miércoles, 27 de octubre de 2010

Recordemos el famoso pecado de Acán. En su tienda había escondido un manto babilónico y doscientos siclos de plata junto con un lingote de oro de cincuenta siclos. Ese acto prohibido fue suficiente para que la ira de Dios se encendiera y diera un ejemplar castigo al pueblo de Israel en una batalla. Josué, el líder, clamó a Jehová por haberlo entregado en manos de los amorreos, y como era costumbre en la manera de orar de muchos, exclamó: ¡Ay, Señor! ¿Qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? (Josué 7:8). Pero en el verso anterior había dicho: Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán.

Claro, su liderato estaba en juego, pues servía al Dios vivo, el que había hecho con sus padres la travesía desde Egipto, el mismo que les había suplido durante tantos años en el desierto. Ahora prefería no haber confrontado semejante derrota. Pero Dios le respondió diciéndole que se levantara, que Israel había pecado y quebrantado su pacto, además de haber tomado del anatema, hurtando y mintiendo. Cuando Josué confrontó a Acán, le pidió que confesara su error. Este así lo hizo, pero el castigo no se detuvo por haber confesado su pecado.  Josué entonces le dijo: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos (Josué 7:25).

En muchas ocasiones el pecado oculto puede acarrear consecuencias desastrosas para el individuo y para su entorno. Por algo David exclamaba: líbrame de los pecados que me son ocultos. A veces el pecado escondido permanece de esa forma por mucho tiempo. Puede durar días, meses, años, sin ser descubierto. Eso no implica que los ojos de Dios no lo vea, simplemente que sus síntomas no se han manifestado públicamente todavía. Empero, cuando llega el momento todo desencadena en destrucción, lo que le es propio al pecado. Un controlador de vuelos comete un error un día, nadie lo descubre y nada malo sucede. Eso le acostumbra a ser negligente y vuelve a cometer otro descuido. Puede ser que nada pase, pero su mente se va habituando a su descuido hasta que llega el día fatal en que comete el grave error en el que sí suceden los accidentes aéreos. Por su culpa decenas de personas pierden sus vidas, o quedan lisiadas, y otras tantas sufren las pérdidas de sus familiares. Un error oculto, no corregido a tiempo, puede conllevar a fatal destino. Líbrame de los que me son ocultos, gritaba David (Salmo 19:12).

Una persona se acostumbra a unos tragos de licor que nada malo le causan. Pero después siente tal dependencia que no ve razón alguna por la cual no pueda disfrutar de otro poco del elíxir fantástico que le alegra. Su cuerpo se va habituando a la dosis, pero ahora su espíritu necesita un poco más, ya que la cantidad anterior no surte el mismo efecto. Va dando rienda suelta a lo que le parece natural, inocuo, inocente. De esa forma el alcohol, o la droga a la que se ha habituado, pasan a tener el control de su cerebro y lo envanecen. Comienzan sus errores públicos o privados a ser más fuertes, y ahora se entusiasma a apostar a los caballos, a los naipes, a jugar con las inversiones en la bolsa de valores. Poco importa dónde se encuentra, ya está dopado y perseguido por su hábito de adicción que le da la euforia suficiente para atreverse a realizar lo que antes sentía como inapropiado y prohibido por sus normas morales. Esa persona está actuando como Acán, el personaje del Antiguo Testamento. Sus consecuencias pecaminosas ya no representan un peligro en solitario para él, sino que ahora ha involucrado a su familia, a sus vecinos o a su nación.

No podemos servir a dos señores. No existe un término medio o neutro, pues estamos al servicio del Dios vivo o al servicio de Satanás. La miseria del pecador secreto es muy alta, ya que en aras de ocultar su error intenta maquillar su imagen para aparecer limpio y sin mancha ante los demás. La gran mentira consiste en que preferimos valorar de mayor estima la opinión del pastor, del hermano de la iglesia, del vecino que me conoce como un hombre de fe, antes que la estima del Dios vivo. Suponemos que si esas personas no conocen de nuestro pecado secreto, entonces todo puede continuar bien y sin trastornos. Poco nos importa que Dios ya se haya enterado, pues el hecho mismo de estar cometiendo en secreto lo que los demás no pueden ver, presupone que uno es realmente un infiel o un ateo. Claro, pues quien sostiene que es más importante que la congregación no se entere de lo que hago, y no piensa que Dios ya se ha enterado, es porque no valora el conocimiento de Dios, su Omnisciencia, su Omnipresencia, su existencia misma. El pecado llama a pecado, y el pecado engendra la muerte. Nadie puede pecar poco cuando peca en secreto, sino que tendrá que acudir a mentiras moderadas para que logren aminorar la podredumbre del error anterior. Por algo Jesucristo habló de los fariseos como de sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro. El pecado secreto hace eso mismo, nos exige blanquearnos por fuera, sin importar que por dentro no soportemos nosotros mismo nuestro propio hedor.

Ahora bien, no sabemos por qué razón Dios sacrificó a Acán con la lapidación, junto con su familia. Podemos indagar en la historia teológica del Antiguo Testamento. Podemos indagar incluso en la del Nuevo Testamento, hasta encontrarnos con el caso narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en su capítulo 5, cuando nos habla de la pena capital sufrida por Ananías y Safira, la pareja de creyentes que mintió al Espíritu Santo. Quizás la respuesta primera e inmediata que acude a nuestra mente es que esos casos se escribieron para enseñanza nuestra, para nuestro beneficio. De ser así, tenemos que suponer que Dios nos está compungiendo en nuestras conciencias para que renunciemos a esos pecados secretos. Tal vez claudicamos entre dos opiniones, dejar o no dejar el pecado oculto. Ser o no ser, como en el teatro de Shakespeare. Pero recordemos las palabras de Elías ante el pueblo de Israel reunido aquel día: ¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él (1 Reyes 18:21).

De seguro que en esa batalla de la mente, del espíritu y del alma, se debaten las aguas del ser y del deber ser. El llamado a la vida cristiana, a la lucha contra la carne, a la crucifixión de la carne con sus pasiones, no es una tarea fácil, sencilla ni posible para un simple mortal. Es más, eso es una tarea imposible del todo para una persona que no tenga el poder de Dios para auxiliarle. Solamente la gracia de Dios puede solventar ese conflicto, de manera que en el conocimiento de esa verdad, que es Jesucristo, seamos verdaderamente libres de la vanagloria de la vida, del vicio, de la atadura que gobierna nuestras mejores intenciones. En ocasiones es mejor sacrificar una parte de nosotros mismos y entrar cojos, mancos, sin un ojo, al reino de los cielos, que ser lanzados todo completo al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles. El castigo de Acán fue por su pecado secreto. ¿Adónde iremos de la presencia del Señor? Líbrame de los pecados ocultos, clamaba David (Salmo 19:12); ¡Ay de los que se esconden de Jehová, encubriendo el consejo, y sus obras están en tinieblas, y dicen ¿Quién nos ve, y quién nos conoce? (Isaías 29:14); Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7); Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).

Tal vez nosotros debemos considerarnos personas con mucha suerte, mucha más de la que gozaron Ananías y Safira, Acán, y tantos otros personajes bíblicos que fueron el vivo ejemplo de cómo Dios odia a los que suponen esconderse de su presencia para administrar sus pecados ocultos. Por eso la Biblia nos recuerda que si oímos hoy su voz no endurezcamos nuestros corazones. El corazón de Faraón no tuvo chance alguno, pues Dios lo había endurecido para glorificarse ante las naciones. Tal vez con el tuyo Él tenga otro propósito, por lo cual te recomienda cambiar de mentalidad, reconociendo que eres impotente para salir de esos enredos en que por tu naturaleza concupiscente te has metido. La salida es creer el evangelio que no es otro que Jesucristo mismo, ya que Él es la buena noticia para el pueblo de Dios. La Biblia dice: el que oculta sus pecados, no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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