viernes, 06 de agosto de 2010

El vocablo espada aparece 399 veces en la Biblia.  La primera ocurrencia se hace en el primer libro, en el Génesis, bajo la referencia a la célebre espada encendida guardando el árbol de la vida.  Una vez que el hombre fue sacado del huerto del Edén se custodiaba este lugar con querubines y la espada mencionada (Génesis 3:24).  La última ocasión en que se alude a este término se hace en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, en su capítulo 19 y verso 21: Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo…Es Jesucristo el portador de esa arma cortante que sale de su boca, quizás haciendo alusión a su palabra hablada, más cortante que espada de dos filos, la misma palabra con la que fueron hechos los cielos (Salmo 33).

El arma del guerrero por excelencia ha sido la espada hasta la aparición de las armas de fuego.  Sin embargo, muchos soldados de la guerra moderna también portan el acero como parte de su armamento de honor. Es curioso que a pesar de tantos implementos de guerra, el filo acerado no fue del todo olvidado, sino más bien recordado como el instrumento simbólico del poder militar.  Cuando David mató a Goliath, la espada del gigante fue guardada por los sacerdotes en recordatorio del triunfo de Israel sobre los Filisteos, el triunfo del Dios de los Ejércitos. La importancia de esta arma de combate es relevante en la literatura bíblica, tanto que se hace una alusión especial a la prominencia que tiene la oración en la vida del cristiano comparándola con la batalla a espada de un guerrero.

La célebre armadura de Dios que debe colocarse el cristiano para su batalla diaria en este mundo sombrío y enemigo tiene varias partes: los lomos de la verdad, la coraza de la justicia, los calzados con el apresto (el equipo) del evangelio de la paz, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Toda esta armadura ha de colocarse en forma completa para que el soldado pueda combatir orando en todo tiempo. Cinco partes de la armadura constituyen el blindaje del combatiente, solamente una es dedicada al ataque, la espada del Espíritu. El ataque que hemos de hacer hace conjunción con la oración, de manera que ese último agregado en la metáfora paulina utilizada en el libro de Efesios capítulo 6 enriquece y eleva a siete los elementos de la armadura. Si bien la espada es del Espíritu, la súplica se hace en el Espíritu. La oración y La Escritura configuran la ofensiva cristiana contra las fuerzas del mal, la una va con la otra, ambas sustentadas en la palabra dicha, pues la súplica se estructura con el logos, con la capacidad lingüística del hablante, y la palabra revelada es como ella misma sugiere, verbo pronunciado en alusión al Verbo hecho carne. Un mismo Espíritu teje la relación entre la súplica y la Escritura, pues la espada le pertenece y la oración se hace en y a través de Él.  De allí que cuando oramos, continúa Pablo en otra de sus cartas, el Espíritu mismo intercede por nosotros, pues Él conoce los pensamientos y la mente de Dios. De esta forma no nos preocupemos por qué habremos de pedir como conviene.

Si recordamos el último texto en que aparece este vocablo en estudio, en Apocalipsis se está mencionando a una espada que salía de la boca del Señor. En 2 Tesalonicenses 2, Pablo anuncia que ya está en acción el misterio de la iniquidad, y que el responsable de tanta injusticia y maldad, de tanta conducta moral cuestionable, de semejante ausencia de valores espirituales -como los que vivimos acentuadamente hoy en día- va a ser quitado de en medio. El Señor lo matará con el espíritu de su boca, asegura Pablo, lo cual concuerda con lo dicho por Juan en su Revelación, pues que la espada que sale de la boca del Señor es su mismo espíritu. Ese inicuo que ha de manifestarse al final de los tiempos será un engendro de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Necesario se hace un poder superior para eliminar a tal inicuo, y sabemos que esa habilidad, fuerza y dominio saldrá del Señor mismo, que hizo los cielos y la tierra.

El que tiene la espada aguda de dos filos, el que tiene la espada en su boca, para herir con ella a las naciones y regirla con vara de hierro, es el mismo Señor que una vez fue crucificado y traspasado con una lanza. Ese Jesús que vino a dar su vida en rescate por muchos (como dijera el profeta Isaías) ha visto linaje. El es quien comanda las fuerzas contra el príncipe de este mundo, y vendrá pronto a manifestar el propósito final revelado en el Génesis en el mismo albor de la humanidad. Adán representa a la humanidad caída, y a él le fue dicho que una Simiente vendría abriendo un camino nuevo y vivo hacia el lugar santísimo, de manera que la muerte espiritual que le había acontecido -y que más tarde se convertiría también en muerte física- sería reemplazada por la vida eterna que conduce a la felicidad sin maldición alguna. Las pieles de animales con que Dios cubrió a Adán y a Eva después de su desolador pecado son una muestra de la futura provisión de Dios para la humanidad.  Cuando hubo llegado el tiempo en la historia, Dios aceptó el sacrificio de Cristo por sus elegidos y les cubrió con vestiduras de justicia.  Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,  siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,  a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,  con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:21-26).

El llamado final que nos hace la Escritura es a vestirnos del Señor Jesucristo, del nuevo hombre, de toda la armadura de Dios, como escogidos de Dios, de amor, de paciencia, y a revestirnos de humildad.  Concluyo con este texto encontrado en Hebreos 4: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

 

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 15:25
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