Viernes, 15 de marzo de 2013

Una de las pruebas para saber si estamos en la fe suele ser la oración. Por supuesto que la doctrina que creamos viene a ser el indicativo inequívoco que nos prueba si andamos o no en la fe de Jesucristo. Pero la doctrina tiene muchas vertientes probatorias, por lo tanto vamos a examinar al menos una de importancia vital. ¿Cómo podemos saber si cuando oramos estamos en la doctrina de Cristo?

Resulta indudable que desde Génesis hasta Apocalipsis, la Biblia se esmera en enseñarnos acerca de la soberanía de Dios. Él lo controla todo, tanto lo bueno como lo malo que acontece en el universo. Nada se mueve u ocurre sin su voluntad activa. Las circunstancias que nos rodean no son contingentes, en el sentido de que pueden o no pueden ocurrir, pues para Dios todo es necesario y debe acontecer. De esta forma, su soberanía gobierna aún los elementos más insignificantes según nuestras perspectivas.

Lo curioso, para llamarlo de alguna forma, es que pese a su gobierno absoluto de las cosas Él nos ha hecho partícipes del acontecimiento de muchos eventos de nuestra vida y de la vida de los otros. Con esto no se limita a Sí mismo, ni cede un ápice Su voluntad soberana como si se situara en un terreno neutro, para ver qué acontece con nuestra intervención. Más bien, Él ha ordenado que actuemos de tal forma que nos produzca sumo gozo el saber cierto que algo ocurre y que nosotros tuvimos parte con la intercesión.

Es por ello que en muchos textos de la Biblia se nos recomienda orar sin cesar, constantemente, para estar en guardia contra las asechanzas del maligno y para tener la comunión ideal con el Padre. Es en este punto en que la doctrina vuelve a tener importancia en la vida del creyente, pues no podríamos dirigirnos a Dios sin saber quién es Dios. El conocimiento de su soberanía es de crucial importancia para entender que no somos capaces de cambiar Su voluntad o mejorar Su supuesta desgana o apatía en nuestras cosas.

¿Por qué oramos? 1) Porque nos lo ha ordenado, y Él produce en nosotros tanto el querer como el hacer; 2) porque es uno de los mecanismos para dar respuesta a nuestras inquietudes; 3) porque el ministerio del Hijo es la intercesión por su pueblo y el del Espíritu es orar con gemidos indecibles, ayudándonos en nuestras oraciones; 4) porque el ejemplo de Jesucristo en la tierra se ha convertido en un estímulo convincente al haber invertido bastante tiempo en la oración; 5) porque se nos ha prometido que seremos oídos y lo que demandemos nos será otorgado; 6) porque los apóstoles practicaron la oración como mecanismo ideal para que la palabra de Dios corriera sin tropiezo; 7) porque es una forma de clamar por la justicia de Dios para que tome venganza sobre nuestros enemigos naturales; 8) porque es una forma de reconocer la magnificencia divina y su control absoluto sobre todas las circunstancias; 9) porque es mucho más grato estar de rodillas ante Dios que estarlo ante los hombres. La lista se agrandaría mucho más, pero basta con tener este breve recordatorio acerca de por qué orar.

Pasamos al otro aspecto de la oración, el cómo orar. Hay muchos textos que nos hablan de la forma y del fondo de la oración. Tal vez la forma es simple, pues en algunas oportunidades Jesús lo hacía levantando las manos al cielo, tenía los ojos abiertos, clamaba a gran voz, entraba en silencio, se iba a un monte a orar, pasaba una noche completa en oración, lo hacía a solas o en compañía de sus discípulos. Los profetas del Antiguo Testamento lo hicieron de diversas maneras; Daniel abrió la ventana de su aposento para inclinarse varias veces al día de tal forma que no procuró hacerlo en forma oculta sino en desafío al edicto del rey; Elías lo hizo en forma pública, desafiando a los baales de los israelitas embrutecidos; en otra oportunidad se inclinó a orar para esperar la señal de la lluvia por la cual pedía. Otros personajes lo hicieron en forma diferente, tal es el caso de Ana que entró en el templo y susurraba como si estuviera ebria; Pablo pasó varios años en oración para conocer la voluntad de Dios, una vez que fue convertido; Moisés clamaba a Jehová y le fue dicho ¿por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen.

En cuanto al fondo de la oración, la Biblia también abunda. Sin embargo, este fondo inevitablemente se liga a la forma: Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis (Mateo 6:7-8). Las vanas repeticiones son los rezos, las oraciones escritas para leerlas, palabras cliché que salen en automático de nuestra boca. Tampoco es necesaria la exhaustiva explicación del caso a exponer, como si estuviésemos en la audiencia de un tribunal; ya nuestro Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad, porque acá está presente otro aspecto relevante de su soberanía: la omnisciencia. Él todo lo sabe y todo lo conoce, de manera que no necesita que se lo expongamos exhaustivamente; sin embargo, somos nosotros los que necesitamos decirle brevemente lo que nos aflige o por qué estamos gozosos.

Otro texto complementario que se halla en el Antiguo Testamento lo expone de esta manera: No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras (Eclesiastés 5:2). Que sean pocas nuestras palabras, de manera que no es necesario hacer ejercicios de resistencia delante de la presencia de Dios. Por supuesto, nos estaremos con Él el tiempo que sea necesario, pero en la claridad de que no por nuestra palabrería seremos escuchados.

Otro hecho relevante es reconocer que el destino del mundo no está en nuestras manos ni tenemos nada que ver con él. Dios lo ha programado de tal manera que es necesario que muchas cosas feas ocurran. Los dictadores políticos son prototipos de anticristos, las guerras y sus rumores fueron anunciadas como el anticipo de la segunda venida de Cristo; la maldad aumentada y la gente viviendo como en los días de Noé o de Lot, casándose y dándose en casamiento, en lascivias y homosexualidad, también fue profetizado como señal de la venida de Jesucristo. De manera que el destino del mundo no está en nuestro poder y no podemos cambiarlo; pero Dios ha decidido incluir a los humanos en el programa divino del mundo, no porque requiera nuestro permiso para actuar, sino para que seamos partícipes de sus acciones.

Con todo que estas cosas terribles han de suceder, también acontece que clamamos por venganza y Dios se goza en responder a su palabra comprometida: Mía es la venganza, yo daré el pago; por lo cual también dijo que no nos vengáramos nosotros mismos (Deuteronomio 32:35). Nos gozamos cuando vemos al impío sumamente enaltecido y recordamos que antes de la caída viene la altivez. Entonces oramos (nos hacemos partícipes por invitación especial a la oración) y saltamos de alegría cuando el tirano deja de existir y uno lo busca y ya no está (Salmo 37).

¿QUIEN PUEDE ORAR?

Para que una oración sea aceptable a Dios es necesario que exista una correcta relación con Él. Acá no estoy haciendo referencia a los aspectos éticos o morales de los manuales de oración. Tal parece que han reducido la capacidad de orar a un sistema de conducta en donde el hacer y el no hacer viene antes por obra nuestra para después poder dedicarnos a orar. Pero quien así piensa se equivoca, ya que en la Biblia muchas oraciones nacen de personas que claman por misericordia ante Jesús, admitiendo que son pecadores. David no esperó a estar plenamente recobrado de su pecado para comenzar a orar, más bien su célebre oración (Salmo 51) es una confesión de su pecado y una súplica para que fuese restaurado lo más pronto posible. El ladrón en la cruz no tuvo tiempo de hacer una exhaustiva lista de sus pecados cometidos para pedir por ellos; al contrario, fue breve y le dijo al Señor que se acordara de él cuando volviera en su reino. Manasés reconoció su desvío del sendero del Señor y fue restaurado, no se restauró primero (según los manuales de oración) para estar libre de clamar. Lo mismo hizo el hijo pródigo, según la parábola de Jesús; clamó al Padre primero que nada, no se puso a hacer lo bueno antes de rogar.

Pero Jesucristo fue claro al decir que quien no estaba con él estaba contra él; y el que con él no recogía, desparramaba (Mateo 12:30).  Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (el histórico Jesús de Nazaret). Entonces, si usted tiene otro mediador como la virgen María, un santo con nombre bíblico, un dios pagano, o si usted no cree en Jesucristo como el Hijo de Dios porque usted es un musulmán, o tiene una doctrina contraria a las Escrituras, negando partes vitales de ellas, como es el caso de los Adventistas que niegan el infierno de fuego, entre tantas otras herejías que profesan, usted no será escuchado por el Padre, ya que Jesucristo no sería su mediador (1 Timoteo 2:5).

LA ORACION ECUMENICA

En materia de oración y de doctrina bíblica quizás no haya nada tan mentiroso como la oración ecuménica. Esa oración dicha por una variedad doctrinal confesional, que intenta unir los esfuerzos del espíritu humano en la búsqueda de un Dios común, termina en el camino de muerte. Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, no dos ni tres, no es cualquiera que a usted se le ocurra, o que su religión le proponga. Según la Biblia es Jesucristo, solamente. Pero si usted no tiene la claridad doctrinal acerca de quién es Jesús, entonces usted tiene a otro Jesús, un falso Cristo derivado de su imagen mental. En otros términos, usted puede estar orando a un ídolo que se llama Jesús. De allí la gran recomendación de Pablo sigue vigente: Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos (2 Corintios 13:5).

Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7:11). El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8).  El que aparta su oído para no oír la ley, Su oración también es abominable (Proverbios 28:9).  Jehová está lejos de los impíos; Pero él oye la oración de los justos (Proverbios 15:29).  En la referencia dada por un hombre que había nacido ciego, pero que Jesús le había hecho ver, el hombre afirmó que Dios no escuchaba a los pecadores, dando a entender que por esa razón Jesús había sido oído por el Padre. Pero de inmediato agregó que si alguno es temeroso de Dios (¿Cuál Dios?) y hace su voluntad, a ése oye (Juan 9:31). De manera que este ciego del relato de Juan sabía a cuál Dios se estaba refiriendo, al Dios de Israel, y conocía que Jesús no tenía pecado, pues siendo su Hijo le había sanado de la vista. Jesús también hacía la voluntad de su Padre, pues a eso había venido a este mundo.

Con esto en mente, el deseo de orar ha de acrecentarse en los hijos de Dios. Es una garantía ser oídos, así como está garantizado que los que no tienen a Dios como su Padre, o aquellos a quienes Dios no tiene por hijos, no serán escuchados. Es la tesis frente a la antítesis, cuya síntesis produce en nosotros el ánimo necesario para orar. No hay tal posición doctrinal como creer la absoluta soberanía de Dios y cruzarse de brazos; al contrario, porque sabemos que Dios es soberano también sabemos que nos puede escuchar y entendemos que nos ha ordenado hablar con Él. La forma de hacerlo es variada, pero nunca podrá ser con vanas repeticiones ni con palabrerías, como si hablásemos a los hombres para ser agradados. Más bien se nos recomienda a ser breves, a estar conscientes de quién es esa persona a quien oramos; Dios es justo y es bueno para con sus hijos. Es por eso que clamamos Abba Padre. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! (Gálatas 4:6).  

La oración ecuménica es altamente contaminante, pues se ora a los demonios, ya que Dios ha declarado que solamente escuchará a sus hijos que le invocan a través del único mediador entre Él y los hombres, Jesucristo hombre. Si usted hace oración con gente que le ora o reza a la virgen, a un santo, o lo hace por Buda, o ante Alá, o a cualquier otro ídolo aunque tenga el nombre de Jesús, entonces usted está en la misma mesa con los demonios. ¿Y qué comunión tienen la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial?  (2 Corintios 6:14-16).

Pero los hombres contemporáneos aman las multitudes y se jactan de ser aceptados por la mayoría y aman el yugo desigual con los incrédulos. El apóstol Juan entendió bien el peligro de decirle bienvenido en materia de fe a todo aquel no trae la doctrina de Cristo, pues declaró que hacerlo es acarrear sus plagas o ser partícipe de sus malas obras (2 Juan 1:9-11). Démonos cuenta que Juan no está refiriéndose solamente a doctrinas extrañas a la Biblia, sino incluso a aquellas muy parecidas a la revelada en las Escrituras. Por eso enuncia su texto refiriéndose a los extraviados y a los que no son permanentes en la doctrina de Cristo. Ellos no tienen a Dios. Este juicio es categórico, no es un término medio para dilucidar o interpretar e inferir; es absolutamente explícito. Todo el que se extravía (quiere decir, todo aquel que tuvo conocimiento de la Palabra revelada) y no permanece (que abandona aunque sea un poco) en la doctrina de Cristo (el absoluto Mediador entre Dios y los hombres) no tiene a Dios.  Si alguien va a vosotros y no lleva esta doctrina (la de Cristo, la que él ha expuesto en sus cartas y en su evangelio), no le recibáis en casa, ni le digáis: Bienvenido.

En otros términos, Juan nos recomienda a no ser ecuménicos, a no unirnos con aquellos que tienen una doctrina diferente a la revelada en las Escrituras. Lo mismo hizo Pablo, cuando escribió sobre el sacrificio a los ídolos: Si no tiene a Dios tiene al diablo como su dios, tiene a los demonios para servir y darle tributo.  Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10: 20-21). Entendamos que el verbo sacrificar significa en la Biblia muchas veces ofrecer: El que sacrifica alabanzas me honrará, dice un texto. El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová (es decir, la ofrenda, el ofrecimiento del impío no le agrada a Dios).  Pero hay gente que busca los puntos de interés común y alegan que son más las cosas que los unen que las que los separan de los no creyentes. Hay quienes aducen que son constructores de puentes y no de paredes; con esas palabrerías agradan a las masas pero no a Dios. ¿Por qué? Porque el que le da la bienvenida (a los que no traen la doctrina de Cristo) participa de sus malas obras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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