Martes, 09 de julio de 2013

Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón (Génesis 6:6). Mucho se ha dicho en relación al arrepentimiento de Dios, como si eso fuese el pecado imperdonable de la Divinidad. Dios puede arrepentirse si lo quiere hacer, pues para eso es soberano; presumir que el Dios de la Biblia es un robot sin sentimientos no tiene ni pies ni cabeza. Empezando por el hecho de que nos hizo a su imagen y semejanza, por lo que basta con un poco de introspección para ver de dónde proviene las emociones que sentimos a diario.

Tal es el caso de Jesucristo en Getsemaní, cuando ora al Padre y le dice que si es posible, pase de él esa copa. Jesús sabía que tenía que acontecer la cruz, que eso sería un hecho, pero de todas formas sintió premura por lo que habría de pasar, al punto que el narrador bíblico escribió: Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra (Lucas 22:44). El lenguaje humano interpreta la realidad, de manera que no es la realidad misma. El lenguaje humano no es perfecto, pero es uno de los mejores medios de comunicación y el gran soporte de nuestro pensamiento. Mucho de lo que va anclado al lenguaje humano es susceptible de verse las más de las veces desde otra perspectiva. Por otro lado, la traducción de un término desde una lengua a otra puede conllevar imprecisiones, no en vano se ha dicho traduttore traditore (Traductor traidor), porque un traductor traiciona en algún sentido el texto original.

TRADUTTORE TRADITORE

Es común saber que la traducción de un texto conlleva la imprecisión técnica relativa a la semántica de las lenguas involucradas; por eso el adagio popular de que el traductor es un traidor, alguien de temer. El vocablo hebreo empleado para significar la actitud de Dios ante la crecida maldad humana es Nacham (naw-Kham) y se traduce de varias formas: lamentar, consolarse, arrepentirse, ser confortado.  La raíz del verbo usado nos conduce a la idea de suspirar, con lo cual se implica que alguien pudiera sentir algo tanto en un sentido favorable como en un sentido desfavorable.

Tal vez Dios vio la maldad de los hombres y suspiró en el sentido desfavorable, como se demuestra por el texto inmediato, pues se dispuso a castigarlos; por el verso siguiente (el 7) es un asunto de venganza de Dios más que de arrepentimiento. Es como si dijéramos que cuando Jehová vio la maldad humana lamentó por lo que iba a sucederle.

Esta forma de hablar manifiesta además una manera antropomórfica, como si el escritor bíblico atribuyera a Dios la expresión propia de los hombres. Hay textos que nos hablan de la protección de Dios como la que brinda una gallina a sus polluelos, o se compara con la seguridad de una roca sólida. Sabemos que Dios suspiró por la maldad humana y quiso castigarla, si bien Noé halló gracia en sus ojos (verso 8). Existe una secuencia en los versos para mostrarnos el diluvio que vendría sobre la tierra: 1) la maldad humana es excesiva y llega a su clímax; 2) Dios se molesta por lo que ve; 3) Dios la castiga y quiere raerla toda; 4) Dios tiene misericordia de Noé y extiende su gracia soberana sobre la faz de la tierra.

DIOS NO SE ARREPIENTE

Paralelamente a este texto anteponemos otro que dice: Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Números 23:19). En virtud de lo que señala este pasaje de la Escritura entendemos que el plan de Dios continuó como Él lo había previsto, pues más allá de que el pecado cause malestar el Señor siempre ha sabido lo que ha hecho. El Cordero estaba preparado desde antes de la fundación del mundo para su gloria y para beneficio de su pueblo escogido, por lo cual la humanidad debía continuar su rumbo. Pero el hecho de que Dios haya destruido gran parte de ella por su maldad sienta un precedente en cuanto a su actitud frente al mal. Más allá de su ira se abre su misericordia para con sus escogidos pues, si lamentó haber hecho al hombre para tener que destruirlo, jamás se arrepintió de haberlos redimido con su gracia especial y soberana. Como dice Pablo: Porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables -sin arrepentimiento- (Romanos 11:29).

Pero Dios puede lamentar que la consecuencia de sus actos llegue a ser muy dura en relación con el pecado de los seres humanos, mas a pesar de ello su carácter es firme y mantiene sus decretos intactos. Por eso es que se dice que Él no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. En el relato del Génesis se describe a Dios que siente lo que ha hecho el hombre y por eso se duele por el castigo que va a hacer, asunto que cumple con creces cuando envía el diluvio universal.

Hay otros pasajes de la Escritura que son dignos de mencionar y estudiar dentro de su contexto, pues ellos hablan de ese Dios que no es una máquina sino más bien un Ser con sentimientos. Por ejemplo, en el Salmo 78:40  leemos lo siguiente: ¡Cuántas veces lo desobedecieron en el desierto! ¡Cuántas veces lo hicieron enojar en el yermo!  Otro caso interesante en la narración bíblica exalta su amor por su pueblo: ¿Cómo podría yo abandonarte, Efraín? ¿Podría yo entregarte, Israel? ¿Podría yo hacerte lo mismo que hice con Adma y con Zeboyin? Dentro de mí, el corazón se me estremece, toda mi compasión se inflama (Oseas 11:8).

Muchas figuras de lenguaje las usamos a diario para referirnos a asuntos cotidianos. Recordemos ésta referida al sol que sale por el Oriente y se oculta por el Occidente. Sabemos que esa estrella ni sale ni se oculta, pero nuestra percepción de las cosas en virtud de nuestra posición relativa a ellas nos hace construir aserciones como la mencionada. Hay una cierta pragmática poética en el lenguaje que nos sirve para darle armonía a la interpretación que hacemos de la vida. ¿Está lista la comida? Sí, ya casi. Esta frase es común en la vida de millones de personas, sin embargo no es lógica. Si la comida está lista o no lo está nunca puede decirse ya casi. O está lista o no está lista, pero no existe el casi como respuesta dentro de una afirmación, de acuerdo a una lógica pura de la lengua. No obstante, la pragmática se impone y construimos a menudo frases similares a esa.

El escritor bíblico tampoco ha estado exento de sus limitaciones lingüísticas ni del uso de la pragmática poética en el discurso. Su manera de describir la relación con el Todopoderoso se ha visto exigida en muchas ocasiones, por lo cual acude a figuras de lenguaje que le son comunes. El antropomorfismo en Dios es un tema interesante: un Dios que nadie vio jamás y que es Espíritu, pero que se dice que tiene manos, espalda, ojos, etc. Pablo dijo haber subido al tercer cielo, pero no encontró la forma de narrarnos lo que vio; oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Corintios 12: 4). No sabemos por qué no pudo decirnos lo que vio, no sabemos si le fue prohibido o si no encontró palabras para describirnos su experiencia. Pero el que el apóstol no haya podido expresarnos lo que vio no hace al relato dudoso.

Lo que se dice de Dios desde la perspectiva del hombre suele ser llamado antropomorfismo, pero eso no da pie para inferir que Dios tiene en consecuencia las mismas limitaciones de los hombres. Conviene indagar en los siguientes textos teniendo en cuenta las observaciones hechas:  Exodo 32:14; Números 23:19; Deuteronomio 32:36; 1 Samuel 15:11; 15:29; 2 Samuel 24: 16; 1 Crónicas 21:15; Salmo 106:45; 110:4; Jeremías 18:8-10; 26:19; Oseas 11:8; Jonás 3:10; Malaquías 3: 6; Romanos 11:29; Hebreos 6:17-18; Santiago 1:17; Salmo 78:40; 81:13; 95:10; Isaías 63:10; Efesios 4:30; Hebreos 3:10 y 17.

Interpretar implica discernir, extraer el sentido de las palabras tomando en cuenta la gramática de la lengua y el contexto en que aparecen. Nunca es prudente tomar un texto aislado y hacer de él una doctrina bíblica, pues se corre el riesgo por esa práctica de errar el blanco. La Escritura se interpreta con la Escritura, sin que haya que recurrir al sentido secreto o privado de la interpretación. No olvidemos que el Espíritu nos lleva a toda verdad, de manera que así como Dios le dice al impío que no tiene que tener en su boca sus estatutos (Salmo 50: 16-17) nos recomienda a nosotros a que sigamos a quien nos lleva a toda verdad (Juan 16:13). Y dado que Jesucristo es el Logos, entonces la interpretación inducida por el Espíritu seguirá los parámetros de la lógica, de la gramática (que es también parte lógica del lenguaje) y del contexto en el cual se dicen las cosas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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