lunes, 27 de agosto de 2012

Al buscar el propósito de la venida de Jesús al mundo, uno puede encontar varias razones; vino a buscar y a salvar lo que se había perdido, a dar su vida en rescate por muchos. Se dio por nuestros pecados y nos libró del presente siglo malo. Para salvar a los pecadores, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí mismo a un pueblo propio celoso de buenas obras. Observemos que estas aseveraciones no presuponen que Cristo haya venido a salvar a toda la humanidad. Se habla de su pueblo, el cual es reconciliado con Dios, perdonado y justificado, limpiado y hecho santo, adoptado como  hijo de Dios. Ese mismo pueblo recibe la vida eterna y está preservado para la gloria venidera.

Ahora bien, ¿es toda la humanidad perdonada y glorificada? ¿O ha fracasado Jesucristo en relación con el propósito de su venida? Si vino a salvar a toda la humanidad, ciertamente el fracaso es evidente. Quienes aseguran que Jesucristo murió con ese fin, entonces blasfeman el nombre de Dios.

Claro está, la idea escondida en semejante argumentación pudiera bien ser que la respuesta está en el hombre, con su acto de fe. Y como ha de suponerse, esta carga de gloria humana es de mérito propio, sin que medie el Omnipotente por algún lado. El hombre, en una especie de estado neutro, como si Dios cerrara sus ojos y restringiera su influencia, tiene la palabra. Con este argumento, el Dios de los siglos es exonerado de culpa, su gracia se torna más abundante, el propósito de la venida de Cristo apunta a un mayor número de almas y el trabajo salvífico es sinérgico, Dios haciendo su parte y el hombre con la responsabilidad de hacer la suya.

Volvamos un momento al propósito de la venida de Cristo. Hechos 4: 28 señala que los que se unieron contra el Señor lo hicieron  para hacer cuanto su mano y su consejo habían antes determinado que sucediera. Ese propósito eterno, un Cordero ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros (1Pedro 1:20), presupone el rol de la expiación. Sabemos que en el Antiguo Testamento el sacrificio del cordero pascual era una tradición ordenada para rememorar la liberación del pueblo de Dios sometido en Egipto. En la expiación por el pecado se ofrecían sacrificio de animales, en especial de corderos, para que el pueblo asimilara durante siglos el símbolo que Dios les presentaba. Era un tipo de algo que tenía que suceder, un modelo de lo que habría de venir. Uno se pregunta: ¿la expiación hecha por los sacerdotes bajo la ley de Moisés era ofrecida por toda la humanidad?

Pero recordemos lo que un día enseñó Owen, en el siglo XVII, en su libro La muerte de la Muerte en la muerte de Cristo.  Propuso el siguiente enunciado lógico:

            a. Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres

            b. Cristo murió por todos los pecados de algunos hombres

            c. Cristo murió por algunos pecados de todos los hombres.

Si c es cierto, entonces toda la humanidad ha sido dejada con ciertos pecados y nadie sería salvo. Si a es cierto, ¿por qué no son librados todos los hombres del pecado? Continúa Owen con su aducción, si alguien pretende sugerir que la razón de no ser librado del pecado es por la incredulidad, pregunta ¿no es la incredulidad un pecado, por el cual murió también Jesucristo? Pero los hombres incrédulos son castigados: el que no cree ya ha sido condenado, dijo en una oportunidad Jesús. Esto demuestra que la primera declaración no es cierta. La única posibilidad firme es b, que Cristo murió por todos los pecados de sus ovejas, de su pueblo, de los elegidos.

Continuemos con el propósito de la venida de Cristo. El dijo un día: mi comida es que haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra (Juan 4: 34). Tal parece que así sucedió, por cuanto en la cruz dijo Consumado es. Si acabó la obra encomendada, entonces salvó a todos los que se propuso salvar. No fue que Cristo hizo potencialmente la obra -pues eso no era lo encomendado-, sino que la hizo actual y eficaz.  Miremos un momento el texto de Hebreos que refiere a esta situación en forma muy específica: Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré. Y otra vez: Yo confiaré en él.  Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio. Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2: 10-14).

Este texto es revelador de la economía de la salvación, de un Dios que no desperdicia por su naturaleza de Ser Absoluto, Inteligente, Lógico y Todopoderoso. 1) Dios se propuso en Cristo llevar muchos hijos a la gloria; notemos que no dijo llevar a todo el mundo a la gloria. Esto resuena cónsono con otro texto que afirma que aunque muchos son los llamados, son pocos los escogidos (Mateo 22:14). En ese verso, ni siquiera son todos los llamados, sino muchos. Y dentro de los llamados son pocos los escogidos. Pero la suma global es muchos, que contrasta con todos o con toda la raza humana. 2) Se anunciaría a sus hermanos su nombre, pero no al mundo. Asimismo, en Juan 17 Jesús ruega por esos hermanos, por los que le habían sido dados en ese momento y por los que habrían de creer por la palabra de ellos. Específicamente agrega: NO RUEGO POR EL MUNDO. Si Jesucristo no rogó por el mundo, ha de entenderse que con su resurrección y ascensión tiene ahora el sacerdocio de interceder por nosotros, mostrándose a sí mismo ante el Padre como el Cordero sacrificado. Mal podría interceder ahora por el mundo, pues si previo a su muerte lo dejó fuera de sus oraciones, cuánto más habrá de dejarlo en el momento presente que es Sumo Sacerdote. Jesús ruega por su hermanos, de quienes dijo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre. 3) Cuando dijo He aquí, yo y los hijos que Dios me dio, está mostrando los hechos, como una prueba factual de la evidencia de su trabajo. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11). He aquí yo, y los hijos que Dios me dio, es una expresión de resumen, de prueba inequívoca de su trabajo exitoso y consumado. Por eso está satisfecho, porque se cumplió aquello profetizado de salvar a muchos, no a todos. 4) Jesucristo destruyó por medio de su muerte al que tenía el imperio de la muerte, al diablo mismo. Pero para hacerlo tuvo que participar de buena voluntad de carne y sangre, al igual que sus hijos y/o hermanos; por lo cual, el imperio de la muerte destruido con su muerte en la cruz, se hizo en favor de sus hijos y no de toda la raza humana. De lo contrario, toda la raza adámica sería el conglomerado de sus hijos, y en consecuencia la destrucción del imperio de la muerte lo sería para ellos también. Pero no son todos salvos, pues el infierno acoge a diario a quienes allí son enviados.

El contraargumento propuesto por parte de los universalistas es que el hombre tiene la decisión final, ya que Cristo murió por todos en la cruz. Para ello muestran textos aislados de las Escrituras, en su pretensión de probar contra la inmensa marea de versos que son una avalancha contra los que proponen bajo el ropaje de la piedad la idea de un Dios más bondadoso.  Tal aserción es mucho más humanística, la pretensión de que Dios se hace más grande si propone una salvación más extensiva, más justo si deja ese asunto en manos del libre albedrío humano, pero mucho menos soberana y escritural, así como impotente. Ese es el puente ancho que sólo llega a la mitad del camino, ya conocemos la figura enseñada.

La responsabilidad humana ha de ser compatible con la libertad de escogencia, tal es el planteamiento de los que esgrimen este tipo de universalismo en la muerte de Jesús. La Biblia no puede hacernos responsables por imposibilidades. No nos puede exigir cumplir aquello para lo que no estamos capacitados. Pero tal declaración no es más que la repetición de lo expuesto en romanos 9: 19, que dice: ¿Por qué, pues, (Dios) inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?  De nuevo, los universalistas se oponen a las Escrituras y a la respuesta que el Espíritu da a esa pregunta. Vemos que el Espíritu no evade el dar una réplica, ni le da la razón al objetor lógico, sino que propone como reacción verbal al antecedente unas frases expositivas a tal acusación: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? Pero el Espíritu, no conforme con lo que acaba de decir, como si quisiera recalcar aquellos versos de Isaías que dicen que no hay Dios fuera de mí, y de mi mano no hay quien salve (Isaías  46: 9 y 43: 11), continúa con su exposición soberana, como si estuviera en una corte presentando la prueba irrefutable, la evidencia que muchos aguardan. El Espíritu da un mensaje o declaración como resumen sistemático, como la interpretación o aclaratoria exhibida abiertamente al público, comunica sin ningún esfuerzo que Dios es absolutamente soberano para hacer lo que desea y que la criatura es barro en manos del Alfarero: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria...? (Romanos 9: 20-23).

Entonces, aquello de que la razón jamás ha de condenarnos por causa de nuestra naturaleza, o que no se nos podrá culpar de la ira y maldición de Dios por el hecho de ser como Él mismo quiso que fuésemos, queda destrozado en pedazos con la declaración del Espíritu. Pero ciertamente, esto ha dado lugar para que muchos, miles de personas que militan en las filas cristianas, declaren repugnante tal posición, como si la tesis del Espíritu fuese una postura de la iglesia histórica en un siglo determinado. Esta es la posición de Dios declarada en la Biblia. ¿Suena repugnante? Muchos teólogos así lo han escrito, muchos predicadores lo pregonan en sus púlpitos, pero esa repugnancia es también la verdad declarada en las Escrituras. ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? (Isaías 45: 9).

El objetor presentado en romanos 9 es mucho más claro e inteligente que el objetor moderno. El asumió la realidad trágica de no poder resistir a la voluntad de Dios y de recibir la culpa por su naturaleza pecaminosa. Entiende que Dios lo hizo así y no puede evitarlo. El objetor moderno está disfrazado como ángel de luz en las iglesias, ha pregonado una doctrina de demonios que enseña desde sus púlpitos. Ha declarado la existencia de un dios humanista, que da cabida a todos, ha transformado la muerte de Cristo en una expiación universal. Por lo tanto, ha creado un ídolo, una divinidad a semejanza de su mente, y se aferra a él con todas sus fuerzas. Poco importa que su lógica le muestre lo errado que parece su razonamiento, ya que a fin de cuentas la cercanía con su ídolo le conforta.

¿A qué viene toda esta desesperanza para la raza humana? Sencillamente que aquellos que están en el mundo y que son llamados por el Padre acudirán humillados a Jesús. Entenderán que nada pueden hacer por ellos mismos, que su muerte espiritual los tiene enemistados con Dios. Pero si oyen el llamado acudirán presurosos al único que puede librarlos de la muerte, a aquél que destruyó el imperio del diablo. Los otros, los que se aferran a su soberbia, se atan de manos al dios humanista, benévolo pero impotente, pues no puede salvar ni aún a uno. Y no puede salvar porque ese cristo que murió por todos en realidad no murió por nadie, pues la expiación presupone que Cristo murió por nuestros pecados de acuerdo con las Escrituras (no de acuerdo a los mitos teológicos) -1 Corintios 15:3. La expiación también presupone que hubo imputación y sustitución, de tal forma que al Cordero se le imputaron nuestros pecados y Él fue el sustituto en nuestro castigo (sufrió en nuestro lugar el castigo por el pecado y la culpa).  Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:5).

Cristo sufrió por nosotros, de allí el símbolo de la cena con el pan y el vino, que representan el cuerpo molido por nuestros pecados y su sangre derramada por los mismos (Lucas 22: 19-20). Cristo sufrió por nosotros (1 Pedro 2:21) y fue entregado por nosotros (Romanos 8: 32), ...se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (Hebreos 9: 26).  Esa es su expiación, porque fue imputado también, ya que por nosotros fue hecho pecado (2 Corintios 5:21). Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero (Gálatas 3: 13);  así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan (Hebreos 9: 28).

Pero dicen que Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y que si hubiese querido decir toda clase de hombres sencillamente lo hubiera dicho. Muy bien, pero entonces ¿cómo explican lo que el mismo Espíritu dice en Romanos 5: 18? Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Según ese argumento, si Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y no usó otra expresión distinta, entonces ya todos los hombres son salvos, pues lo que desea ha hecho. Por supuesto, mirar la Biblia fuera del contexto, suponer que un vocablo significa lo mismo en sus distintas apariciones es miopía lingüística. No se necesita conocimiento académico para entender eso. En español, por ejemplo, el vocablo operación puede tener múltiples sentidos. El médico hace la operación a su paciente, el soldado opera armas de artillería, el ladrón hace una operación silenciosa para que nadie descubra su robo, pero la policía lanza una operación de búsqueda del ladrón. Ni que hablar de los matemáticos, que hacen operaciones de suma, resta, multiplicación y división con sus números. O del maquinista que opera en un tractor. De la misma manera, como en todas las lenguas del mundo, el texto fuera del contexto es un pretexto.

Si ya todos los hombres han sido justificados en Jesús, entonces no tiene sentido hablar del hijo de perdición, de Esaú, de los réprobos en cuanto a fe, de temer a aquel que puede echar el alma y el cuerpo en el infierno de fuego, de los adoradores de la bestia, cuyos nombres no estaban inscritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13: 8 y 17: 8), o de los réprobos en cuanto a fe, de quienes la condenación no se tarda, de quienes fueron destinados para tal fin, y mucho menos de los vasos de ira preparados para el día de la ira. Si todos y mundo en la Biblia significan siempre lo mismo, entonces ella es un mar de contradicciones. Pero eso no les importa a quienes la tuercen para su propia destrucción, pues a través de ese proceso conforman su ídolo al cual se aferran con sus esperanzas, al cual adoran con himnos, cánticos extraídos del mismo Libro, le oran a la usanza de los creyentes y cumplen el propósito de su príncipe, disfrazarse de mensajero de luz.

Un dios que desea que todos los hombres sean salvos y no lo logra es un dios impotente. Semejantes a él son los que lo adoran. Si Cristo murió por todos también lo hizo por Judas y por el Anticristo, pues es el hombre de pecado (2 Tesalonicenses 2:3), por la iglesia falsa o apóstata (Apocalipsis 17: 1-2), por los que cometen el pecado imperdonable (Mateo 12:32) e incluso por los que nunca han oído la palabra de Dios (Salmo 147: 19-20). Si Cristo hizo apenas la salvación posible, se niega que realmente salva. Esto opone potencialidad contra actualidad, potencia versus acto. Pero la Biblia declara que Cristo  vino para librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:15), para reconciliarnos con Dios (Romanos 5: 10), redimirnos y pagar el rescate (Gálatas 3: 13), y justificar a Su pueblo por su sangre (Romanos 5: 9): Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.

De este argumento presentado se desprende que hay un grupo de reconciliados y justificados por la sangre de Cristo. Dicho grupo es salvado de su ira, amistado con Dios y actualmente salvos. De allí que la sangre derramada del Cordero no lo fue por toda la humanidad, pues si fuere cierto entonces todos serían salvos de su ira, amistados con Dios y definitivamente salvos. Mal puede la economía de Dios fallar contra su propia voluntad, en un desperdicio sin igual. Si la predestinación es un simple mirar en los designios futuros de los hombres libres, entonces eso es absoluta previsión. Dios previó desde los siglos quiénes serían salvos (en la tesis de los universalistas), por lo tanto debió haber enviado a su Hijo a morir específicamente por los que serían salvos. No tiene ningún sentido, ni aún siguiendo como locos por un momento su tesis, el que Jesucristo haya muerto expiatoriamente por todos, pues que ya Dios había previsto quiénes le habrían de aceptar y quiénes le habrían de rechazar, de acuerdo al libre albedrío humano. Esta tesis incluye otro gran error, el plagio de Dios. Sí, un Dios que prevé el futuro, pues no lo conoce por Sí mismo, ya que no lo elabora, es ahora el autor de miles de profecías que Él no predijo de Sí mismo, sino gracias a sus mortales criaturas que tienen libre voluntad e independencia para hacer tantos futuros posibles como se les antojen. Añade a este exabrupto el hecho de ser un Dios con demasiada suerte a su favor, pues a pesar de que  su criatura es libre, ésta ha mantenido su criterio y voluntad prevista desde los siglos con lo cual Su palabra plagiada permanece a prueba de fallas. 

Está claro que Jesucristo no pudo haber muerto por todos los hombres. Recapitulemos: si hubiese muerto por todos los hombres, en la oración de Juan 17 no solamente hubiese pedido por aquellos que me han sido dados, sino que hubiese rogado por el mundo; no hubiese hecho distinción acerca de aquellos que me han sido dados y el mundo, sino que más bien hubiese dicho para que todos los hombres vengan y vean mi gloria. Pero explícitamente agregó Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17: 9).

Resulta ilógico que si Jesús murió por todos y su misión sacerdotal después de su resurrección es estar a la diestra del Padre intercediendo por su pueblo, las ovejas de su prado, haya dejado de lado al mundo en su oración sacerdotal, instantes antes de morir en sacrificio expiatorio. Por ello se deduce que Jesús no expió los pecados de todo el mundo, sino los de muchos, los de su pueblo u ovejas, los de todos aquellos que el Padre le había dado.

Como el Padre siempre le oye (Juan 11: 42), su ruego por todo el mundo hubiese sido escuchado, y en consecuencia no habría potencialidad en su salvación sino actualidad, esto es, habría habido reconciliación universal. Jesús no puede orar por los que posiblemente van a creer, sino que más bien oró por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:20). Como Jesús sabe todas las cosas no puede permitirse la vacilación, y en obediencia a quien hace todas las cosas según su voluntad intercede por los que efectivamente salvó. Por eso la Escritura agrega que no es de todos la fe y que ésta es un don de Dios.  Añade que toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces.  

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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