Jueves, 12 de marzo de 2015

La fe en Cristo es un regalo, pero no dada a todos. Esta es dada a los pocos escogidos del Padre, ni siquiera a los muchos llamados, tanto menos a los que jamás han oído el evangelio. Ya que la fe es un  don de Dios y no es de todos la fe, sumado al hecho de que sin fe es imposible agradar a Dios, el círculo queda cerrado en forma absoluta. Cuando Dios manda a creer en el Hijo, también envía un espíritu engañoso a todos aquellos que no quisieron creer en la verdad. Esto nos lleva a deducir que no siempre que Dios prescribe una norma espera que la cumplan los que no la pueden cumplir. La ley (o la norma) se ha introducido para hacer notorio el pecado.

Es decir, la ley le ha permitido al hombre comprender que el pecado existe. No solo la ley escrita (la de Moisés) sino la que está escrita en la conciencia humana, en virtud de la naturaleza creada. La obra de Dios en su creación habla de Él; hablar de Él implica mencionar su moral, su ética, su bondad. Pero el hombre caído no tomó en cuenta a Dios y adoró toda suerte de imágenes de reptiles, cuadrúpedos y aves; le dio gloria a la criatura antes que a su Creador.

Esto acontece en el plano físico, lo vemos a diario y lo podemos cotejar. Sin embargo, por medio de la revelación escrita sabemos que los decretos de Dios son sempiternos, que vienen mucho antes de la aparición del hombre en el huerto del Edén. Ya los filósofos griegos hablaron del destino implacable sobre las criaturas humanas, incluso sobre sus mismas divinidades. Esto nos sugiere que aún sin revelación escrita la sola aparición de la naturaleza junto al hombre ha permitido inferir que una fuerza está por encima de la criatura humana fijándole anticipadamente sus pasos.

De allí el concepto de tragedia griega, pues los mortales humanos no pueden eludir los designios divinos. Lo intuyeron ellos sin tener a mano la ley de Moisés, sin que a ellos les fuese dada la revelación escrita. Ya uno de los salmistas aseguró que los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. En alguna medida esta idea también fue enunciada por los poetas griegos, cuando uno de ellos dijo que el Él vivimos, nos movemos y somos, porque somos linaje suyo.

Pero estos espejismos no ayudan en mucho a la humanidad. De allí que Dios escogió a un pueblo para levantar en medio de ellos a muchos profetas y dar su revelación en forma escrita. La única manera de llegar a creer en el anuncio del evangelio es mediante la fe, que se posea la certeza de que ese Dios ha ordenado todo cuanto acontece en el universo que le pertenece. Pero de nuevo, no es de todos la fe.

¿Por qué Dios ha resplandecido en nuestros corazones? Sencillamente para disipar nuestras tinieblas y para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Una vez que Dios ha puesto conocimiento en nuestras mentes no podemos decidir ser ignorantes. El estímulo de la respiración la convierte en un acto mecánico y nadie está capacitado para dejar de respirar voluntariamente (a no ser que sea un suicida empedernido). Pero en materia de fe no existe el suicidio, no en los vasos de gloria escogidos para honrar a Dios en su soberanía y amor.

El hombre en su estado natural está dispuesto a adorar becerros de oro, pero huye despavorido y con odio del Dios de la revelación. Su enemistad con Él es natural, por lo cual los pecadores no desean acercarse a Dios bajo ningún respecto. Si han llegado a escuchar de Él puede ser que lo tengan en cuenta para algún clamor (de petición o de protesta), será apenas una referencia distante en caso de que lleguen a necesitarla. Pero el hombre no posee ninguna recepción de gracia voluntaria, ya que no hay quien busque a Dios y todos han sido declarados muertos en sus delitos y pecados.

Si la creación del Génesis nos enseña que Dios fue independiente de lo que creaba, en el sentido de que no preguntó si una planta quería ser una planta, o si un mineral deseaba ser hierro o plata, si el hombre no fue consultado si quería ser Adán o Eva, mucho menos es requerida su opinión cuando Dios realiza su segunda creación. Porque la Biblia nos asegura que los redimidos somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras (Efesios 2:10). Esta segunda creación es tan necesaria como la primera, pues de un muerto no se espera respuesta alguna, como de alguien no creado tampoco se puede esperar opinión de ningún tipo.

La Escritura llama a esta nueva creación el nuevo nacimiento. El hombre en su estado natural es incapaz siquiera de comprender la magnitud de lo que este concepto encierra, poco importa su matriz religiosa o teológica. Nicodemo era un fariseo miembro del Sanedrín, acudía de noche a escondidas a hablar con Jesús, pero demostró ser tan ignorante en esta materia como el mayor de los perdidos. Para emprender la vida, un espermatozoide debe unirse a un óvulo y de allí formar el embrión que desarrollará el feto y se convertirá en un niño al nacer. Para entender el nuevo nacimiento sucede algo similar, el Espíritu debe darle vida a la criatura muerta y en consecuencia instruirlo en los estatutos de Dios (Ezequiel 36:26-28 y Juan 3:7).

Israel era celoso de Dios pero no de acuerdo a conocimiento. Ese pueblo ignoraba la justicia de Dios y como no hay un terreno neutro, como no existe una casilla vacía, procuraba establecer su propia justicia (Romanos 10: 2-3). Cuando los seres humanos escuchan la predicación del mensaje de Dios, cuando leen las Escrituras, pero su corazón permanece duro como la piedra, ignoran la justicia de Dios (Cristo, quien es nuestra pascua, la justicia de Dios). En tal sentido, el hombre natural completa el esquema añadiendo fraudulentamente lo que le falta: ante la carencia de la justicia de Dios coloca la suya propia.

Las buenas obras se incorporan al vacío existente de manera que tapen el hueco y la conciencia humana se conforte. Pero esto, acaba de decir la Escritura, no es conforme a ciencia. Si no hay justo ni aún uno, ¿cómo puede haber justicia humana para que el hombre se acerque a Dios sin la culpa por su pecado? Si no hay quien busque a Dios, ¿cómo puede alguien procurar ser visto como aprobado por el Creador? Si la humanidad entera murió en sus delitos y pecados, ¿cómo puede ser quitada la enemistad entre Dios y los hombres? La única respuesta bíblica es por medio de la justicia de Dios que es Cristo.

Decir que es esa justicia más la justicia humana es añadirle al trabajo de Jesucristo en la cruz lo que no le falta. Pero es también añadir fraudulentamente en el hombre capacidad espiritual. Por lo tanto, cuando Dios escogió a algunos para vida eterna lo hizo en virtud de su propósito y placer propios, nunca en que viera algo bueno en sus criaturas. Jacob y Esaú fueron hechos de la misma masa, lo mismo que el resto de la humanidad. No hay virtud en Jacob que lo salve, ni falta de virtud en Esaú que lo condene. La razón de lo que decimos está en la misma Escritura: a fin de que nadie se jacte en la presencia de Dios, pues ni Jacob ni Esaú habían aún hecho bien o mal cuando fueron escogidos para fines opuestos. Es el Elector el que impera por virtud de su soberanía, bajo el propósito de llevar gloria a su nombre: la gloria de la justicia y poder y la gloria de su amor y misericordia.

No en vano el Salmo 65: 4 nos refiere este tema: Bienaventurado el hombre que tú escoges y haces que se acerque a ti, para que habite en tus atrios. Seremos saciados del bien de tu casa, de tu santo templo (Salmo 65:4). Es Dios quien escoge y quien hace que nos acerquemos a Él. De otra manera no podríamos desear estar en sus atrios; el conocimiento de Dios implica la caída de la ignorancia respecto a la justicia de Dios.

No es posible vivir con los dos juntos: o ignoramos a Dios y a su justicia (que es Cristo), por lo cual el hombre natural propone su propia justicia para acudir a ese Dios no conocido, o somos iluminados para conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, lo cual disipa la ignorancia de su justicia. Una vez que Dios ha puesto ese conocimiento en nuestras mentes ya no será posible seguir siendo ignorantes de la justicia que es Cristo, nuestra pascua.

Conocimiento e ignorancia son dos conceptos excluyentes; el medio conocer es un medio saber, pero equivale a ignorar la verdad. En la fe no hay incertidumbre, de manera que si alguien medio conoce la verdad no ha tenido la fe dada a los santos, pues sin fe es imposible agradar a Dios. Jesucristo es el autor y consumador de la fe. El conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo equivale a conocerlo como la justicia de Dios.

Si Jesucristo es el autor de la fe, los que colocan gracia y obra en un mismo paquete demuestran cuán ignorantes son respecto a la justicia de Dios y son dignos de oración para salvación, como el viejo Israel. Ellos han llegado a mostrar que no tienen la fe que Jesucristo da. Y si se ora para salvación es porque se les reconoce que están perdidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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