Lunes, 01 de abril de 2013

Yo he oído lo que aquellos profetas dijeron, profetizando mentira en mi nombre, diciendo: Soñé, soñé (Jeremías 23:25). Muchos son los que aman soñar e interpretar, para convertirse en los nuevos videntes, en los profetas de la era contemporánea. Mientras más jerarquía o autoridad se demuestre en el soñador, mayor será su impacto en el círculo de sus seguidores. Desde el aspecto bíblico se amparan en varias citas, una de las preferidas es la de Joel, en la cual se dice que en los postreros tiempos los ancianos soñarán sueños y los jóvenes verán visiones. Por cierto, una cosa muy distinta es que un joven vea una visión a que tenga una visión. Lo que Dios prometió fue que los jóvenes verían visiones y que los ancianos soñarían cosas que se cumplirían como la consecuencia inevitable y marcada del derramamiento de Su Espíritu sobre toda carne. Cabe añadir que esta expresión toda carne no se refiere a aquellos por los que Cristo no rogó al Padre en Getsemaní la noche antes de su crucifixión.

En la región de Judea cayó una confortable bendición de gracia, durante el ministerio de Juan el Bautista, el de Jesucristo y sus apóstoles, lo cual se traduce como el conocimiento directo de Dios a través del Hijo y del Espíritu. La profecía de Joel estaba por llegar y tocó su presencia en los tiempos descritos, en especial lo sabemos por la declaración apostólica a través de Pedro en el célebre día del Pentecostés. En el libro de los Hechos capítulo 2 versos 16 y 17 leemos: Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños... Pedro declaró el cumplimiento específico de esa parte de la profecía de Joel.

Muchos son los que han querido continuar con el cumplimiento de esta profecía a través de estos más de 2000 años de cristianismo. Las razones pudieran ser muy variadas, pero quizás la más común es el deseo de traer al presente lo que la memoria histórica relata de la era especial de la Iglesia. Era la Iglesia incipiente, la que nacía con poder de la palabra, bajo el fundamento de lo expresado y revelado por los apóstoles, sobre la piedra angular que es Cristo. Los idealistas que suponen que esas cosas maravillosas deben continuar hoy día, como una prueba fehaciente de que somos hijos de Dios, olvidan varios episodios también especiales que no les gustaría reclamar para nuestro tiempo. ¿Recuerdan lo sucedido a Ananías y Safira, relatado en Hechos 5? Esos severos castigos también acontecieron en tiempos apostólicos y muchos estaríamos muertos y sepultados por consecuencia de mentir al Espíritu. ¿O es que hay alguno libre de pecado que pueda lanzar la primera piedra? El por qué sucedieron esas cosas se desprende de lo relatado por los mismos escritores bíblicos del Nuevo Testamento, para nuestro beneficio y para probar en aquellos el poder y la veracidad de la Palabra de Dios.

Las grandes maravillas realizadas no se han repetido, por más que muchos intenten bajo fraude imitar tales proezas. ¿Quién más ha resucitado un muerto, aparte de Jesucristo y algunos de sus apóstoles? (Descontando lo acontecido en el Viejo Testamento). ¿Dónde están los paralíticos que dejaron su lecho y andan caminando alegres pregonando la sanidad y salvación del Señor? ¿O dónde los ciegos de nacimiento que ahora ven porque alguien le pidió al Padre que tal cosa aconteciera para Su gloria? Al contrario, vemos un desfile fraudulento en las iglesias contemporáneas en donde la sanidad se ha convertido en un punto atractivo para los hipocondríacos que acuden a presenciar un milagro que los convenza de que Cristo es la Verdad. Los pastores de turno, los sanadores de oficio (o sin oficio) se han especializado al estilo de la Medicina Interna. Ahora le gritan a la multitud que se agrupen por tipos de enfermedades: los que  tienen hepatitis, los que tienen amigdalitis, los que padecen de dolor de cabeza, los que tienen dolor de muelas, etc. Pero no hay uno que diga vamos a sanar a los parapléjicos, vamos a estirarle los pies a los cojos, vamos a pedir por los que tienen una mano seca. No, ni que fueran tan tontos. Las enfermedades de su medicina interna son aquellas que se muestran más subjetivas, de manera que el efecto psicológico les haga cantar alabanzas por su sanidad. Otros, mucho más atrevidos, contratan actores de oficio para que lleguen en silla de ruedas y luego hagan el show público y se levanten. Las masas le dan tributo al sanador como al gran gurú del milagro, como al viejo chamán que cura porque tiene poderes especiales. Por supuesto, el sanador de turno le atribuye sus poderes al cielo mismo, a su espiritualidad, a su compenetración con la Palabra de Dios. Y si alguien no sana será culpa del enfermo, porque no tuvo suficiente fe.

Uno se pregunta ¿cuál fue la fe de Lázaro que estaba muerto, cuando Jesús le dijo sal fuera? Si bien a algunos el Señor les dijo tu fe te ha sanado, a otros no les pidió fe alguna. ¿Recuerdan a los leprosos? Sólo uno se regresó a darle las gracias, de manera que los milagros del Señor no dependían de la fe del sanado sino de Su soberanía absoluta. Una vez dijo: este no pecó ni sus padres, sino que esta enfermedad está para darle la gloria a Dios, y sanó al ciego.

De la misma forma muchos se proclaman profetas y profetizas; éstos no sabiendo que decir repiten textos de la Biblia como si el decirlos fuese una profecía revelada en ese instante por Dios. Oh, el Señor me ha declarado que habrá un gran terremoto muy pronto (no dicen ni cuándo ni dónde); me ha dicho que habrá hambre en la tierra, que vendrá una gran apostasía en la iglesia... Pero todo esto está declarado en la misma Biblia (véase Mateo 24) como señales que precederán la venida del Señor. ¿Hace falta que alguien repita esos textos alegando que le fueron revelados en especial profecía? Algunos más astutos predicen que fulano se casará con alguien especial. Eso no es garantía de que sea revelación del Señor, por más que ocurra. A lo mejor lo que realmente sucede es un futuro desastre matrimonial en el que muchos quedan confundidos.

Todo esto sucede porque se ha abandonado la doctrina y no se cuida de ella. Hay que ocuparse de la doctrina, le exhorta Pablo a Timoteo, y por ende a nosotros. Pero eso implica un esfuerzo intelectual para estudiar las Escrituras. Muchos llamados cristianos (evangélicos algunos) le tienen pavor al intelecto porque suponen que eso se opone a la espiritualidad. Llegan a decir las célebres palabras archiconocidas que ellos no se ocupan de la razón sino del corazón, que lo que importa es amar a Jesús y no ser un intelectual acerca de Jesús. Pero se equivocan al exhibir tan craso error, pues no es posible amar a alguien a quien no se conoce.

La Biblia dijo un día: Mi pueblo perece por falta de entendimiento; si hoy hubiera que escribir ese versículo por primera vez, tal vez se añadiría por exceso de pereza intelectual. Dios en su soberanía inició el trato con Su pueblo con las Tablas de la Ley dadas a Moisés; eso fue literatura escrita, no oral; el pueblo era analfabeta y tuvo que aprender a leer para poder escribir la ley en sus casas, para seguir leyéndola y enseñarla a sus hijos. Eso es un esfuerzo intelectual en honor a quien nos ha dado el intelecto y aún más hoy día, la mente de Cristo. ¿Cómo puede suponer alguien que se puede tener la mente de Cristo y odiar el intelecto? ¿No es Jesucristo el Logos de Dios, hecho carne? ¿No es el Logos de Dios la razón, la lógica de Dios mismo?

El texto de Joel guarda relación con lo expresado por Isaías: Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado (Isaías 40:5).  Esa toda carne hace relación a todo tipo de personas, Judíos y Gentiles, hombres de todas las naciones, como ha acontecido a partir del día de Pentecostés. Así lo atestigua Juan en Apocalipsis, cuando describe a una gran multitud de todo linaje, lengua, tribu y nación redimida por la sangre del Cordero de Dios (Apocalipsis 5:9). En el Nuevo Testamento leemos que después de Pentecostés que profetizaron Agabo, Barnabás y Simeón, así como las cuatro hijas de Felipe el evangelista (Hechos 9:10; 10:17; 11:28; 13:1; 21:9-10;).  Y mientras Pedro estaba perplejo dentro de sí sobre lo que significaría la visión que había visto, he aquí los hombres que habían sido enviados por Cornelio, los cuales, preguntando por la casa de Simón, llegaron a la puerta (Hechos 10:17). Esta es la célebre visión de Pedro en ese tiempo, acerca de lo que se debía comer porque lo que Dios había limpiado estaba realmente limpio. De esta manera se abrió también su corazón hacia el mundo gentil y su evangelio no fue solamente restringido en su mente al mundo judío. Sabemos lo que continuó después, al visitar a Cornelio el centurión que fue bautizado porque había creído el evangelio y recibido el Espíritu Santo.

LA CONSECUENCIA DEL PENTECOSTES

El que cada creyente tenga el Espíritu de Cristo es la principal consecuencia de esta promesa que además fue dicha por Jesucristo ante sus apóstoles. Él no nos dejaría huérfanos, sino que enviaría al Consolador para guiarnos a toda verdad. El nos recordaría las palabras enseñadas por Jesús. También nos ayudaría a pedir en nuestras oraciones, con gemidos indecibles, porque Él interpreta  la mente del Señor y puede entendernos tanto al Padre como a los hijos para saber lo que se habrá de pedir. Tenemos la unción del Santo (según el apóstol Juan) y esto es el Espíritu. De tal forma que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él.

Pero con el Espíritu podemos interpretar la Escritura, hablar de las cosas secretas de Dios que fueron reveladas para nosotros. Estos son extraordinarios dones que tiene cada creyente, de manera que sepamos que ya no es necesario una nueva revelación, pues lo que de Dios se conoce ya ha sido revelado en Su Palabra, y la profecía ha sido sellada (Apocalipsis). El Espíritu nos recuerda las palabras de Jesucristo, nos ayuda a entender, nos ayuda en la oración. ¿Quién puede decir que la oración es apenas un monólogo? Es un diálogo en donde Dios habla también, y por Su Espíritu entendemos lo que nos dice. Si la oración fuese un monólogo no necesitaríamos al Espíritu para que interceda por nosotros y para que interprete la mente de Dios. Por el Espíritu tenemos las Escrituras con nosotros, pues sin Él no hubiese habido inspiración y desconoceríamos del amor de Dios para con su pueblo.

En un sentido ya no hay más revelación al hombre, sino que es suficiente con lo que se nos ha revelado. Lo que hay que hacer es escudriñar esas Escrituras, examinarlas y cuidar de su doctrina. En otro sentido, por medio de la unción que tenemos (El Espíritu mismo) somos guiados a toda verdad; tenemos el testimonio en nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; somos contristados juntamente con el Espíritu cuando cometemos pecado y desobedecemos la ley de Dios. Dado que nos guía a toda verdad el Espíritu nos dirige a reconocer la providencia de Dios para conocer Su voluntad en algo específico que nos incumbe. Si bien la Biblia tiene señalamientos específicos y muy bien definidos en ciertas áreas de nuestra vida (como el hacer y no hacer de acuerdo a la voluntad de Dios: dejando las fábulas artificiosas, las malas palabras, las maledicencias, las truhanerías, la fornicación y el adulterio, la sodomía, el hurto y el crimen, por ejemplo), en otros asuntos no hay especificaciones. No está escrito en la Biblia qué hemos de estudiar, dónde habremos de trabajar, o con quién habremos de casarnos. Sin embargo, a través de la oración (conversación con Dios) el Espíritu nos orienta y conocemos Su voluntad, pues Dios abre y cierra puertas y rompe y cierra cerrojos metálicos, de manera que con el Espíritu (el otro Consolador) somos guiados a entender la voluntad específica y providencial de Dios para esos casos subjetivos.

Esto puede ser visto como la consecuencia de la promesa de Jesús de que no nos dejaría huérfanos. Pero la gran pregunta de muchos en este momento es si Dios hace milagros hoy día. La definición de milagro es el acto soberano por el cual Dios actúa por sobre la naturaleza misma. De manera que Dios hace milagros siempre que ha querido hacerlos; sigue siendo poderoso para sanar a los enfermos, para manifestar su amor en forma especial con cada uno de sus hijos. Pero ese no es el foco del creyente, no porque tengamos el Espíritu de Cristo tenemos que estar realizando los milagros del Nuevo Testamento. Es posible que se hagan otros, como muy bien son testigos muchos creyentes de las cosas que se suceden en sus vidas. Dios continúa defendiéndonos de los impíos (y eso también es un milagro); continúa controlando a Satanás para protegernos de él (como lo dijo en el Padrenuestro); nos da el pan cotidiano (otro milagro que no valoramos, porque el hecho de tener riquezas o un trabajo que nos provee nos aleja del impacto de la palabra milagro). Dios cuida de nosotros y muchos somos testigos de cosas que han pasado durante ese cuidado; de seguro las hemos compartido con otros hermanos, pero el mundo llama a eso coincidencia, casualidad, mentira.

Los milagros que sucedieron en el Nuevo Testamento (o en el Viejo) han sido escritos para beneficio de los hijos de Dios, no para que el mundo se convenza de que existe un Dios soberano. Recordemos que el mundo entero está bajo el maligno, tiene la mente entenebrecida de manera que no puede discernir las cosas espirituales. El mismo Jesús no rogó por el mundo, sino por los que habrían de creer por la palabra de los apóstoles. Nosotros debemos hacer lo mismo, orar no por el mundo sino por los que habrán de creer de acuerdo al plan eterno e inmutable de Dios en el ejercicio de su soberanía.

No podemos mover la voluntad de Dios, no oramos para vencer la desgana de Dios. Oramos porque es un mandato, porque lleva la gloria a Dios cuando lo reconocemos como el que está en control de cada detalle que acontece en el mundo creado por Él, cuando nos responde y le damos las gracias por su recompensa pública. No hay ningún secreto acerca de lo que Dios puede hacer; simplemente que lo que hizo con Lázaro sirvió para mostrar su poder sobre la muerte y para ilustrarnos que al igual que un Lázaro muerto, la humanidad está muerta en sus delitos y pecados y que solamente a Su voz puede el hombre nacer de nuevo.

Pero aún lo que hemos de orar ha de ser conforme a Su voluntad. El Espíritu que recibimos (derramado en nosotros según la profecía de Joel) nos guía a esa verdad y nos impide el pedir de acuerdo a nuestro deleite.  Tenemos una promesa escrita en el Salmo 37 que no deberíamos olvidar nunca: Deléitate asimismo en Jehová, y Él te concederá las peticiones de tu corazón.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:47
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