Cristo había muerto por aquel carcelero y por su familia, pues de otra manera no hubiesen creído para salvación. Ellos formaban parte de aquel rebaño que creería por la palabra de los que habían creído antes, por el testimonio de los apóstoles. La oración de Jesús, descrita en el evangelio de Juan (capítulo 17), trae al frente a estas personas que llegan a creer, a todos los que el Señor añadiría cada día a la iglesia porque habrían de ser salvos.

¿Qué debo hacer?  El único hacer posible es creer en el Señor Jesucristo. No hay obra que se añada a la obra de Jesucristo en la cruz. Y si alguien supone que el creer es nuestro aporte, entonces no ha comprendido el sentido de las Escrituras. Aún la fe es un don de Dios, no es de todos la fe y Jesucristo es el autor y consumador de la fe. Sin embargo, para que eso sea posible se hace menester conocer en quién se va a creer, de allí que Pablo y Silas hablaron la palabra del Señor tanto a él como a su familia.

La salvación trae como resultado el creer, aunque nos parezca paradójico. Estamos acostumbrados a suponer que hay que creer para ser salvos, pero el solo hecho de de que la fe sea un instrumento que Dios da en el mismo paquete de la gracia y de la salvación nos hace concordar con la Escritura que es el Espíritu el que da vida, y que el nuevo nacimiento se produce como su obra exclusiva.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8). Ninguna de estas actividades es de nosotros, sino que son un regalo de Dios. El hombre queda excluido de participar en el proceso de su salvación, simplemente es un sujeto pasivo al que le son otorgadas todas las facultades y todos los beneficios de la redención, de pura gracia. Y si por gracia, ya no es por obras, de manera que no podemos gloriarnos en nosotros mismos, sino solamente en la cruz de Cristo.

Pero al lado de este grupo hay otro mucho mayor que jamás es atraído o seducido con cuerdas de amor, como afirmó el profeta Jeremías. Dentro de estos están los que niegan que la sangre de Cristo atrae a cada uno de aquellos por quienes fue derramada. Estos son los que sostienen que Jesucristo expió los pecados de toda la humanidad, sin excepción, pero depende de cada quien el aplicar ese perdón a su favor. Estos son los que se glorían en el creer, en la fe propia, en su voluntad para decirle sí a Jesucristo.

LA JACTANCIA POR LA LEY DE LA FE

No hay jactancia alguna en las obras del hombre, solamente se le permite jactarse por la ley de la fe. Si esto es cierto, entonces implica por fuerza lo que las Escrituras enseñan, que no es de todos la fe, que la fe es un don de Dios, que Jesucristo es el autor y consumador de la fe.

Todos pecaron y están fuera de la gloria de Dios. La única forma de salvarse el hombre es que Jesucristo haya sido puesto como expiación de manera que se tenga fe en su sangre. Dios es el justo y el justificador del que tiene fe en Jesús. Entonces, lo que existe es la ley de la fe que echa por tierra la ley de las obras. Pero el extremo ha de entenderse para evitar malos entendidos, pues si la fe fuese un aporte nuestro caería por fuerza en la categoría de las obras y negaría la fe misma. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Está excluida. ¿Por qué clase de ley? ¿Por la de las obras? ¡Jamás! Más bien, por la ley de la fe (Romanos 3: 27).

Si nos hemos de jactar que sea por la ley de la fe, entendida ella como un regalo divino que excluye nuestro aporte. Pretender decir que Jesús murió por toda la humanidad sin excepción es asumir que tenemos otra cosa por la cual jactarnos. En este terreno hipotético el ser humano podrá aventurarse con su aporte, con su libre albedrío, con su voluntad dispuesta, con levantar la mano y con dar un paso al frente. De igual manera se enorgullecerá de la oración que repite para salvación, se gloriará frente a su vecino que no ha querido acercarse a Jesucristo. En este espacio el creer viene antes de la salvación.

Pero en tal hipótesis solamente se vislumbra incomprensión de la Escritura: No depende del que quiere ni del que corre. El amor de Dios por Jacob se dio desde la eternidad, antes de que Jacob hiciese bien o mal, antes de que creyese. Pero lo mismo sucedió con Esaú, y de cómo Dios lo rechazó o lo odió, aún antes de que hiciese bien o mal, antes de que no creyese. De esta manera ninguno de los dos puede señalarse como la causa primera de su destino final. Dios reclama todo, se atribuye la bendición y la maldición eternas como su gloria que no comparte con nadie: la gloria de su gracia y la gloria de su ira y justicia.

Si tenemos fe en la expiación por su sangre es porque esa sangre fue derramada por nosotros. En otras palabras, somos salvos y por ello tenemos fe. Mientras el beneficiario de esa salvación anduvo en la ignorancia del anuncio de Dios, estuvo también bajo la ira divina, lo mismo que los demás. Pero llegado el tiempo presente, la noticia del evangelio nos permitió asumir que aquella sangre fue derramada para nuestra expiación. Vemos en nuestra historia dos segmentos temporales: uno referido al derramamiento de la sangre de Cristo, que pertenece al pasado, a un hecho consumado; el otro segmento es el que da cabida a nuestra pregunta acerca de lo que debo hacer para ser salvo, así como a su respuesta: creer en el Señor Jesucristo.

Cuando llegamos a creer somos efectivamente salvos, pero también nos damos cuenta de que esa salvación fue un hecho histórico en la cruz. Esa salvación es un evento pasado y consumado, aunque no lo supimos hasta el momento de creer. Por ello, el tener fe en la sangre del Hijo de Dios es un producto (no causa) de haber sido salvados por el Hijo.

En definitiva es el Espíritu Santo el que aplica la salvación ocasionada por la sangre derramada como propiciación por los pecados de cada uno de los elegidos del Padre. Operado el nuevo nacimiento nos damos cuenta de que es todo de gracia. Ninguno de los elementos que intervienen en el proceso de nuestra salvación es humano; hemos sido engendrados no de voluntad de sangre, ni de voluntad de carne ni de varón, sino de Dios. Como esto es de esta manera se puede decir que uno recibe a Cristo y cree en su nombre (Juan 1:12), pero solamente porque ha sido engendrado por Dios.

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:49
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