Viernes, 22 de marzo de 2013

La substitución es un intercambio de lugares; es también poner a alguien o algo en lugar de otra persona o cosa. Con esta definición partimos a interpretar el hecho teológico de la substitución hecha por Jesucristo en la cruz. Una segunda muerte ha de acontecer por la maldición descrita en el Génesis: el día que de él comiereis, ciertamente moriréis. Adán no murió de inmediato, desde el plano físico. La muerte del cuerpo apareció como consecuencia del pecado pero quedó en un segundo plano y relegado a acontecer mucho tiempo después. Para que la literalidad de la Escritura tuviese su cumplimiento fue necesario que ocurriese un tipo de muerte, pues la sentencia lo dice en forma muy clara: el día que de él comiereis. No dice la sentencia que unos años después de comer la fruta prohibida se produciría la muerte, sino el mismo día. Entonces ¿a qué tipo de muerte se refiere esta sentencia?

En la carta a los romanos, en capítulo 5, Pablo dijo que el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (verso 12). Esta muerte es espiritual, ya que también dijo que aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos) (Efesios 2:5); Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él; perdonándoos todos los pecados (Colosenses 2:13). Este dar vida realizado por el sacrificio de Jesucristo se hizo en personas que no habían muerto físicamente, de manera que la muerte a la cual refieren estos textos es a la espiritual. Asimismo, otro verso explicativo resalta que esta vida física ha de ocurrir mientras estamos biológicamente vivos, pues con la muerte viene el juicio: Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio (Hebreos 9:27).

El juicio de Dios para condenación vino a causa de un solo pecado, el de Adán; pero el regalo de Dios vino por la gracia de Jesucristo. Pablo continúa explicando a los romanos que con el don no sucede como en el caso del pecado de Adán: pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia (Romanos 5: 17). Vemos que la gracia es suficiente por ser abundante pero al mismo tiempo es restringida por estar limitada a los que la reciben junto con el regalo (don) de la justicia.

La prueba irrefutable de que el pecado entró en el mundo por un hombre es la declaración bíblica. Esta es una proposición lingüística que está constituida como un acto performativo. Es una declaración de culpabilidad por la representación de nuestra cabeza federal Adán. Sin embargo, a pesar de la gracia abundante y del regalo de la justicia (que es Cristo) (1 Corintios 5:7), muchos yacen en el infierno de fuego, que es la muerte segunda. Pensemos en Judas Iscariote, el que había de entregar a Jesús, para que la Escritura se cumpliese, en Esaú, quien fue odiado por Dios desde antes de que naciese, antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9), en todos aquellos hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe con una insensatez manifiesta a todos (2 Timoteo 3: 8-9), o en los falsos profetas y maestros que hay entre nosotros, quienes introducen encubiertamente herejías destructoras. Muchos seguirán sus disoluciones, blasfemando el camino de la verdad, haciendo por avaricia mercadería del pueblo de Dios con palabras fingidas. De estos se dice que de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme (2 Pedro 2: 3). Pues Dios reserva a los injustos para ser castigados en el día del juicio (verso 9), también a aquellos que siguen la carne, andando en concupiscencia e inmundicia, que desprecian el señorío, que son como animales irracionales nacidos para presa y destrucción. Estos perecerán en su propia perdición, porque son gente no se sacia de pecar y son hijos de maldición (2 Pedro 2: 14).

Con esta brevísima síntesis de los actores del mal citados en la Biblia, nos damos cuenta de que la gracia y el don de la justicia de Dios no han sido dados a todos los hombres. El pecado entró al mundo por culpa de un hombre, Adán, nuestro padre biológico primigenio; pero la justicia, nuestra pascua que es Cristo, entró por la gracia de Dios para ser el sustituto de su pueblo y para expiar el pecado de su pueblo. Si Jesucristo hubiese expiado la culpa y el pecado de toda la humanidad, como afirman algunos que siguen antiguas herejías, no tendrían ningún sentido los señalamientos de Pedro, de Pablo, o de Juan en sus cartas; o la revelación de Jesucristo (Apocalipsis 13:8 y 17:8) entre tantas otras demostraciones del juicio de Dios contra los impíos. Por cierto, dice el Salmo 7:11 que Dios está airado contra el impío todos los días. Esto no sería cierto si Jesucristo hubiese expiado la culpa y el pecado de esos impíos y de los réprobos en cuanto a fe, y de los que son señalados como los que habrán de adorar a la bestia en el libro de Apocalipsis. Tampoco sería cierto de Esaú, o de Judas o de Faraón. El perdón hubiese sido universal y todos participaríamos de la gracia abundante y del don de la justicia de Dios.

Tampoco hubiese dicho Juan el apóstol que pese a que somos de Dios, el mundo entero está bajo el maligno (1 Juan 5:19). Acá el apóstol habla de dos grupos opuestos, los que somos de Dios y el mundo entero bajo el maligno (por algo Jesucristo dijo un día que nosotros no éramos del mundo, sino que estábamos en el mundo -Juan 17:14). Con esta abrumadora evidencia de que son muchos los que se condenan, proseguimos a verificar a quiénes sustituyó Jesucristo en la cruz en su trabajo expiatorio de sustitución e imputación. No olvidemos que en su oración intercesora, la noche antes de su crucifixión, rogó por los que el Padre le había dado, que eran los discípulos elegidos para salvación y todos aquellos que habrían de creer por la palabra de ellos. Por eso el libro de los Hechos de los Apóstoles ha señalado que en su momento habían creído todos aquellos ordenados para salvación, (Hechos 13:48); Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que eran salvos (Hechos 2: 47).

Se entiende por lo dicho que Jesús tomó el lugar de ciertos pecadores, no de toda la humanidad distributivamente. Isaías lo dijo claramente, que Él fue herido por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él (Isaías 53:5). Esa expresión del profeta, de nuestra paz no hace referencia a la paz universal, como si incluyera a toda la humanidad, por los textos antes mencionados y porque el escritor bíblico escribía para el pueblo de Dios. Se equivocan los que pretenden hacer creer que la Biblia es un libro para cada persona del planeta; es cierto que todos la pueden leer y escudriñar, pero su mensaje está destinado para el pueblo de Dios. Por eso Jesús lo ilustró ejemplarmente cuando habló en parábolas y explicó por qué lo hacía: para que oyendo no entendieran y escuchando no comprendieran, no fuese a ser que se arrepintieran y él tuviese que sanarles (salvarles). Al impío Dios mismo le dice: ¿Qué derecho tienes tú de hablar de Mis estatutos, y de tomar Mi pacto en tus labios? (Salmo 50:16). En la Cena del Señor él les dijo a los suyos que el pan representaba su cuerpo y el vino su sangre, el cuerpo molido por sus pecados y la sangre derramada por ellos. No dijo que era el cuerpo y la sangre por todo el mundo, sino por aquellos por quienes habría de orar momentos después, justo en el anochecer antes de su crucifixión (Mateo 26). Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo (1 Pedro 2:21). Notemos que los llamados son los mismos por los cuales Cristo padeció: nosotros los que fuimos llamados, no el mundo por quien no intercedió. Asimismo, Dios no escatimó a su Hijo, sino que lo entregó por nosotros, no por todo el mundo en forma distributiva (Romanos 8:32). Hagamos la diferencia entre el todo colectivo y el todo distributivo. Cuando Juan el Bautista se dio a la tarea de bautizar, la Escritura menciona que toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados (Marcos 1:5). Pero sabemos que ni los fariseos, ni los saduceos, ni los samaritanos que estaban en Jerusalén, ni Herodes ni su cohorte, mucho menos Herodías y su hija, fueron bautizados por Juan. Como la Biblia no miente, entendemos que este todos y toda hace referencia al todo colectivo; es Jerusalén colectivamente, es Judea como conjunto, pero no implica que cada uno distributivamente haya salido para ser bautizado por Juan en el río Jordán.

Pero todo aquel que es creyente en él es salvo. Acá sí que es un todo distributivo. Ni uno más ni uno menos, sino la totalidad de los elegidos, porque el Señor le dijo al Padre que de los que le había dado (como si la proposición fuese: de todos los que me diste) ninguno (como totalidad absoluta) se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. El Buen Pastor su vida da por las ovejas; yo doy mi vida por las ovejas (Juan 10: 11 y 15); Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos (Hebreos 2:9). ¿Quiénes son esos todos? Son los muchos hijos que llevaría a la gloria como autor de la salvación de ellos. Notamos en el griego del Nuevo Testamento que la palabra hombres no está escrita en este texto, como tampoco se traduce. Esto implica que gustar la muerte por todos es un colectivo, no dice por todos los hombres en general. Simplemente ha de entenderse que hace referencia a la totalidad del cuerpo de Cristo (sus hijos).

En Hebreos 2:8 leemos que Todo lo sujetaste bajo sus pies. Este sí que es un todo distributivo, pues no escapa nada a la absoluta soberanía de Dios, de manera que con estos breves ejemplos podemos valorar la diferencia que en los contextos bíblicos se muestra para el todo colectivo frente al todo distributivo.

La imputación implica un cargo legal a la cuenta de otro, es atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho reprobable. Todos los pecados de solamente ciertos pecadores (las ovejas que el Padre le dio, las que le son propias, las que llama por su nombre -Juan 6 y Juan 10), con toda su culpa y condena, fueron cargados a la cuenta de Jesucristo. Él fue hecho pecado por nosotros, y nos redimió de la maldición de la ley, llegando Él mismo a ser maldición por nosotros; Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos (Polón en griego) (Hebreos 9:28). Jesucristo llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo en el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia (1 Pedro 2:24). El que Jesucristo haya dicho que colocaba su vida por las ovejas (no por las cabras) lo sabemos por los evangelios; pero la prueba de que lo que dijo fue una verdad ya cumplida la da el apóstol Pedro en forma tangible: Porque vosotros érais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas (1 Pedro 2:25).

Isaías también lo profetizó siglos antes: Él llevó el pecado de muchos (Isaías 53: 4-12).

LOS DOS EVANGELIOS

Hay una gran diferencia entre el evangelio de la expiación (imputación y sustitución hechos en la cruz) en forma universal y distributiva y el evangelio de la expiación, con su imputación y sustitución en la cruz referente a  aquellos a quienes el Padre señaló desde antes de la fundación del mundo. Ellos fueron elegidos previamente a que hiciesen bien o mal (Romanos 9), por el puro afecto de Su voluntad, para alabanza de Su gloria, como objetos de Su gracia. Por estos rogó Cristo en su oración intercesora la noche antes de morir; por estos celebró la Cena declarando que su cuerpo y sangre era respectivamente molido y derramada por sus hijos. Por estos también está actualmente a la diestra del Padre intercediendo. Además, por causa de estos fue enviado el Consolador, el Espíritu de Cristo que permite entender y recibir con agrado la doctrina de Cristo. Para los otros, los del otro evangelio, las palabras del Señor les parecen duras de oír, pues ellos no son las ovejas propias del Pastor. A ellos les será dicho a su debido tiempo: Nunca os conocí.

Estamos frente a dos evangelios: 1) el de la expiación universal y de participación democrática, pues la decisión final la toma el hombre con el supuesto libre albedrío, en su camino ancho y puerta amplia; 2) el de la expiación absoluta pero limitada. Este último es el evangelio que se anuncia en las Escrituras, que son buenas noticias para las ovejas descarriadas, como dijera Pedro, ovejas que son propias del Buen Pastor. Estas nunca serán avergonzadas porque conocen al Pastor y son conocidas por Él, son llamadas por su nombre, son propias del Buen Pastor. Por ellas, y sólo por ellas, el Pastor dio la vida en su rescate. Todo lo demás es imitación y camino de muerte; el que conoce la verdad es verdaderamente libre y de su interior correrán ríos de agua viva. Estos son los que tienen el Espíritu de Cristo, los que han nacido de nuevo por voluntad de Dios y no de varón, pues no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia. Ese Dios soberano también endurece al que quiere endurecer, a los vasos de ira y deshonra preparados para el día de la ira, entre los cuales también incluyó al objetor, el que reclama y pregunta: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?

De nuevo, si este evangelio le parece duro de oír, debe examinarse a sí mismo, pues el que tiene el Espíritu de Cristo no encuentra sino una verdad dulce en las palabras reveladas de la Escritura. Solamente en ellos es una buena noticia; en los otros, en aquellos que piensan que las palabras son duras de oír, el anuncio de Jesucristo no es una buena noticia, más bien sus palabras son una dura roca para tropezar y caer.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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