S?bado, 20 de abril de 2013

El cristiano está en batalla constante contra el poder del mal, pues le ha tocado estar en el mundo aunque no sea del mundo. El antagonismo entre estas dos entidades, el mundo y el hecho de ser cristiano, genera una continua lucha en la vida del creyente. Por un lado existe la vieja naturaleza que le incita a pecar, su concupiscencia, la huella perenne que le grita a voces que él está hecho de la misma masa que los otros. Al mismo tiempo, el Espíritu que ha venido como arras a su vida se contrista en respuesta a la actitud impropia de la vieja naturaleza. La experiencia resulta en una convulsión de pasiones, la que nos lleva a recordar a Pablo cuando describió su situación personal como paradigma de lo que nos acontece. Con el hombre interior quería agradar a Dios, pero una ley en sus miembros se rebelaba contra la ley de su mente y lo llevaba cautivo de nuevo a la ley del pecado que ha estado en sus miembros.

Esta situación lo convertía en un hombre miserable que procuraba hacer el bien y no lo hacía, que más bien hacía lo malo que aborrecía. Sin embargo, por tener las arras de la salvación, esto es el Espíritu Santo, logró entender que Jesucristo le habría de librar de su cuerpo de muerte. Al mismo tiempo, agradece porque con su mente servía a la ley de Dios a pesar de que con su carne todavía servía a la ley del pecado.

Resulta indudable que el impío no busca servir a la ley de Dios ni se aflige porque con su carne sirve a la ley del pecado, de manera que Pablo se estaba refiriendo a él mismo como creyente. Esto constituye un paradigma para nosotros orientarnos cuando nos sucede algo similar; también Santiago expuso que el profeta Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, lo cual implica que este apóstol también padecía de los mismos síntomas de Pablo. Pero no solamente fue un hecho propio de los apóstoles, sino de los profetas, de los reyes de Israel como David, Salomón y otros. Todo creyente sufre este combate entre el Espíritu y la carne y le toca hacer morir lo terrenal que hay en él.

Pablo estableció dos hechos de importancia para que el creyente pueda llegar a conocerse mejor y deje la pesadilla del conflicto. El sabía que la pugna continuaría en esta vida pero no la aflicción de la culpa. Primero que nada dijo que una cosa era estar en la carne, lo cual obraba fruto de muerte (Romanos 7:5), y otra muy distinta era estar bajo el régimen nuevo del Espíritu.  Vivir conforme a la carne trae la muerte, mas si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, viviremos (Romanos 8:13). Luego pronunció la gran diferencia entre estar en Cristo Jesús y andar conforme a la carne. Estos últimos reciben condenación, pero los primeros, los que están en Cristo Jesús, reciben vida eterna (Romanos 8:1).

En el capítulo 7 de su carta a los romanos Pablo se define como carnal, vendido al pecado; pero se reconoce que sirve a la ley de Dios con la ley de su mente. A los Corintios les dice: porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, y contiendas, y divisiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? (1 Corintios 3:3).

En el primer verso del capítulo 8 de la misma carta el apóstol estableció que una cosa era estar en Cristo y otra muy distinta era andar conforme a la carne. En otros términos, los cristianos en ocasiones o a menudo nos mostramos carnales, pues la vieja naturaleza nos asalta y nos arrastra a la ley del pecado; sin embargo seguimos estando y andando con Cristo Jesús, gracias a las arras que nos han sido dadas, el Espíritu Santo. Pero el impío, por no estar ni andar en Cristo Jesús, anda y camina conforme a la carne.

La gran síntesis mostrada se exhibe en Romanos 8: 4: para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. El andar y estar en la carne se traduce en un ser de la carne, porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne (Romanos 8:5). Al contrario, en nosotros los creyentes, por ser del Espíritu pensamos en las cosas del Espíritu (verso 5, parte final). Vivimos según el Espíritu porque el Espíritu de Cristo mora en nosotros; en consecuencia somos deudores al Espíritu y podemos hacer morir las obras de la carne en virtud de ese Espíritu.

Otras consecuencias de ser guiados por el Espíritu es que ya no estamos en temor, más bien podemos clamar ¡Abba Padre!; tenemos el testimonio del Espíritu ante nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Acá es bueno ocuparse un momento del hecho de que el Espíritu no testifica ante nuestra mente corrompida, o ante nuestra alma maltratada por la carne, más bien se dirige en forma directa a nuestro espíritu.

Zacarías 12:1 dice que Dios …forma el espíritu del hombre dentro de él. El apóstol Pablo explica que nuestras capacidades mentales humanas se deben a este espíritu: Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? (1 Corintios 2:11). Job 32:8 señala: Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda. Alguien alguna vez dijo que el alma guarda una relación horizontal del hombre con el mundo, mas el espíritu lo hace en forma vertical entre el hombre y Dios. ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío (Salmo 3: 5).

Allá, en lo más profundo del ser, sabemos si somos o no somos de Dios; sabemos si nos estamos ocupando de las cosas de arriba que no perecen. Por eso, nadie conoce mejor al hombre que su propio espíritu, de manera que la intención del Espíritu es conocida por Dios, quien escudriña los corazones. Siendo el Espíritu parte de la Trinidad, entendemos que existe perfecta armonía entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, de tal forma que se conocen mutuamente y todos ejecutan la misma voluntad. De allí que el Espíritu testifica a nuestro espíritu el hecho de que seamos hijos de Dios. En consecuencia, si hijos también herederos y coherederos con Cristo, pero por si fuera poco, el Espíritu intercede por nosotros conforme a la voluntad de Dios.

PARTE FINAL

La gran alegría estriba en que existe una declaración firme acerca de nuestra posición en Cristo, que nos hace más que vencedores. Todas las cosas nos ayudan a bien, porque fuimos conocidos (amados) por Dios, predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo. Fuimos llamados, justificados y glorificados, por lo cual nos dará junto con el Hijo todas las cosas. Nadie nos podrá acusar, porque Dios es el que justifica, nadie nos condenará, porque Cristo murió por nosotros e intercede por nosotros a la diestra del Padre; ninguna circunstancia o persona, ni ángeles o potestades, podrán separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8).

Aunque la lucha sea continua, tenemos la victoria garantizada; aunque por momentos tengamos tropiezos, Jehová sostiene nuestra mano; aunque los enemigos naturales nos señalen, nadie nos puede condenar. Entonces, sigamos adelante, hasta más allá del momento final.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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