Viernes, 22 de marzo de 2013

Los romanos definieron la justicia como la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo que es suyo. Ese fue el principio de partida del viejo Derecho Romano, vigente todavía como una generalidad que los legisladores toman para la elaboración de sus leyes. El gran problema en teología es trasegar un concepto humano hacia uno divino, y hacer valerlos como uno solo. Hay datos enunciados a lo largo de las  Escrituras que nos permiten pincelar la noción de lo que es justo, pero cuando de definir a la justicia se trata se nos dice que Jesucristo es la justicia de Dios.

Entonces llegamos al criterio teológico que nos es necesario para ponderar lo que se considera justo en materia de religión o de fe. No obstante, aún la materia civil puede calibrarse en ese espejo bíblico para ver en qué medida se produce el ideal jurídico. Claro está, en materia más terrenal, el Derecho establece al menos dos criterios de verdad, de las cuales se jacta en pregonar como el gran avance filosófico y conceptual para que la sociedad pueda conducirse por el camino que evita los choques que la convulsionan. Se habla de la verdad verdadera y de la verdad procesal.

La verdad verdadera es lo que realmente sucede en los eventos que son susceptibles de análisis jurídicos. Es la realidad tal como habría de percibirse si las condiciones del perceptor fuesen óptimas y los rasgos objetivos de la ciencia se incorporasen para dar fe del hecho acaecido.  Acá nos encontramos con un primer problema que marcaría en lo sucesivo la definición de lo verdadero, pues siendo el hombre sujeto de pasiones no siempre impera en sus sentidos la objetividad como principal criterio de evaluación.

Supongamos un accidente de tránsito en el cual un perito en la materia es enviado para tomar los datos del hecho consumado. Este ciudadano concurrirá con los implementos de trabajo que le fueron adjudicados por la Institución que representa. Una cinta métrica, un lápiz y una libreta; tal vez un alcoholímetro, y en los lugares de mayor tecnicismo se podrían incluir algunos elementos que le permitan corroborar las huellas de neumáticos dejados en el pavimento, un medidor del espesor de los cauchos junto con un medidor de la presión de aire. Asimismo, se serviría de la ayuda técnica del experto en salpicaduras de sangre, y entraría en juego todo un conocimiento de la física para evaluar el recorrido de los autos, la velocidad, el espacio y la aceleración o fuerza. Este perito, cuando existe, todavía debe hacer un ejercicio consciente para abandonar todo ánimo subjetivo y disponerse a realizar con suma objetividad científica la evaluación de los hechos.

Una vez recogidos los elementos y examinados oportunamente a los involucrados, la redacción del informe llega ante un superior que se supone capacitado para emitir un juicio inmediato acerca de lo sucedido. Con esos datos incorporados en un expediente, es posible que se vaya a un juicio posterior en donde las personas que fueron facultadas por las Instituciones civiles competentes continuarán con el proceso de evaluación hasta emitir un veredicto. Acá estaríamos en presencia de la otra verdad, la procesal. Solamente los datos que entran en el proceso serán tenidos en cuenta, sin importar para la definitoria la verdad verdadera. Si ciertos datos, por intención o negligencia, no fueron suministrados en el expediente, ni siquiera en forma tardía, la verdad procesal se desentiende de ellos y nos enseña que eso pertenece a otro plano, al de la verdad verdadera.

Al final de toda la situación presentada se estima qué fue lo que realmente sucedió y quién o quiénes son los responsables o culpables, o si hubo o no hubo dolo en el hecho registrado. Acto seguido, la sociedad se da por satisfecha en cuanto a la Seguridad Jurídica y la Justicia, pues se cumplió con un proceso que se dice ajustado a Derecho. En materia penal también acontece de la misma manera, si bien vemos situaciones un tanto más bizarras, pues se encuentran personas culpables de asesinato con arma de fuego o con arma blanca, pero por no hallarse presente en el juicio el arma involucrada se presume que no es imputable la pena que acarrea su porte, porque fue extraviada con o sin intención. Entonces, el absurdo del proceso es más gráfico: se condena a un asesino que perpetró un crimen con dieciocho puñaladas, pero se le baja la pena o no se le sube la condena en tantos años porque el arma con la cual cometió el delito está fuera del proceso.

Esto es interesante para comprender el gran esfuerzo social del Derecho con miras a hacer justicia. No es nada sencillo, y eso que trabaja con verdades separadas. Pero en el campo teológico el asunto de la justicia es diferente. Jesucristo es declarado la justicia de Dios pero es al mismo tiempo la verdad. El dijo que era el Camino, la Verdad y la Vida. Dios lo hizo su justicia, pues al llevarlo a la cruz justificó los pecados de muchos (como lo profetizara siglos atrás Isaías); vino a salvar a su pueblo de sus pecados, como se lo explicó el ángel a José al darle la razón del nombre que habría de ponerle al niño por nacer (Mateo 1:21); dijo que si nuestra justicia no es superior a la de los fariseos, entonces no entraremos en el reino de los cielos.

Muchos se asombran al estudiar el código ético exhibido en la Ley de Moisés, narrado en el Antiguo Testamento. Por esa evaluación realizada han llegado a sostener que el Dios allí representado es totalmente diferente del que exhibe el Nuevo Testamento. Pero es un error pensar de esa manera, ya que Jesucristo se identificó con el Padre como siendo uno solo. Yo y el Padre uno somos, dijo. Además, su nombre Jesús significa Jehová salva; por otro lado instauró un código ético si se quiere más estricto que el que les tocó vivir a los judíos por muchas generaciones bajo el Antiguo Pacto.

Si antes el adulterio era penado con la muerte física, bajo prueba de testigos, ahora el que mira a una mujer para codiciarla ya se hace culpable. Al parecer la presencia de testigos queda relegada a un segundo plano, pues basta que algo suceda en el corazón humano para que la criatura quede señalada como responsable y culpable de lo que pensó hacer, aunque no lo haga.

Uno puede preguntarse en qué medida podemos alcanzar el nivel de justicia exigido por Dios y enseñado por Jesucristo. Este fue un hombre sin pecado alguno, pero hecho pecado por la muerte en la cruz (maldito todo aquel que muere en un madero) para llevar sobre Sí mismo el pecado de muchos. Es en ese espejo que debemos mirarnos, antes que en el interno de nuestras almas. Si pensamos que con un ejercicio asceta podríamos siquiera llegar cerca del estándar establecido por Jesús en materia de justicia, nos equivocamos como lo hicieron los antiguos fariseos. Los mismos judíos tuvieron un gran celo por Dios, pero fallaron porque no les acompañó la ciencia (Romanos 10:3).

La única forma en que podemos ser perfectos (como el Padre que es perfecto) es si estamos escondidos en Cristo. En otros términos, si a él le fue imputada nuestra carga de pecado o maldad, si él murió representándonos a nosotros en la cruz, si le colocaron a cuestas el castigo de nuestra maldad, si por su llaga fuimos nosotros curados, podemos estar seguros de su justicia a nuestro favor. Esto se llama substitución e imputación, dos términos que siempre conviene tener presentes en relación al justo juicio de Dios. Ya que el hombre ha sido definido como muerto en delitos y pecados, al mismo tiempo que se le ha calificado como injusto (pues no hay justo ni aún uno), como enemigo de Dios ya que no hay quien busque a Dios, como trapo de inmundicia, como nada y menos que nada, hemos de suponer que si el Juez de toda la tierra nos considera de esa manera no tenemos ninguna opción de triunfo en su juicio. Para Él existe una sola verdad verdadera y ha dado su veredicto; nuestras obras son malas e infructuosas; los árboles malos no pueden dar buenos frutos; las cabras no pueden mutarse en ovejas; el leopardo no puede mudar sus manchas ni el etíope cambiar su piel.

Sin embargo, en Su verdad procesal ha tomado en cuenta a Su Hijo como la justicia que le satisface. Es por ello que en ejercicio de su soberanía, desde antes de la fundación del mundo, se forjó un pueblo para Sí mismo, para alabanza de Su gloria, por el puro afecto de Su voluntad. No tuvo consejeros, no hay quien le dispute y le diga qué haces. De allí que uno de los escritores del Nuevo Testamento dijo que nosotros los redimidos habíamos tenido suerte (Efesios 1:11, versión Reina Valera Antigua), porque no es otro el término que debemos de emplear para asumir la gracia que nos ha sido impartida. No tuvimos que hacer defensa de lo indefendible, no tuvimos que reinterpretar la verdad verdadera de nuestros pecados para que el proceso convenciese al juez. En otros términos, no podíamos hacerlo porque ya estábamos declarados muertos espiritualmente.

Pero un día operó en nosotros el nuevo nacimiento y se nos dio vida, de manera que pasamos de las tinieblas a la luz, de muerte a vida. Como a Lázaro en su tumba también se nos dijo sal fuera y hemos sido resucitados juntamente con Cristo. Este anuncio se hace porque hay todavía muchas ovejas que no han entrado al redil, por lo cual es imperativo que prediquemos este evangelio hasta que el número de los consiervos se complete. Esa cifra no la conocemos, pero el Padre sí la conoce, pues Él es el Elector. Se nos ha encomendado predicar este evangelio por todo el mundo, para que todo aquel que en él crea (o para que todo aquel que sea creyente, como dice el original griego con su participio de presente) no se pierda, sino que tenga vida eterna.

La justicia que debemos procurar es la de Jesucristo, no la nuestra. Pero para poder alcanzarla y llegar a conocer a Cristo como nuestra pascua es necesario nacer de nuevo. Esto no es de voluntad de varón sino de Dios. Así como el viento de donde quiere sopla, el Espíritu es el que da vida. Pero de igual manera, la voluntad providencial de Dios es y ha sido que tengamos fe por el oír Su palabra. La fe viene por el oír, la palabra específica de Cristo (el rema de Cristo). De allí que el profeta Isaías nos exhortó a no endurecer nuestro corazón si llegásemos a oír hoy Su voz.

La palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará aquello para lo cual fue enviada. En eso hay descanso y reposo, porque el que comienza la buena obra de salvación la terminará y la llevará hasta el final. Por algo lo dijo en la cruz poco antes de expirar: Consumado es. En el madero Jesucristo consumó la obra que el Padre le había encomendado, salvar a su pueblo de sus pecados. Lo que nos toca a nosotros es anunciar esta buena noticia, para que todas aquellas ovejas que oigan la voz del Pastor y Obispo de sus almas acudan presurosas al redil y huyan de la voz del extraño.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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