Mi?rcoles, 24 de abril de 2013

Ya hemos dicho muchas veces que un Dios humanizado queda imposibilitado para conceder lo que le pidan, sencillamente porque tal dios sería obra humana. El Dios revelado en la Biblia no tiene nada que ver con la obra de los hombres, está distanciado de los ídolos, de cualquier técnica para operar milagros, de la función teológica que pretenden darle. La gramática y el contexto son dos de los elementos básicos para poder acercarse al texto literario que habla de Él y comenzar a interpretar. Pero en materia del espíritu, cuando de Dios se trata, un tercer elemento viene a ser la piedra angular en la interpretación de la revelación, el Espíritu de Cristo.

Con esta tautología muchos tropiezan, por considerarla una falacia que rompe el orden lógico manifiesto en el Verbo hecho carne. Sin embargo, así como no hay otro Dios fuera del revelado, tampoco existe otro método para acercarse al texto divino. Ya lo dijo Él en Su palabra: Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que narrar mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? (Salmo 50:16). Con este dictamen deja por fuera al impío, al que no ha nacido de nuevo. En resumen, la Palabra de Dios está restringida para el pueblo de Dios. Por si fuera poco, también dijo: Dios es el que juzga al justo; y Dios está airado todos los días contra el impío (Salmo 7:11).

Dios ha predestinado desde antes de la fundación del mundo a un pueblo para ser santo, para estar separado del mundo, pero ha escogido igualmente a muchos para perdición eterna (Efesios 1 y Romanos 9). El Dios que hizo a la raza humana representada en Adán y Eva no preguntó antes si ellos querían existir. Se trata de un Dios que no consulta y que no estima en nada los supuestos privilegios humanos (Dios no respeta privilegios o no hace acepción de personas: Hechos 10:34).

Los que resisten esta realidad bíblica tratan de contraponer algunos textos para mostrar su punto, sin embargo violan la norma básica interpretativa de la gramática y el contexto, por no hablar del Espíritu porque de seguro que no lo tienen. En 1 de Timoteo 2, Pablo menciona que se han de hacer ruegos por todos los hombres, entre los que nombra a aquellos que están en eminencia. La razón la describe como muy válida, ya que conviene vivir quieta y reposadamente. Con esto en mente, yo estoy autorizado por las Escrituras a pedir por el criminal que tengo como vecino, o por el sodomita que está dictando clases en la universidad. Las rogativas que se han de hacer por todos los hombres incluyen tanto a los píos como a los impíos. Con ello estoy declarando la más absoluta soberanía de Dios, quien controla todas las cosas según el afecto de Su voluntad. Asimismo, estoy recibiendo el beneficio de tener por cierto que Dios dirige cada aspecto de este universo y veo que se cumple lo declarado por el profeta David: aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno. El valle de sombra de muerte es el mundo cuyo príncipe es Satanás, artífice de la mentira y del engaño; pero también cuando oro recuerdo que Jesucristo pidió por mí cuando le dijo al Padre que me guardara del mal, porque yo no era del mundo aunque habría de estar en el mundo.

Pero el texto de Timoteo muestra que Pablo agregó que el deseo de Dios era que todos los hombres sean salvos, y vengan al conocimiento de la verdad. Si Dios escogió a unos para condenación, antes de hacer bien o mal, como se dice de Esaú y todos aquellos a quienes él representa, entonces ¿cómo es posible que desee la salvación de Esaú y sus semejantes? ¿Desea Dios la salvación de Faraón o de Judas? ¿O las deseó en tiempo pasado? ¿Anhela Dios salvar a aquellos que habrán de adorar a la bestia, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo? Tal es el argumento de quienes objetan la Palabra de Dios, aduciendo que Pablo le hizo a Timoteo una proposición contradictoria con la revelación divina. Lo que es peor, ya no sería Pablo el culpable sino el Espíritu directamente, pues fue Él quien inspiró las Escrituras.

De nuevo, la más sencilla norma de interpretación ha de hacerse presente, con la gramática y el contexto, pero también con el Espíritu. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Por el Espíritu sabemos que Dios no se contradice, de manera que vemos en las palabras escritas un sentido y una multiplicidad de sentidos. En la Biblia el adjetivo todo significa la mayor parte de las veces un todo colectivo, si bien en otras ocasiones apunta a un todo distributivo. Veamos algunos ejemplos del sentido colectivo: 1) Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados (Mateo 3: 5-6); 2)  Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado (Lucas 2:1). Sabemos bien que mucha gente no fue bautizada por Juan, porque no todos creían en lo que decía ni en su bautismo, como bien testifica la Biblia. Por ejemplo, estamos seguros de que Herodes y su gente no acudió al bautismo de Juan, sin embargo ellos formaban parte de la totalidad de Judea, o de Jerusalén o de la provincia alrededor del Jordán. Asimismo, no todo el mundo fue empadronado, sino ciertas ciudades pertenecientes al control del imperio romano. Asimismo, José y María que acudieron al censo fueron sorprendidos por el nacimiento del niño, pues María sintió los dolores del parto mientras iba a ser empadronada.

Si Dios quiere que todos los hombres sean salvos lo quiere en sentido colectivo, referido a toda clase de personas, como lo indica el contexto (oraciones por todos, incluyendo a los reyes, los que están en eminencia, etc.). De igual forma Juan escribió que Cristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo. Si esto se toma como un todo distributivo que incluya a cada individuo de la raza humana, entonces no existirían condenados. Ni siquiera Faraón o Caín, pues Cristo fue la propiciación por sus pecados y poco le importa a Dios el tiempo, ya que Él es eterno y puede propiciar en forma retroactiva para que Faraón sea salvo por la aplicación de la propiciación de Su Hijo Jesucristo.

Pero de nuevo el contexto. Juan era pastor de una iglesia de judíos conversos al cristianismo, y para ellos el mundo se dividía entre judíos y gentiles. De la misma forma Roma dividía el Derecho entre el Derecho Romano y el Derecho de Gentes (para el resto de la gente no romana). Los judíos tenían una aproximación a la historia muy parecida a la romana: eran ellos y las gentes, los judíos y los gentiles. De allí que Juan escribe su carta a la iglesia cristiana compuesta principalmente por judíos. Recordemos que el apóstol para los gentiles era Pablo, no Juan. Por eso escribió que Jesucristo era la propiciación por nuestros pecados (los pecados de los judíos que el Señor había añadido a la iglesia), pero también por los de todo el mundo (el resto de la gente no judía, los gentiles). El famoso culturalmente llamado Domingo de Ramos presenta a una gran multitud que celebraba al Mesías Jesucristo; sin embargo, no todos estaban con él, pues sus enemigos continuaban conspirando. De esta forma, algunos fariseos lo manifestaron pero sin dejar de sorprenderse en ver cómo le seguían: Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). En este verso, el mundo no es todo el mundo en sentido distributivo, sino un sinónimo de gran multitud; esta es otra forma de decir todo el mundo llenó la plaza, sin que uno quiera dar a entender con ello que cada habitante del planeta llenó la plaza, pues sería un evento imposible de realizar.

El hecho de que Cristo no sea el que abogue por todo el mundo en forma distributiva queda demostrado por sus palabras cuando la noche antes de su crucifixión oraba al Padre: No ruego por el mundo. Pero este Jesús sí amó al mundo y vino para que el mundo fuese salvo por él; pero no rogó por el mundo: ¿cuál mundo? Tiene que ser un mundo distinto: son dos clases de mundos los relatados acá.

Primero, en Juan 3:16 y 17, Jesús le explicaba a Nicodemo que Dios había amado de tal forma al mundo que lo había enviado a él, para que todo el que fuese creyente no se perdiera, pues él no había venido para condenar al mundo, sino para salvarlo. Este mundo es el mismo mundo relatado también por Juan, cuando en capítulo 17 recoge la oración de Jesús por los suyos, por los que el Padre le había dado y por sus ovejas que habrían de creer por la palabra sembrada por los apóstoles.

Pero existe un mundo distinto por el cual Jesús no rogó al Padre, pues ese mundo es el que perece eternamente. Por ello sabemos que Jesucristo no fue la propiciación de los pecados de todo el mundo en sentido distributivo, sino solamente en el aspecto colectivo.

TODO LO QUE QUISO HA HECHO (Salmo 115: 3).

A Dios lo definen sus profetas como El Todopoderoso, que hace todo lo que quiere. Es también alguien cuya mano no puede ser detenida, el Alfarero que de la misma masa hace vasos de honra y de deshonra. No es un dios que permite que sucedan las cosas, sino alguien quien activamente hace que sucedan.

Quizás muy pocas sean las personas que se planteen objetar el poder soberano de Dios en los espacios de la física o de las ciencias. Raro es conseguir a alguien que objete su poder para hacer cualquier cosa, incluso de esas que suelen denominarse milagros. Pero son muy pocos los que dicen creer en Él y al mismo tiempo le creen al Espíritu sus declaraciones manifestadas en la revelación. En especial, cuando de materia de salvación se trata muchos de los creyentes aceptan Su ayuda, aunque en su gran mayoría sostienen que se trató de una actividad conjunta.

Esta actividad es llamada sinergística, por cuanto en ella participan al menos dos personas; es lo que se traduce como un trabajo conjunto. Según los sinergistas, no hay salvación del alma humana si ésta no coopera; si no  se respeta el libre albedrío no puede haber salvación posible. En realidad, lo que la Biblia declara de principio a fin es a un Dios que hace según sus planes eternos e inmutables, sin que consulte la opinión de quienes llama. Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trajere; esta aseveración es de Jesucristo, dando énfasis a la actividad exclusiva de la voluntad divina que decreta lo que el hombre habrá de hacer. Irrenunciables o irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios; no hay quien resista su mano y le diga ¿qué haces?

Yo soy el buen pastor, el buen pastor su vida da por las ovejas; mis ovejas oyen mi voz y me siguen, a cada una llama por su nombre; no seguirán al extraño porque no conocen su voz; ... ustedes no pueden creer porque no son de mis ovejas. Te ruego por los que me diste, y por los que habrán de creer por la palabra de ellos ... No ruego por el mundo. Estas son algunas de las declaraciones dadas por el Hijo de Dios que fue enviado para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21); en ellas vemos un manifiesto soberano relacionado con la predestinación de las almas, no en base a una razón judicial ni a una conducta futura prevista en una bola de cristal, sino en razón de una decisión soberana de Dios: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí ... antes de que hiciesen bien o mal. De esta forma el propósito de la elección permanece por sobre las obras.

No obstante, muchos que se dicen creyentes tuercen las Escrituras para su propia perdición y son declarados indoctos e inconstantes. Estos no quisieron (en el plano físico) y no pudieron (en el plano metafísico) creer a la verdad, por lo tanto Dios mismo les ha enviado un poder engañoso para que crean a la mentira y se pierdan. Esa también ha sido la razón fundamental por la cual Jesús habló en parábolas, para que oyendo no entendieran, no sea que se arrepintieran y tuviera que sanarlos. Así fueron sus palabras en relación al por qué hablaba en parábolas. La mentira que creen es la que les  habla de un Cristo que murió por cada miembro de la raza humana, llevando sus pecados a cuestas, derramando su sangre por ellos en expiación perfecta. Este universalismo pretende simular singularidad al decir que Dios hizo su parte pero que al hombre le toca hacer la suya. En otros términos, la salvación no es del todo universal, aunque sí fue esa la intención divina, pero el hombre no ha querido colaborar y por lo tanto se pierde.

En este punto, la inteligencia se pregunta qué será lo que ha pasado con aquellos que jamás han oído este evangelio de este Cristo que llevó el pecado de toda la humanidad. Si nadie va al Padre sino a través del Hijo, ¿cómo se salvarán aquellos que jamás han oído el mensaje de tal salvación? Para esta inquietud tienen su respuesta elaborada: Dios mira los corazones de los hombres y ve si hay alguno dispuesto a respetarle, aunque no conozca a Jesucristo. En otros términos, Cristo es el camino al Padre para los cristianos, pero Mahoma lo es para los musulmanes; así como cada nación puede tener su dios o su ídolo, ellos conducirían a sus pobladores en una actividad sincrética religiosa hacia Dios.

Pero ese es otro evangelio y por lo tanto ya ha sido declarado en las Escrituras como anatema o maldito. Es necesario resaltar que cualquier evangelio diferente al enseñado en y por las Escrituras no debe ser bienvenido; tampoco aquellos que son sus portadores. Poco importa que ese falso evangelio se parezca en mucho al verdadero evangelio, pues acá no vale el adagio de que lo que importa son las cosas que nos unen y no las que nos separan. No es cuestión de tender puentes sino más bien de levantar paredes, muros altos que impidan la penetración de falsas doctrinas.

Decir que la salvación es un trabajo sinergístico entre Dios y el hombre es llamar mentiroso a Jesucristo, quien reveló que vino a salvar a su pueblo de sus pecados, a poner su vida en rescate por muchos, a dar su vida por sus ovejas. Es decirle mentiroso a quien específicamente no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y por los que se le añadirían por la palabra de ellos. Es también llamar mentiroso al Espíritu cuando reveló que habrá un grupo elevado de personas que adorarán a la bestia y se maravillarán ante ella, precisamente porque sus nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Pues si Cristo expió el pecado de toda la raza humana no se entiende como no borró el pecado de estos que habrán de adorar a la bestia; ni tampoco por qué no perdonó a Judas o a Faraón, o a Caín, o a los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda.

Eso de andar diciendo que Jesucristo expió el pecado de toda la raza humana en forma distributiva implica llamar mentiroso a Dios, quien desde antes de que el hombre pecara ya se había propuesto amar a Jacob y aborrecer a Esaú. Los que se ofenden ante esta declaración de la Biblia argumentan que esta es una palabra dura de oír, que nadie más la puede escuchar. La gran diferencia entre ellos y los que la escuchamos con atención está dada por tener el Espíritu de Cristo. Los que no lo tienen rechazan esta palabra suya, se molestan con sus declaraciones y tuercen las Escrituras.

Por eso tenemos que seguir predicando todo el consejo de Dios, la verdad soberana para que las ovejas encuentren verdes pastos y sean abrevadas y apacentadas como lo pidió el Señor.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:24
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios