Martes, 02 de abril de 2013

Muchas personas profesan creer en Jesucristo como su Señor y Salvador. A pesar de ello, fue Jesús quien un día advirtió que en el día final muchos le dirían: Señor, Señor, profetizamos en tu nombre, hicimos milagros y trabajamos en tu nombre. Jesús les dirá a ellos: nunca os conocí. De ser ciertas las palabras de Jesús, esto quiere decir que no basta con creer en Jesucristo para ser salvo. Además, el hecho de que se les haya dicho a este grupo de personas nunca os conocí es porque están previamente identificados, lo cual presupone que Jesús sí les conoce. Es por ello que en las Escrituras el verbo conocer tiene una connotación que va más allá del simple acto de la apreciación intelectual, y se refiere muchas veces a la idea de tener comunión con el objeto conocido. Son muy variados los textos de la Biblia que hacen esa referencia, y quizás el primero que llega a la mente es el de José que no conoció a María, su mujer, hasta que dio a luz al niño. No obstante, era su esposa, la llevaba en el asno hacia Belén para que naciera allí el Hijo de Dios, de manera que sí la conocía desde la perspectiva intelectual, ya que sabía quién era ella, pero no desde el plano de la intimidad.

EL CONOCIMIENTO CONFORME A CIENCIA

Los judíos creían en Dios, lo adoraban y eran celosos de guardar la ley, sin embargo ese celo fue infructuoso porque no era conforme a entendimiento (Romanos 10:1-3). Los judíos se habían hecho una imagen mental de ese Dios del que habían leído historias y hazañas, de quien sus padres les habían contado muchas de las proezas con el pueblo de Israel. Se aferraron a la norma y olvidaron la misericordia, pero lo que les fue peor fue el no tener entendimiento de quién era ese Dios. Les acababa de enviar a Su Hijo para reagrupar sus ovejas, y la casa de Israel fue la primera en salir favorecida. Pero el celo judío no fue suficiente, ni siquiera el haber sido portador de la palabra revelada, ni el tener el círculo de rabinos o maestros más célebres respecto al libro, porque no hubo en ello entendimiento. Tal vez algún judío podrá ponerse de pie algún día frente al Señor para decirle: custodiamos el texto de tu palabra, fuimos los mejores copistas de las Escrituras reveladas, enseñamos durante siglos en las sinagogas, hicimos infinidad de sacrificios en tu honor. Podrán incluso alegar a su favor que de entre ellos salieron los profetas, los cantores y adoradores como el rey David, célebre por sus Salmos y proezas. Podrán argumentar que intentaron guardar la ley y no contaminarse con el mundo gentil, pero eso no les bastará porque su celo no fue conforme a entendimiento.

¿CUAL ES EL CONOCIMIENTO DE LA REVELACION QUE ES PERTINENTE?

Sin lugar a dudas que el sacrificio de Jesucristo en la cruz representa el núcleo del evangelio. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados; todos los sacrificios ofrecidos en la época del Antiguo Pacto se hicieron como prefiguración o tipo de lo que habría de venir, un sacrificio definitivo con un Cordero suficiente para aplacar la ira de Dios sobre su pueblo elegido. Y aquí entra el juego de muchos que se llaman cristianos y que dirán en aquel día que ellos hicieron grandes obras en el nombre del Señor, que aún echaron fuera demonios, pero les será dicho que nunca fueron conocidos por el Señor. A éstos nunca les amaneció Cristo ni les despertó la luz del evangelio.

¿Cómo puede ser posible que alguien profesando ser creyente, acudiendo a la iglesia en forma regular, orando y ayunando, leyendo las Escrituras y aún predicándolas, sea desconocido para el Señor? Fijémonos que acá no estamos hablando de problemas morales o de conducta ética; esas personas han podido ser muy castas y muy dadas a respetar los Diez Mandamientos (como lo hicieron los judíos celosos de Dios), pero sin embargo les ha faltado ciencia o conocimiento. ¿Conocimiento de qué?

Conocimiento de quién es Cristo, qué vino a hacer en esta tierra, y qué hace actualmente en el cielo. Ese sencillo conocimiento es del que carecen muchos a quienes les será dicho en aquel día apartaos de mí, malditos, nunca os conocí.  A éstos les sucederá como a los antiguos fariseos, que suponían que conocían a Dios y adoraban al Dios de los manuscritos del Antiguo Testamento. No obstante, ese era otro dios, uno que no era suficiente para salvar, ya que había sido creado en su propia imaginación. La prueba irrefutable de que adoraban un ídolo o un dios diferente al de la  Biblia la dieron ellos al rechazar a Jesucristo, el Mesías anunciado en esas Escrituras. De manera que puede haber muchos Cristos y eso no es garantía sino de confusión, nunca de una relación con el verdadero Cristo anunciado y revelado en la Palabra de Dios.

El Dios de la Biblia, o el Cristo de la Biblia, es uno capaz de todo; es el primero y el último, no hay otro Dios fuera de Él, y no hay quien de su mano libre. Es un Dios que crea la luz y las tinieblas, que ha hecho incluso al malo para el día malo. Pero también es un Dios que endurece los corazones de los hombres, de aquellos que se ha propuesto levantar como vasos de ira para la gloria de su ira, por lo cual los ha soportado con mucha paciencia. Ese Dios tuvo un profeta que dijo algo muy duro de Él: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, que Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Si ese Dios quisiera presentarse más suavecito, de seguro hubiera ordenado silencio a tal profeta. Ese Dios de la Biblia ha sido anunciado en el Nuevo Testamento como uno que predestina a todos los hombres, a unos para vida eterna y a otros para condenación eterna. Por supuesto, hay quienes hacen filigrana con el lenguaje y quisieran hacer creer que predestina en base a su Omnisciencia, pero que condena en base a la terquedad del hombre. Pero ese Dios insiste a través de Su Espíritu en la revelación hecha a Su pueblo, que Él amó a Jacob y odió a Esaú aún antes de que hiciesen bien o mal. De manera que con esa declaración de parte, relevo de pruebas.

Si Él lo ha anunciado de esa manera no se necesita sino creer en la proposición bíblica, pero los que se dicen ser cristianos y no lo son andan con ganas de torcer los textos para su propia perdición. Como ese Dios no busca simpatía en el mundo (pues aborrece al mundo no elegido para salvación) -ya que está airado contra el impío todos los días- se levantó un objetor para hacer contra-argumento y contra-figura de su alocución. El objetor se levantó y dijo: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Semejante contraproposición exhibe con mayor propiedad por ser un argumento a contrario via. Desde el otro plano, el del no elegido para salvación, se levanta esta figura objetora que esgrime sus puños contra Dios y Su declaración. Le asiste la lógica, justo es reconocerlo, pero hasta un punto. Le asiste el derecho a la protesta, que le fue otorgado y nunca adquirido por mérito propio. Por eso tiene la libertad de hablar y su voz es recogida en las Escrituras.

Si el objetor hubiese considerado que la proposición de Dios fuese justa, no hubiera razonado de esa manera. Supongamos que Dios se hubiese referido de otra forma, con otro argumento. Supongamos que hubiese dicho A Jacob amé porque Yo sabía que él me iba a amar a mí, y a Esaú aborrecí porque Yo sabía que él me iba aborrecer a mí.  En este caso el objetor hubiese tenido que buscar otro argumento: ¿Para qué creó a Esaú si sabía que no se iba a salvar? Esa habría sido su respuesta lógica, antes que la otra. Pero Dios quiso recoger esa voz y por medio de Su Espíritu inspiró al escritor bíblico para que colocara exactamente esas palabras recogidas en Romanos 9: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?

Lo más grave, todavía, que no se puede soportar como respuesta de ese Dios bíblico, es lo que viene a continuación:  Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria (Romanos 9: 20-23). Es en este punto que la Palabra de Dios parece ser una palabra dura de oír, por lo cual muchos de sus discípulos lo abandonaron de inmediato (Juan 6: 60 y 66). Como Jesús sabía quienes creían en él y quién le habría de entregar, se volvió al resto y les dijo: ¿Acaso queréis vosotros iros también? Esta frase de Jesús enseña que no andaba haciendo proselitismo, por lo tanto desafió al resto de su pequeña manada.

Entonces, ya conocemos una parte muy importante acerca de quién es el Cristo del que habla la Biblia. Nos queda entender por el contexto, y por la palabra específica revelada, que vino a hacer Jesús en el mundo. Vino a morir y a darse en expiación por su pueblo. Jesús no murió por todo el mundo en forma distributiva, sino de manera colectiva. Esto es, murió por judíos y gentiles (todo el mundo); por la iglesia de Juan y por la iglesia extendida a través de los siglos (todo el mundo). Pero esto es una colectividad de hijos, es el conjunto configurado por su pueblo, son sus ovejas por las que el Buen Pastor dio su vida. No quiere decir en ningún momento que todo el mundo signifique una forma distributiva en donde se incluya a cada habitante del planeta. Bastaría con mirar de nuevo Romanos 9 y la declaración de Dios y del objetor, frente a frente. ¿Murió Jesucristo por Esaú y todos los que él representa? ¿Murió Jesucristo por el objetor que llama a Dios injusto porque inculpa? ¿Fue la muerte de Jesús en favor de Faraón y de su ejército, de Goliath, de los filisteos y amorreos? ¿Fue la propiciación de  Jesús en favor de Judas Iscariote, el hijo de perdición? ¿Expió Jesús el pecado de los que habrán de adorar a la bestia (Apocalipsis 13:8 y 17:8), cuyos nombres no están inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? Cuando Dios creó el mundo lo creó sin pecado, de manera que cuando en el libro de la vida se inscribieron los nombres de los redimidos, se excluyeron aquellos que Dios quiso, no en virtud de algún pecado cometido, sino de su voluntad soberana. Esto molesta sobremanera, este es el peso de la soberanía de Dios, tal vez esto es más pesado o tan pesado como el peso del pecado para los objetores.

Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (1 Tesalonicenses 2:13). Esta es la actitud del verdadero creyente en Jesucristo, la separación (santificación) por el Espíritu y la fe en la verdad. Para eso fuimos escogidos desde el principio, para tener confianza en la verdad. Pero muchos se equivocan y tuercen esta verdad, de manera que comienzan a fabricarse un dios incapaz de salvar, pues si es impotente para permear la voluntad humana y moldearla hasta rendirla, entonces es incapaz de llevar una sola alma al cielo. Un dios que muere por cada habitante del planeta, que lo representa en la cruz y que derrama su sangre para justificarlo ante el Padre, deja a una gran multitud de ellos en el infierno de fuego, solamente porque no quisieron salvarse, o porque no tuvieron la oportunidad de oír que Jesús había muerto por ellos en la cruz. Semejante dios es forjado en el averno a semejanza del dios de este siglo.

A la gente le gusta oír mensajes alentadores en donde él tenga protagonismo; la salvación que es un acto monergista (de una sola persona en acción) se ha convertido en simulacro sinergista (con la acción de más de una persona). Para poder edificar los ladrillos de este ídolo se ha buscado una mezcla de doctrina capaz de soportar el peso y el tamaño de semejante imagen. Para ello se ha ideado el constructo del libre albedrío, concepto que está fuera de las Escrituras y que es opuesto al concepto del Dios soberano. Nadie puede huir de la presencia de Dios, nadie puede escapar de la gracia salvadora de Dios si ésta llega; porque los dones y el llamamiento de Dios son irrenunciables. El mundo resiste al Espíritu, pero en la voluntad expresa de Dios. Para esto han sido hechos como vasos de ira, para que Dios pueda después mostrar su ira sobre ellos.

Recordemos que en el estudio de la voluntad de Dios hemos de tener en cuenta Sus decretos y Sus prescripciones. Estas últimas son normativas generales que por la naturaleza humana se tienden a resistir; no obstante, en el decreto divino está el hecho de que aún sus prescripciones se resistan. Como ejemplo podemos señalar el caso del censo hecho por David; en un libro de la Biblia se nos narra que fue inspiración de Satanás; en otro libro se nos enfoca desde otra perspectiva y se nos declara que fue inspiración de Dios. Sabemos que Satanás es un agente de Dios, pues aún al malo lo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4). Cuando la Biblia habla de que el mundo resiste al Espíritu de Dios, lo dice desde la perspectiva de desobedecer las prescripciones divinas. Pero no olvidemos que en el designio general del Creador eso es ya un decreto y debe acontecer. Lo mismo sucedió con la crucifixión del Señor, un hecho criminal por manos criminales, pero ordenado por el Padre para que se cumpliera al pie de la letra.

Jesús está ahora a la diestra del Padre e intercede por nosotros sus hijos. Por todo su linaje escogido, el real sacerdocio que le fue otorgado como fruto de su aflicción. Interesante es repasar que horas antes de presentarse a su sacrificio expiatorio rogó por los que el Padre le había dado, y expresamente dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17). Si eso lo dijo horas antes de que consumara su obra, es entendido que si ahora está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros, no lo hace tampoco por el mundo. Si no rogó por ellos antes de su muerte expiatoria, mucho menos lo va a hacer ahora. El vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y a dar la recompensa a sus ovejas que actuaron de acuerdo a la voluntad del Padre.

CONCLUSION

La consecuencia inevitable es que quien no cree la verdad revelada llega a odiarla, porque cuando se acerca a ella observa que es una palabra muy dura de oír. De esta forma el Dios de la Biblia es aborrecido e inmediatamente sustituido por un ídolo. Poco importa que se le llame Jehová, Jesucristo, Jesús de Nazaret, el Salvador del mundo; poco importa que se use su propia literatura inspirada para adorarlo y para congregarse en torno a su falsa imagen. Semejantes a ese ídolo son los que lo hacen, y como es un dios impotente, por inexistente, los que lo adoran también son incapaces de adorar conforme a ciencia. Por todo esto les será dicho nunca os conocí. No en vano dijo el Señor, Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas está la vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:32
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