martes, 04 de septiembre de 2012

La Biblia habla de las presciencia de Dios, pero nosotros nos preguntamos ¿cómo conoce Dios? Leemos en 1 Pedro 1:2:   elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas. Esta presciencia es un conocimiento previo, pero saber la fuente del mismo es muy importante, ya que si partimos de una premisa falsa la conclusión será igualmente falsa. En el Texto de Romanos 9: 29-30 también se habla de conocimiento, con el verbo griego proginosko -προγινώσκω -: conocer, conocer por anticipado, de antemano, preordenar. En el texto de Pedro aparece prognosis - πρόγνωσις -, un sustantivo y no un verbo, pero que también significa conocimiento anticipado.

Algunos interpretan que Dios obtiene su presciencia de una capacidad inherente en Él para mirar el futuro en la naturaleza de sus criaturas. Ha de suponerse que esa misma cualidad en la Divinidad se implica para conocer acerca de las cosas no animadas que también ha creado. Aducen que el texto de Romanos habla de la elección como una consecuencia de lo que Dios vio en el futuro de los que habrían de creer. La llamada cadena de oro de la salvación, o también conocida ordo salutis, presupone que un eslabón une al siguiente y así hasta el final. De esta forma, a los que antes conoció se une a los que predestinó, hasta llegar a los que glorificó. Si la presciencia de Dios presupone que Él conoce el futuro porque lo mira en su bola de cristal, o en la voluntad libre de sus criaturas, entonces evidenciaría la existencia de muchos futuros posibles. Uno podría preguntarse, ¿cómo, pues, Dios puede conocer? Su presciencia, responden, es el instrumento que usa para descubrir el futuro final que cada quien escogerá.

Si el Creador mira el futuro en la mente de sus criaturas, sus profecías serían un relato anticipado por sus criaturas. Su ejercicio profético sería antes un  artilugio de adivino. Pero la cualidad profética bíblica atribuida a Dios es otra cosa, es la predicción en base a un orden establecido por quien origina la profecía. Como hemos visto en la errónea presunción, el autor original de la profecía es el hombre, mientras que el Creador queda relegado a jugar el rol de lector del futuro.

Este planteamiento conlleva otro elemento contradictorio. De hecho, si la voluntad humana fuese libre, ¿qué garantía habría de que los futuros fuesen ciertos y se conjugasen en un punto final? ¿Qué garantía pudiera haber en la eventualidad de que alguna de sus criaturas eligiera un cambio repentino en su destino? Eso podría dar al traste con la profecía cantada, lo cual dejaría muy mal parado al Creador que ya ha sido un plagiario. Habría que concluir que el Dios de las profecías tiene mucha suerte, pues lo que previó se cumple a cabalidad, como que si sus criaturas libres nunca cambiasen.

Veamos otro aspecto en esta posición forzada. Dios es el único que puede generar la fe, ya que es el autor y consumador de ella. La Biblia dice que Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad; agrega que no es de todos la fe y que ésta es un don (regalo) de Dios. Como bien afirma Vincent Cheung, en Foreknowledge and Predestination, no tiene sentido decir que Dios basa la elección en una fe prevista. Dado que Dios es quien genera la fe, entonces no podemos decir que Dios eligió amparado en una fe prevista encontrada en el hombre, pues sería como afirmar que Dios elige a alguien basado en lo que Él mismo haría, no en lo que el hombre haría, de donde la fe prevista se referiría al conocimiento de Dios de lo que Dios mismo decidiría, no en lo que el hombre iba a decidir por su propia cuenta. Con este argumento volveríamos al principio bíblico de la absoluta soberanía de Dios.

Vayamos al texto encontrado en Romanos 8: 29-30. Coloquemos los eslabones de la cadena en forma ordenada y separada. Ya que todos son verbos en pasado, coloquemos los infinitivos para mirar su acción: conocer, predestinar, llamar, justificar, glorificar. Los que insisten en que la presciencia o conocimiento previo es posible porque Dios ve en los corazones de los hombres su futuro, se oponen a lo que la Biblia enseña acerca del conocer de Dios, que implica tener comunión con. Adán conoció a Eva su mujer y ella concibió y dio a luz a Caín...A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra (Amós 3:2) ...Y (José) no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito...Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (dijo Jesucristo, que se supone omnisciente y lleno de presciencia).

Pero si se insiste en que la presciencia se fundamenta en ver lo que el hombre libremente hace, la cadena de oro o el ordo salutis de Romanos 8: 29-30 revela otro problema. Como todos esos eslabones expuestos se implican el uno al otro, en un orden no solamente expositivo sino dispositivo, esto es, obligante, entonces el conocer de Dios conlleva forzosamente a justificar y glorificar. Observemos que el texto implicaría universalismo si respetamos las implicaciones internas del mismo. Dios tuvo que conocer a cada individuo de la tierra y no solamente a algunos. Si A, entonces B, si B, entonces C... Si Dios conoció a todos los hombres, luego todos los hombres fueron predestinados, llamados, justificados y glorificados (Véase a Vincent Cheung en texto citado).

La interpretación textual obliga a la conclusión delirante por culpa de una premisa desviada. Quien tal asume se hace cómplice de torcer las Escrituras para su propia perdición. Fuera del texto no hay salvación, solía decir un semiótico francés (Greimas). El texto ordena implicar todos los miembros de la cadena en una relación unida de principio a fin. A los que refiere al mismo tipo de persona en cada eslabón, de manera que a los que antes conoció son los mismos que también predestinó. Y éstos son el mismo grupo del siguiente eslabón, pues a los que predestinó, a éstos también llamó. Miremos un momento el adverbio de modo también, colocado como refuerzo textual para indicar semejanza e igualdad de posición. Este adverbio establece una relación entre el eslabón anterior y el presente. Continúa el texto con el énfasis reiterativo: y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

Para evitar la interpretación delirante es forzoso dar el verdadero sentido a la premisa originaria de todos los eslabones: el grupo de personas que se involucra en la expresión a los que antes conoció son los escogidos por especial gracia para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. El Creador tuvo comunión especial con un grupo de personas que en su bondad infinita escogió para ser vasos de gloria. El que haya mucha gente molesta con esta información no excusa para forzar al texto a declarar lo que por naturaleza se le impide. El que objeta la libre y soberana actitud de Dios en la escogencia de un pueblo para Sí mismo no puede presumir que haya universalismo, pues eso es lo que se derivaría del texto si partiéramos de la premisa equivocada.

Por otro lado, apenas unos versos más adelante, en el capítulo 9, se levanta el objetor contra Dios y reclama: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?, lo cual presupone otra prueba más de que la Escritura se interpreta con la Escritura misma. Este objetor valida el texto que nos ocupa, es él quien desde el otro lado del grupo exclama contra la supuesta injusticia de Dios. Este objetor es otra prueba irrefutable de lo que el texto realmente dice, y además es mucho más honesto que el objetor contemporáneo. Es más honesto porque no intenta en ningún momento torcer las Escrituras como lo hacen los seguidores del errado concepto de presciencia divina, mediante el cual Dios mira en la bola de cristal (sus criaturas) el futuro que profetiza en flagrante plagio.

Apenas 29 versos después de haber declarado este ordo salutis, el mismo autor de la carta responde al objetor levantado contra la revelación del Espíritu: ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? Se refirió a la potestad del alfarero como modelo de Dios, que hace de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra. Recordemos que apenas 29 versos separan su declaración dada en Romanos 8 con la advertencia hecha en Romanos 9, algo muy cercano como para que el lector ignore cuando intente conocer lo que la Escritura dice.

Pero de nuevo, nosotros apenas comunicamos o exponemos la predicación del evangelio, pero es el Espíritu quien despierta los corazones para dar el entendimiento que se supone viene en el paquete del nuevo nacimiento.

César Paredes

retor7@yahoo.com

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:10
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