martes, 10 de febrero de 2009

Muchas personas religiosas se esfuerzan por mantener un vínculo con la idea del ´dios´ que fabricaron.  Un modelo de divinidad parece ser acogido por millares de seres humanos a través de nuestra historia.  Una gran diversidad de variaciones de ese prototipo de ´dios´ hecho a semejanza del hombre prorrumpe en las almas desoladas y sedientas del agua viva.  Sin embargo, resulta temerario recorrer los caminos que parecen derechos, pero que tienen un destino de muerte o perdición.

El Dios de la Biblia se manifiesta a sí mismo como el creador de todo cuanto existe.  Sabemos por la lectura de las Escrituras que se trata de un Ser Soberano.  No hubo ni habrá después de Él nada semejante.  Todo lo que quiso ha hecho y nunca ha tenido consejero.  Por supuesto que la vieja costumbre de construir a un ´dios´ conforme a nuestra semejanza ha ido modelando en nuestro espíritu y mente la configuración antropomórfica de la Divinidad.  Leemos las porciones de la Biblia e interpretamos de acuerdo a nuestros valores culturales.  Aquello que pudiera incomodarnos lo ajustamos al punto en que empezamos a llamar a lo bueno malo, y a lo malo bueno.

Esa distorsión en la percepción del otro interrumpe la adecuada comunicación. ¿Cómo puedo interpretar debidamente lo que el otro me dice, si yo tengo una imagen torcida de quien me habla?  Por ello suponemos que Dios guarda silencio.  Suponemos que demora responder a nuestras inquisiciones.  En esa visión distorsionada solemos decirnos ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos? (Job 21:15).
El Dios revelado se manifestó en forma humana; el Verbo se hizo carne.  Esa podría ser la forma más objetiva de comunicación para nosotros los humanos, en nuestra relación con el Ser Supremo.  El Verbo encarnado podría constituir un modelo de esfuerzo comunicativo ideal: ponerse al lado del otro, tratar de percibir como ese otro.

No bastaron los profetas o los salmistas, no fueron suficientes los patriarcas o todos los ungidos del Antiguo Testamento para configurar una imagen divina en la historia humana.  Hizo falta la manifestación encarnada del Dios vivo, eterno e inmutable.  De tantos nombres por los cuales se le llamó, nos quedamos con el más inmediato y terrenal, Jesús el Cristo. 

Ese intento celeste por perfeccionar la comunicación con nosotros debe rendir sus frutos oportunos.  Quizás el primero de ellos no sea otro que entender que la relación dialógica entre el Padre y nosotros ha de ser personal, individual  y con un código inteligible para el diálogo.  Personal por cuanto no tiene que pasar por la institución humana que se autoerige como intérprete traductor de la función dialógica.  Individual porque se dirige a lo indivisible que tenemos cada uno de nosotros, aquello que nos hace ser únicos y que aunque semejante en todos los humanos no se puede compartir: nuestra identidad.

Una comunicación personal e individual presupone un código inteligible particular, inherente a nuestra habla emocional, intelectual y espiritual.  Cierto es que la comunión horizontal entre los humanos toma en ocasiones forma de iglesia.  Pero no puede haber iglesia sin individuos, o sin personas.  De allí que se hace necesario redescubrir en nosotros mismos ese lenguaje con el cual nos sentimos parte del otro interlocutor.  El lenguaje es el que comunica, de eso tenemos ejemplo cuando el Verbo (La Palabra) se hizo carne.

Quizás nuestro problema comunicativo se funda en el hecho de que tratamos de comunicarnos con palabras de otros.  Tan estéril puede resultar ese intento comunicativo como aprenderse de memoria un diálogo para hablar con nuestros seres queridos.  Las palabras de la institución no perfeccionan ni fuerzan el diálogo.  Las palabras tomadas de otro no me comunican a mí. 

David fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios.  Eso nos impacta y de inmediato viene a nuestra mente Betsabé (recordamos su actuación bastante dañosa en cuanto a la ética y a la moral).  Sin embargo, no hubo otro que cantara tanto la grandeza y la misericordia de Dios, porque quizás no hubo otro que comprendiera tanto el uso de sus propias palabras y de su propio recurso lingüístico como David.  La actitud de este poeta no fue otra que intentar trasladar por medio de las palabras lo que su alma capturaba del Dios que le había elegido desde los siglos y le había separado de las ovejas de su padre, para venir a ser el nuevo pastor del pueblo que le tocó dirigir.

Las palabras de David están a nuestro servicio.  Podemos repetir esos salmos una y otra vez, pero no como quien memoriza a la usanza de un autómata un texto, sino como quien lo digiere en su alma. De esta forma, al leer uno de sus tantos cantos vamos añadiendo nuevos valores, nuevas esencias al olor fragante que emana de las alabanzas.  Sabemos que David fue un profeta; a lo mejor nosotros no vamos a profetizar al estilo de David, pero sí somos llamados a tener una comunión, a lo menos, a su estilo.  Sólo de esa forma podemos ser llamados conformes al corazón de Dios.

David parece haber descubierto que el Señor tenía un contacto personalísimo con él.  David no se confió sólo en el contacto histórico de su Dios con los profetas y patriarcas que le precedieron.  David también anheló el contacto íntimo que tuvieron Moisés, Samuel, Abraham, entre otros.  Caminar con Dios, ser conforme al corazón de Dios, ser amigo de Dios, fueron expresiones referidas a ilustres personas que pareciera hubieron descubierto lo mismo:  el beneficio de la comunión íntima. 

Tenemos además una promesa, del mismo Mesías, que nos recuerda que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad.  Le adoramos por su obra general, la creación, y por su obra particular, la salvación.  Pero sólo es posible adorarle en espíritu y en verdad a través de la comunión íntima.  La misma Biblia nos asegura de Dios que dice: Si alguno se gloría, gloríese en conocerme.  La gloria del creyente está en conocer a Dios, lo cual será posible si entendemos que no hay traductores ni intérpretes de la comunión.  La comunión es un acto individual y personalísimo, ´intuito persona´, como solían decir los romanos antiguos en referencia a ciertos actos del Derecho.  Cuando se contrata a un artista para que realice una determinada obra de arte, ese artista y no otro deberá hacer dicha obra.  Ese carácter jurídico es ´intuito persona´, por una persona en específico, ella sola y no otra.  Asimismo, la alabanza, la adoración, el temor, la comunión misma, han de ser intuito persona, con nuestros medios, nuestras formas individualísimas, conforme al raciocinio implantado por el mismo Creador en las mentes, espíritus y almas de sus escogidos desde los siglos para tales fines.

En la medida en que personalicemos los mecanismos de contemplación y adoración, en esa medida la relación con Dios correrá por un camino auténtico. Nacer y morir son dos actos personalísimos, nadie los puede hacer por nosotros. De igual forma, la relación con Dios es personalísima y pasa por la cámara secreta, cuando cerramos la puerta (a las voces del mundo) y tenemos comunión con el Padre que está en lo secreto, el cual ha prometido recompensarnos en público.  El mundo grita a voces y logra generar interferencia en nuestro ánimo comunicativo con el Padre. El mundo parece una sirena salida de los mares mitológicos, con un suave canto que atrae a las profundidades del abismo a las almas captivas por su sonido. Se dice de Ulises, un personaje también mitológico, que se ató al mástil de su barco para poder resistir el llamado de la sirena en el alto mar.  Así nosotros debemos cerrar la puerta, en la metáfora bíblica, para orar a nuestro Padre que está en lo secreto (como cuando Elías percibió a Dios sólo en el silbo apacible), el cual sin duda habrá de respondernos, pero sólo cuando logramos cerrar la puerta quedando fuera del alcance del mundo con sus  cantos de sirenas. De seguro Dios nos recompensará en público, haz la prueba!

César Paredes
retor7@yahoo.com

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:22
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