martes, 10 de agosto de 2010

No es posible acercarse a este tema sin tomar en cuenta el contenido del vocablo suerte tal como aparece en las Escrituras. Según el título que engloba este trabajo, pudiera referirse a Dios teniendo suerte, al azar que le llega por alguna vía, o que el reparte entre los hombres. Una cosa es seguir el camino de todos los hombres, como quien sigue su suerte, y otra es repartir por suerte el país a los israelitas por heredad.  Asimismo se habla en la Biblia que nosotros tuvimos suerte -mientras otras versiones usan tuvimos herencia- cuando se refiere a la predestinación para salvación desde antes de la fundación del mundo. ¿Es que acaso el ser humano puede buscar su propia suerte, sin tomar en cuenta el plan del Dios soberano? ¿O podrá aventurarse en los caminos del azar para conseguir fortuna? La Escritura dice que la suerte está echada en el regazo, mas de Jehová es la decisión de ella.

En los propósitos eternos e inmutables del Creador para con sus criaturas no cabe tal presunción del azar. Incluso hoy día los estudiosos del tema proponen que al hablar de azar se usa un eufemismo, pues el desconocimiento de las variables bajo las cuales se presentan las circunstancias de la vida de una persona o de un fenómeno hace que llamemos a todas esas variables con el término azar.  Si conociésemos la fuerza con que se lanzan los dados, la resistencia del paño del casino, la humedad del medio ambiente, el peso y tamaño de los dados, la temperatura del entorno, la energía en derredor, y otro enorme número de circunstancias que influyen al lanzar los dados, entonces podríamos predecir los números que arrojarían esos dados. De esa forma dejaría de ser un juego de azar.  Sin embargo, todas estas variables son físicas y estaríamos dejando por fuera las que van más allá de la física, las sobrenaturales. Pero como nuestro mundo de análisis es terreno dejamos lo sobrenatural a un lado, ya que la física nos domina. 

¿Tuvo suerte Dios en el cumplimiento de sus profecías? Eso parecieran asegurar los que sostienen que Él nada planificó en relación a los acontecimientos del soberano hombre, de la soberana humanidad. Hay quienes se aterran al pensar que Dios pudo planificar las acciones malas de los hombres, como claramente lo demuestran las acciones profetizadas acerca de la crucifixión de Jesucristo, acontecimiento histórico que fue planificado hasta el más mínimo detalle. Cada representante humano que debió cumplir su rol de actor en ese evento lo hizo en forma natural, sin siquiera sospechar que estaban actuando de acuerdo a un guión prescrito desde los siglos. Los que escupieron a Jesús, los que le clavaron en la cruz, así como aquellos que repartieron a suerte sus vestiduras, daban fiel cumplimiento a lo predicho por los profetas del Antiguo Testamento, pero daban fe también de que lo hacían sin el más mínimo disgusto, complacidos con el sufrimiento que causaban al Mesías enviado como Cordero expiatorio.  Si Dios no controla a la humanidad hasta en las más insignificantes acciones, entonces hay que decir que es un Dios con suerte pues todo lo que profetiza se le cumple a cabalidad. Esa es la suerte de Dios.

Resulta irónica esta conclusión, pero es a la que se debe llegar si sopesamos los miedos de los teólogos que reniegan de la tesis de la predestinación. Ellos consideran repugnante tal planteamiento por cuanto eso implicaría admitir que el Dios soberano hace como quiere, y que bien pudo querer no elegir a unos y a otros sí para la vida eterna. Pero eso es lo que las Escrituras enseñan desde Génesis hasta Apocalipsis, y por esa doctrina muchos de los que en un momento eran discípulos de Jesús se espantaron y le dejaron. Ellos consideraron esa palabra dura de oír. Estos teólogos de la escuela arminiana (por Arminio, el teólogo holandés en la época de la Reforma Protestante) continúan su plática anunciando que el hombre es soberano en sus decisiones y le dice sí o no a su Creador. Por eso es que desde esta perspectiva ha de considerarse como sortaria la posición de la profecía bíblica, pues les pareciera que toda ella se cumple sin la intervención del Dios soberano sobre la voluntad de sus criaturas.  Esos teólogos alegan que Dios previó en el sentido en que Dios supo cuál iba a ser la actitud de cada ser humano con respecto a si aceptaba o rechazaba a su Creador. Por eso ese Dios es también irónico y burlista, pues profetiza en base a un conocimiento previo que le dan sus criaturas, y nunca en base a un plan autónomo de su soberana voluntad. Por ejemplo, desde esta perspectiva arminiana, Dios sabía que los soldados en la cruz de Cristo iban a echar suertes sobre las vestiduras de Jesús, por eso lo profetizó. Pero eso es descubrimiento en una bola de cristal, y rebajan a Dios a la categoría de adivino. El Dios de la Biblia no predestina porque averigua el futuro sino que conoce el futuro porque lo predestina. Eso es algo muy distinto y mucho más digno de su soberanía que lo pregonado por esos asustadizos teólogos que temen confrontarse con un Dios soberano. Pero justo es reconocer que aun para eso también ellos mismos han sido predestinados por ese Dios.

Dios le dio a los Israelitas antiguos el ritual de echar suertes como una forma para que ellos averiguaran cual era Su voluntad en casos indecisos (Num. 33:54; I Sam. 14:42; I Cron. 24). No podríamos siquiera sospechar la posibilidad de que tal consulta al Creador implica que Él nos consulta simultáneamente para saber nuestra respuesta, para poder responder con certeza. Eso es un vicio de absurdo, el adivinador que adivina la voluntad en sus criaturas y después les responde cuando es consultado sobre cuál actitud asumir.

El hecho mismo de que Dios hablara a través de la suerte implicó que Él tenía bajo control todas las circunstancias para dar una respuesta coherente a su talante de Divinidad Suprema. Mal podría alguien entender que el echar suerte implicaba buscar por azar un destino cualquiera. En los casos bíblicos encontrados esta práctica significa la manera como Dios respondía específicamente para las inquietudes y dudas en donde los israelitas debían inquirir la voluntad de su Creador. La suerte implica también que desde la perspectiva humana lo que se obtiene no es en base a mérito alguno, sino en base a la decisión del Creador quien a través de ese método respondía la interrogante del conductor del pueblo, o del profeta.

El autor del libro de Hebreos deja muy claras las muchas formas oficiales en las cuales Dios se ha manifestado a su pueblo. Dice:  Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo… (Hebreos1). Si antes se usaba el Urim y el Tumim ahora Jesucristo es la vía a través de su Espíritu y de su Palabra. Si antes se echaban suertes para ver la dirección de Jehová, ahora Cristo es nuestro Oráculo, la Luz verdadera, el Testigo fiel, la Verdad misma, de quien recibimos el Espíritu de Verdad que nos lleva a toda verdad.  En Éxodo 28 podemos leer cómo el adorno principal del sumo sacerdote era el pectoral, una rica pieza de tela de obra primorosa. El nombre de cada tribu estaba grabado en una piedra preciosa, fijada al pectoral, para significar cuán preciosos y honorables son los creyentes a ojos de Dios. Por pequeña y pobre que fuera la tribu, era como una piedra preciosa en el pectoral del sumo sacerdote: así de caros son todos los santos para Cristo, sin que importe cuál sea la estimación de los hombres. El sumo sacerdote tenía los nombres de las tribus sobre sus hombros a la vez que sobre su pecho, lo cual nos recuerda del poder y amor con que nuestro Señor Jesús intercede por los suyos. No sólo los lleva en sus brazos con poder omnipotente sino que los lleva en su regazo con tierno afecto. ¡Qué consuelo para nosotros cada vez que nos dirigimos a Dios! —El Urim y Tumim por el cual se daba a conocer la voluntad de Dios en casos dudosos, estaba en el pectoral. Urim y Tumim significan luz e integridad. … parece ser que eran las doce piedras preciosas del pectoral del sumo sacerdote (Mattew Henry).

Este Urim y Tumim lo llevaba siempre Aarón bajo la significación de llevar el juicio de los hijos de Israel sobre su corazón delante de Jehová. De manera que no era un simple azar lo que buscaban como respuesta cada vez que el Sacerdote consultaba a Jehová sobre asuntos difíciles, sino que en ese ritual quedaba establecido el mecanismo de respuesta por el cual Dios revelaría su voluntad específica. Recordemos tiempo después cuando Gedeón, ese héroe bíblico, sintió dudas acerca del personaje que le visitara para encomendarle la tarea de rescatar a su pueblo del asedio de los madianitas. El no tenía a su mano el Urim ni el Tumim, tampoco había un sacerdote cercano. Simplemente él recurrió a una prueba en la que despejaba de su fe la duda. Le pidió al visitante que un vellón de lana quedara seco en medio de la lluvia, y también que lloviera sobre ese vellón solamente y lo demás quedara seco. Cuando vio respondida su prueba de fe entonces entendió que era Jehová, o el ángel de Jehová quien le había visitado. Se demuestra que en los diálogos entre Dios y el hombre se pone en marcha un mecanismo de consulta verificador, como quien prueba a los espíritus para ver si son de Dios.

Matías es el caso célebre del Nuevo Testamento.  Una vez muerto Judas el apóstol traidor, había que sustituirlo y si recordamos bien por el relato del libro de los Hechos, no había descendido el Espíritu Santo a la tierra como la promesa hecha por Jesucristo. Sea desierta su habitación, y no haya quien more en ella, y tome otro su oficio...y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido, para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar. Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles (Hechos 1).

Ese es el último incidente en el que se echa suerte en el Nuevo Testamento. Después era el Señor a través de su Espíritu, cuando hubo descendido en Pentecostés, el que manifestaba su voluntad específica para situaciones particulares. Más tarde lo siguió haciendo de esa manera y se añadió la palabra profética más segura, de la cual hablara Pedro, a la cual se hace bien contemplar como a una antorcha. Cuando vino lo perfecto (en el decir de muchos teólogos) ya no hizo falta ni el don de lenguas ni la profecía en el sentido del oráculo antiguo. Ahora es el libro otorgado a la iglesia, la Biblia, junto con el Espíritu Santo otorgado al creyente, los que se encargan de responder cualquier inquisición del cristiano, y de disipar cualquier duda que se tenga con respecto a la voluntad de Dios.

Para finalizar quiero referirme a la profecía escrita en el Salmo 22 verso 16 que habla del momento aciago de Jesús en la cruz: Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies.  Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan.  Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Esa rifa, esa manera de decidir según la costumbre de entonces, se aplicó acerca de la ropa de Jesús, que es el manto interior tejido de arriba abajo y formado en una sola pieza, como lo usaban los sacerdotes.  En Mateo 27:35 se nos dice: Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Esta predicción tan específica fue cumplida al pie de la letra por parte de un grupo de paganos que no eran ni amigos ni enemigos del Crucificado, por parte de unos verdugos que echaron mano a la ropa del Señor como pago por su actuación. Este hecho no pudo ser previsto por el Dios eterno a la manera como lo intentan afirmar los arminianos, pues implicaría concebir a un Dios con mucha suerte. La suerte de que ninguna voluntad humana a través de los siglos cambiase, la suerte de ver voluntades manifestadas en personas que no habían aun nacido ni estaban en los planes de mortal alguno. La única forma de entender esta profecía como válida es que se trate de un Dios soberano que hace como quiere, que preordena todas las cosas según el puro afecto de su voluntad, que no tiene consejero ni quien le diga ¡epa, qué haces!  Ese es el Dios capaz de predecir con exactitud lo que él mismo va a producir con exactitud. Muy a pesar de esa realidad funesta para muchos, los actores no se sintieron presionados por voluntad extraña a la de ellos como para que puedan algún día reclamarle por lo que ellos mismos quisieron hacer. Esta soberanía de Dios maravilla, por lo cual Pablo dice: !Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

La suerte está echada en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33). No se trata de dejar a la casualidad la resolución de algo, sino de descansar en la voluntad de Dios eterna e inmutable sobre el destino de cualquier evento. Eso no nos excluye como actores, simplemente nos pacifica el ánimo para poder obrar oportunamente en la confianza de que la certeza se impone. No se trata de comprar un billete de lotería y preguntar a Dios si la vamos a ganar. Recordemos a Santiago: Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. Se trata de hacer y sentir todo lo contrario: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello (Santiago 4:15). Desde nuestra perspectiva humana a veces vemos el avance de los acontecimientos que nos circundan como un conjunto de situaciones que nos trae suerte, o que por suerte son traídas. Pero en la perspectiva divina nada se ha dejado al azar, todo es necesario que acontezca, y ese es nuestro descanso.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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