Lunes, 16 de marzo de 2015

El profeta Isaías conversa con Dios, o se queja ante él. El anuncio puede ser de  los dos, de manera que la preocupación la comparte, al menos en forma retórica. Dios no está preocupado en aquello que ha ordenado que suceda, pero el profeta hace notar que el mensaje no es suyo solamente, sino de ambos. Algo parecido le sucedió a Elías al decir solo yo he quedado, sin saber que Dios tenía guardado un remanente no muy numeroso para el momento.

Dios habló por boca de sus santos profetas, desde que el mundo empezó (Lucas 1:70), lo que implica que se trata de una sola voz con un solo anuncio, aunque los mensajeros sean diversos. Tal vez Isaías haya dicho nuestro anuncio pensando colectivamente de todos sus colegas anteriores, aunque también refiera a Dios mismo quien es el autor del mensaje.

Pero la Biblia dice que Dios ha endurecido los corazones de los Esaú del mundo, los cuales no redimirá jamás: ¿Qué, pues? Lo que Israel busca, eso no alcanzó, pero los elegidos sí lo alcanzaron; y los demás fueron endurecidos (Romanos 11:7), De manera que de quien quiere, tiene misericordia; pero a quien quiere, endurece (Romanos 9: 18).

Pablo cita el texto de Isaías en Romanos 10:16, como lo hace Juan en su evangelio: para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro mensaje? ¿A quién se ha revelado el brazo del Señor?  (Juan 12:38). Y Jesús dijo: A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan (Lucas 8:10). Esto último también hace referencia a Isaías, ya que Juan continuó escribiendo: Por esto no podían creer, porque otra vez Isaías dijo: El ha cegado los ojos de ellos y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón, ni se conviertan, y yo los sane (Juan 12: 39-40).

EL ANUNCIO

Este es en principio el reporte acerca de Cristo, pero también incluye su doctrina. Es decir, es el mensaje que habla de la persona y de la obra de Jesucristo. Pero hay quienes conocen que el Hijo de Dios se llama Jesús, quien es un hacedor de maravillas, un Maestro de multitudes, alguien con poder sobrenatural para enfrentarse a los demonios y los mares embravecidos. También se reconoce que fue capaz de dar de comer a multitudes, de confrontar a los maestros de la ley, a los religiosos y comerciantes del templo. Incluso hay quienes aunado a lo dicho han llegado a creer que verdaderamente era el Hijo de Dios.

Pero esto lo creen los demonios y a veces llevan ventaja sobre estos tipos de creyentes, pues se dice de ellos que tiemblan ante su nombre y su presencia. Ellos conocen que su hora está cerca, que su condenación los alcanza. Por eso, el anuncio de Isaías implica algo más que una referencia a una persona especial, ya que infiere la doctrina del Hijo que no es otra que la doctrina del Padre (Juan 7:16).

Pero el texto agrega la inquietud acerca de quiénes son los que han recibido la manifestación de la revelación del brazo del Señor. La Vulgata coloca el término revelado (quis credidit auditui nostro et brachium Domini cui revelatum est). Este brazo de Dios se liga al poder divino, a la palabra transformadora que hace creer. El anuncio ante el mundo pareciera no tener arraigo, pero recobra sentido ante quienes es extendido el brazo revelador del Señor. De allí que no es el mundo el que cree, pues Dios no extiende su brazo a todos ni tampoco a muchos, sino a los pocos escogidos. El poder de la palabra revelada solamente se manifiesta por el Espíritu en aquellos elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo.

EL DESTINATARIO

Dijimos que había una sola voz pero muchos hablantes, pero agregamos que la soledad del profeta es una constante. El mensaje lo comparte con todos, pues así ha de ser anunciado y él desconoce el nombre de sus destinatarios. Es como si fuese una misiva oral en medio de una plaza pública, la cual se dice para todos aunque solamente aquel que entiende la clave del mensaje comprenderá que fue enviado para él. Elías se sintió solo en medio de la apóstata Israel, Juan el Bautista se declaró la voz que clama en el desierto (porque ese es un lugar comúnmente deshabitado).

El destinatario incluye al profeta mismo, quien sí ha creído en el anuncio. En cambio, los falsos profetas no creen el mensaje que dicen representar, más bien han torcido la Escritura interpretándola privadamente, añadiéndole y cortándole, como si fuese un sastre que en lugar de tela usa palabras (un desastre). El destinatario es el conjunto del pueblo de Dios, los elegidos, los que tienen oídos para oir y ojos para ver, los que comprenden la parábola del Señor, los que son sembrados en buena tierra, las ovejas, los amigos, la iglesia.

Cada profeta y cada anunciante tiene luz, la claridad suficiente para entender que el dia del Señor se acerca. No hay oscuridad en el anunciante porque las tinieblas están alejadas de sus palabras, pero no todos sus oyentes las disciernen. Solamente aquellos que son llamados de las tinieblas a la luz, cual Lázaro llamado del sepulcro a la vida, comprenderán el mensaje: salir fuera del mundo.

Judas es un tipo de persona que se entretuvo con los dichos de Jesús. También hubo multitudes que iban a escucharlo, porque Jesús era un gran maestro. Decía cosas sabias y la manera de exponerlas era llamativa. Además, le seguían señales y maravillas, asunto atractivo para las masas. En ese sentido creían parte del anuncio, pero no creían que Jesús era el Hijo de Dios.

Muchos de los reportes acerca de Cristo quedaron perdidos o escondidos entre un pueblo ignorante. Conocían solamente el nombre pero no su doctrina, de quienes dijeron que era dura palabra, imposible para ellos de comprender. Un Dios no conocido no puede ser percibido ni comprendido, su enseñanza pasa desapercibida por quien demuestra profunda ignorancia teológica (o bíblica).

LA RELIGION COMO TROPIEZO

No olvidemos que Israel era un pueblo entrenado en los asuntos de la ley, nutrido desde su infancia bajo el imperio de las ceremonias de su religión. El principio de ésta era llevarlos a Cristo, de quienes los profetas manifestaron profunda claridad de conocimiento. Sin embargo, los maestros religiosos se encargaron de la forma de la doctrina y no de su fondo, se avocaron a la organizaron de las buenas obras (el hacer y no hacer de la ley) e ignoraron la justicia que se buscaba en los sacrificios de los sacerdotes. Llegando a olvidar por completo la justicia que es Cristo, establecieron la suya propia, una exhibición de obras que era la antítesis de la gracia divina. La pregunta de Isaías cobra mucho sentido en medio de esta pedagogía religiosa que envolvía al pueblo de Israel. Se suponía que todo ese entrenamiento de siglos ya los había preparado para comprender la esencia del evangelio, pero no fue así. Apenas unos pocos se abrazaron a la esperanza de la ley que es Cristo, pues la ley no salvó a nadie sino que fue el Ayo que llevaba a Cristo.

Los que no pudieron comprender aquello que representaba el sacrificio hecho por el sacerdote no apuntaron jamás al único Sumo Sacerdote. Job pudo entenderlo, lo hizo también David, así como un gran número de creyentes en la época del Antiguo Testamento. La religión vino a ser una droga que mantenía unida a la nación, pero que los separaba de Dios. Lo mismo que sucede hoy día en numerosos templos donde se enseña doctrina humana adaptada a las conveniencias del hombre natural. La predestinación y soberanía de Dios son dejadas de lado ante la democracia que hace al hombre centro de las cosas.

El hombre religioso añade a la obra de Cristo su propia justicia. Sus expresiones propias del culto así lo manifiesta: yo decidí seguir al Señor, yo me convertí al evangelio en tal fecha, yo acepté a Jesucristo como Señor y Salvador. Y los predicadores de tales gentes pregonan que primero se debe aceptar el señorío de Cristo para poder obtener su salvación. El disparate de las obras sobre la gracia demuestra que su origen proviene del pozo del abismo, una idea que se pregona a voces desde su embajada en la tierra: Roma.

Cuando el creyente se ve solo, porque al mirar al lado lo que contempla es mundo y no iglesia, entonces debe recordar la pregunta de Isaías y comprender la explicación del Señor: que a nosotros nos es dado comprender el misterio del reino, pero no al mundo: Dios ha cegado los ojos del mundo y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón, ni se conviertan y el Señor tenga que sanarlos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:57
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