Jueves, 23 de octubre de 2008

El género epistolar tomó su auge en la antigüedad humana, desde hace cerca de 4.000 años, cuando en la antigua China se instituyeron mensajeros con el objeto de llevar misivas a múltiples destinatarios, si bien el correo como lo conocemos hoy día tuvo su origen organizativo bajo la tutela del Imperio Romano. En medio de la necesidad comunicativa humana con las personas alejadas a lo largo de las extensiones territoriales, los seres humanos empezaron a enviarse escritos, obsequios, cualquier instrumento que expresara la cercanía de la palabra.  Esa actividad fue dando paso a una cultura epistolar, legándonos el principio de que las palabras vuelan mientras lo escrito permanece,  y con el auge del cristianismo se retomó este género como uno de los instrumentos favoritos de la comunicación a distancia, cuando la cultura del libro también se hacía presente, pero sin la oportunidad práctica de la imprenta, que no aparece sino hasta el siglo XVI pese a los intentos hechos en siglos anteriores que nos dejaron algunas muestras de escritos impresos. Dentro de la práctica epistolar, el denominado Nuevo Testamento es una clara muestra de la relevancia que en su momento histórico tuvo este género literario, que nos exhibe su importancia artística y nos resume un conjunto de doctrinas muy variadas, pero de armonía coherente, que van a marcar la conducta y la esperanza de la iglesia incipiente. Trece fueron las epístolas paulinas, cuatro de las cuales fueron escritas estando Pablo bajo prisión. Efesios fue posiblemente una carta circular destinada a las iglesias de Asia Menor, y no necesariamente a una iglesia en particular, de acuerdo a lo expuesto por los estudiosos de la materia. La naturaleza de la iglesia y de la vida cristiana son los temas esenciales que dominan dicha epístola, pero dentro de esa naturaleza destaca el concepto apostólico, y por demás paulino, acerca de la predestinación y la elección de acuerdo a los propósitos eternos de un Dios soberano.

Aparte de la salvación por gracia, que no por obras, el apóstol nos habla acerca de la unión de dos pueblos, el de la circuncisión y el de la incircuncisión, pero ahora bajo el protectorado de Cristo. Un pueblo unido o único, el pueblo bajo la iglesia, el pueblo cristiano, pero que no por estar unidos en Cristo confunden su identidad, pues el apóstol continúa hablando de ellos en forma separada al decir porque por medio de él (de Cristo) los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Esos unos y los otros identifican la separación de las dos entidades, que solamente están unidas bajo el misterio de la iglesia en Cristo. Es por esa razón que el mismo autor de esta carta, cuando se dirige a los Romanos escribe acerca de la permanente identidad israelita, que aún estando bajo la unción del pacto de la iglesia (los judíos cristianos) seguían manteniendo identidad de pueblo del viejo pacto, no para que siguieran las costumbres de la ley, sino para que el propósito y promesas de Dios a Abraham tuviese perfecto cumplimiento en los tiempos, incluso en los aún por venir. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo (Romanos 11:25). Y continúa en el verso 28 haciendo referencia a los judíos no cristianos como personas enemigas del evangelio, pero que permanecen amados por causa de los padres, pues son producto de la elección como pueblo histórico para un propósito histórico que debe tener perfecto cumplimiento en la culminación de los tiempos. De lo contrario, dentro de la teología paulina, Dios sería incumplido, rompiendo sus propios compromisos, lo cual sería insoportable para la mente de Dios y para la mente del apóstol, así como para la mente de los creyentes.  Y todo esto porque Dios no ha desechado a su pueblo, sino que la transgresión de Israel ha venido a ser la riqueza del mundo y ¿cuánto más su plena restauración? (Rom.11:12).

Otro aspecto resaltante de la carta a los Efesios es la claridad de la lucha espiritual presentada contra las huestes espirituales de maldad, los principados, las potestades, los gobernadores de las tinieblas de este siglo, que se instauran en las regiones celestes. Este escenario topológico toma relevancia al ser comparado con otro escenario topológico que pertenece al creyente: estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús, quien también está sentado a la diestra del Padre en los lugares celestiales. De esta forma queda puesto en escena el ámbito espacial de la batalla del cristiano, de su ubicación material, recordándonos que este tránsito por la historia y por la tierra es casi una metáfora de una realidad que para nosotros parece virtual, pero que por el contrario es la verdadera realidad del creyente: en los lugares celestiales.  Ya lo decía Platón en La República, cuando hacía alusión al mito de la caverna, en donde nos mostraba que la realidad está del otro lado, y que este mundo es sola apariencia. Pablo entiende que la lucha histórica del creyente se da en un nivel supra-terrenal, contra seres sin carne y sin hueso, contra los gobernadores de las tinieblas. Lucha emprendida desde la dicotomía luz-obscuridad, pues seguimos al Padre de las luces, quien nos ha llamado de las tinieblas a la luz, pues hemos pasado de muerte a vida, ya que en un tiempo estuvimos muertos en delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire.

Esta presunción apostólica, no por ello menos cierta, conlleva a entender que ese príncipe de la potestad del aire (de los gobiernos de las tinieblas) ejerce su poder y dominio en el mundo.  Ese es el príncipe de este mundo, el cual nada tiene en Cristo, por lo cual el mundo lo sigue, sea abierta o ciegamente, pues se dice de él que cegó el entendimiento de los incrédulos.  En su gobierno, el mundo aprende a aborrecer a los hijos de Dios, bajo la inspiración de las huestes espirituales de maldad, bajo la influencia de los espíritus que gobiernan los aires. Dentro de esa espacialidad escenificada Pablo nos enseña que existe una lucha, una batalla, que se pelea en ese escenario, que aparenta ser virtual, pero que es nuestra veraz realidad.  El cristiano debe acostumbrarse a entender que sus luchas se ganan en un terreno espiritual-celestial, con armas –como dijera en otro contexto- que no son carnales, sino poderosas en Dios. De manera que las molestias históricas que siento, las incomodidades temporales que padezco, puedo enfrentarlas en lo que para nosotros sería una espacialidad virtual, pero que dentro de la enseñanza apostólica no es otra cosa que la realidad absoluta. Esa revelación paulina sobrepuja nuestro entendimiento inmediato de los fenómenos, impulsa nuestro entendimiento pragmático, para llevarnos a la comprensión del espacio donde mora el príncipe de este mundo. Ese es el verdadero campo de batalla, y Pablo lo sabía, pues estando preso en una cárcel pudo escribir esta epístola, mostrando que su lucha no era contra el carcelero, ni contra quienes lo habrían acusado falsamente, sino contra las huestes espirituales de maldad que gobiernan las regiones celestes.

Esa dicotomía espacial presentada pareciera materia quijotesca, tal vez un enunciado más para tildar de locos a los creyentes. Pero el mismo apóstol también dijo que Dios quiso salvar al mundo por medio de la locura de la predicación; y uno de los propósitos de las inescrutables riquezas de Cristo es que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales. Vaya misterio escondido desde los siglos, pero no porque haya estado oculto ha dejado de cumplirse.

Pablo inicia la carta a los Efesios presentando sus credenciales como apóstol, enviando gracia y paz, de parte del Padre y del Hijo. Primero la gracia, luego la paz como consecuencia de la gracia. Paz en medio de la lucha que se ha de entablar en aquellos lugares celestiales desde donde se gobierna el escenario del universo: por un lado el Hijo del Hombre, sentado a la diestra del Padre, por el otro lado el príncipe de las potestades del aire, gobernando el mundo.  Pero Jesús oró (según lo recogido en Juan capítulo 17) por los que el Padre le dio, y dijo no ruego por el mundo. El mundo no es el objeto de Dios, solamente sus elegidos que están en el mundo, escogidos desde los siglos, por la voluntad absoluta del Padre, que habrán de creer en su debido momento por la locura de la predicación, de ese evangelio que debe ser anunciado, pues de otra forma ¿cómo habrán de creer, si no hay quien les predique?  No obstante, los versos 8 y 9 del capítulo 2 de esta carta expuesta, anuncian que por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Después de dar sus credenciales, Pablo da la loa al Padre por la bendición dada en los lugares celestiales hacia su pueblo en Cristo, la iglesia. La alabanza se brinda por el regocijo de su escogencia desde antes de la fundación del mundo (compárese con la carta a los Romanos capítulo 9, cuando se nos dice que esa escogencia mostrada bajo el paradigma de Jacob y Esaú se hizo antes de que ellos hicieran bien o mal, para que la elección no estuviese fundamentada por obra alguna –que pudiera Dios prever- sino para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras  sino por el que llama-). Esa escogencia se hizo entre otros propósitos para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, pues fuimos predestinados en amor con un firme propósito, el de ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo.  Así como hay un propósito hay una razón: por el puro afecto de su voluntad. De esta forma, el autor de esta carta, el mismo de la carta a los Romanos, concuerda afirmando que de quien quiere tiene misericordia: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria (nótese que no dice que Él previó de antemano, como si viera en el futuro la buena voluntad humana), a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles? (Romanos 9:22-24).

Por todo lo cual, continúa el apóstol, tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia.  Más adelante añade que nosotros tuvimos herencia en Cristo, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria (Efesios 1:11 y 12).  Ese designio de su voluntad es de su incumbencia absoluta, y jamás podríamos siquiera sugerir que hubo en nosotros un ápice de buena voluntad o libre cooperación en nuestra naturaleza corrompida, muerta en delitos y pecados. La tarea completa es suya, suyo su objetivo, suyo su objeto, suyo su propósito. Nuestra la suerte, la herencia, la bendición espiritual. Por eso Juan en una de sus cartas proclama a gran voz Mirad cual amor nos ha dado el Padre,  que seamos llamados hijos de Dios. Ese título no se compra, no se mendiga, no se suplica. Ha sido una dádiva desde los siglos, con un propósito infalible, pensado por un Dios que no muda, pues siendo perfecto no tiene que corregir su obra. 

Dios no puede darse el lujo del descuido sucedido en la historia relatada por una célebre canción popular que se dice es inglesa: por culpa de un clavo se pierde la herradura del caballo, y por culpa de la herradura se pierde el caballo, y por culpa del caballo se pierde el jinete, y por culpa de perderse el jinete se pierde la batalla, y por culpa de perderse la batalla se pierde el Reino.  Pues pequeñas variaciones al inicio del proyecto salvífico pueden generar gigantescas transformaciones tan dinámicas que afectarían el propósito eterno de la redención (como el efecto de una mariposa que aletea en Japón y mueve los aires de París). Simplemente que se propuso el rescate de su pueblo elegido desde los siglos por su soberana voluntad, a través de la obra histórica de Jesucristo, dada a conocer por medio de la iglesia en la evangelización –que no se niega-, proveyendo junto con sus fines los medios idóneos para alcanzarlos. Un Dios que previó los detalles mínimos de la crucifixión de su Hijo, coordinando desde los siglos los efectos necesarios, no puede darse el lujo de fallar una sola vez (detalles de los cuales pueden hablar muy bien los físicos de la teoría del Caos, con el efecto mariposa). Por eso los más mínimos detalles de nuestra existencia, aunque no logremos comprender la magnitud de lo que la misma Biblia afirma, han sido pre-ordenados –así como las buenas obras- para que se cumpla su soberana voluntad.

Juan recoge en su evangelio (capítulo 11) la decisión tomada por Caifás, el sumo sacerdote de entonces, quien no la dijo de sí mismo, sino por tocarle profetizar: nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Con ello quiere Juan resaltar cómo un simple detalle de una opinión de alguien quien sin saber propiamente lo que estaba diciendo, que buscaba más bien sus intereses personales y el de su pueblo, obró de acuerdo al plan eterno de Dios, pero con un sentido de libertad individual. De manera que aquellos que se atreven a sugerir siquiera que en nosotros hay albedrío para procurar la salvación, pareciera que no han entendido a Cristo. Hubo un grupo de sus discípulos que se alejaron de él murmurando acerca de la predestinación, cuando Jesús les argumentó y les repreguntó si les molestaba lo que él decía, que nadie podía ir a Él si el Padre que me envió no le trajere. Esa molestia conllevó una reacción natural (y profiláctica para el grupo que se iniciaba en Cristo), pues se apartaron de Jesús diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  Jesús, según el relato de Juan, se volteó de inmediato a los doce restantes y les preguntó si ellos se querían ir también. Fue una pregunta retórica, de la que se sabía la respuesta esperada, por lo que Pedro dijo que no tenían a quién ir. Jesús les contra argumenta explicándoles que Él les había escogido a los doce, a sabiendas de que uno de ellos era diablo y le habría de entregar, refiriéndose a Judas Iscariote. De manera que siempre hay gente merodeando en las iglesias, como cizaña junto al trigo, tratando de colocar la carreta enfrente del caballo, como si el animal pudiera empujarla de esa forma. No podemos presumir que nosotros hemos querido por voluntad propia unirnos al Señor, simplemente tenemos que reconocer su soberanía absoluta, de acuerdo a su propio consejo, al propio afecto de su voluntad (aunque a algunos esta doctrina les parezca repugnante).

Otro de los grandes temas mencionados en esta epístola es uno de los roles del  Espíritu Santo, dado a los creyentes  como sello y garantía de nuestra redención.  Si el Padre se propuso la escogencia de un pueblo desde antes de la fundación del mundo, y el Hijo hizo posible la redención y el perdón de pecados, es el Espíritu quien nos garantiza con su presencia en nosotros la salvación final. Ahora armoniza perfectamente la trinidad divina, cada persona en una labor particular pero conjugada en una armonía soberana. Si recordamos la sentencia de Jesús en el evangelio, acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo, la cual no será perdonada ni en esta vida ni en la venidera, debemos entender que no es posible blasfemar contra un objeto. Blasfemar es vituperar o criticar a alguien con dureza, censurarlo. No podemos vituperar a un objeto, siempre se hace contra una persona, por lo cual ese texto serviría para demostrar que el Espíritu Santo no es una fuerza o un poder de Dios, sino una persona de la divinidad. Jesús se refirió de Él diciendo que enviaría al Consolador, al Abogado (en griego Parakletos), bajo una actividad de roles personales.

Es Pablo en la carta a los Romanos quien sigue advirtiendo acerca del Espíritu Santo, diciéndonos que quien no lo tiene no es de Cristo, pues Cristo lo prometió a los creyentes.  El Espíritu, continúa Pablo, intercede por nosotros con gemidos indecibles (otro carácter personalísimo); Juan nos habla de la unción del Santo, que nos guía y nos enseña (función pedagógica, en el sentido griego de quien conduce al niño, por lo cual es una función personalísima). El Espíritu interpreta al Padre para interceder por los santos, otras dos funciones intelectuales, interpretar e interceder, no propias de un objeto o de una energía, sino de una persona.  El Espíritu Santo es la promesa especial del Padre a aquellos que pertenecen al Hijo, el cual nos va configurando a la imagen del Hijo mismo, mostrándonos el Reino, el cual no es otro que justicia, gozo y paz en el Espíritu, convenciendo al mundo de pecado, de justicia y de juicio, labores todas ellas de una persona, no de una fuerza. Como ya señalamos antes, el Espíritu Santo es dado en cumplimiento de la promesa hecha por el Padre, ejecutada bajo la figura de un sello de garantía, como la marca indubitable de los elegidos por el Padre. Además, se convierten  las arras o garantía, en el gran compromiso para con nosotros, así como compromiso veraz fue el que Dios hiciera con Abraham, cumpliéndose hasta en una jota y en una tilde cabalmente.

La historia relata la forma en que los monarcas antiguos mostraban sus títulos de propiedad en documentos sellados con sus anillos reales. Esa figura es la utilizada por Pablo para mostrar la proveniencia de semejante legado, un origen de realeza, del Rey de reyes, un legado incorruptible, eterno, inmutable, sellado no con un anillo, lo cual hubiere bastado por su origen mismo, sino con el mismo Espíritu Santo que pasaría a simbolizar no sólo el sello o la impronta de Dios Padre, refiriendo con ello al propietario (el Padre) del objeto sellado (las almas de los creyentes), sino simbolizando además las primicias, la garantía del inicio de la redención que se completará en el día de la redención final, cuando con cuerpos transformados lleguemos a ser semejantes al Redentor. Pero hay más, la figura utilizada por Pablo en la carta a los Romanos indica que el Espíritu Santo ha sido injertado en nosotros, de allí la garantía indisoluble, fundido en nuestra vieja naturaleza, transformándola, lo cual hace imposible que el objeto sellado y adquirido pueda ser ignorado o pasado por alto, o desvinculado del poseedor que posee desde los siglos por el puro afecto de su voluntad -he allí el valor de sello y de arras. Como su voluntad es inmutable, no hay ni una sola razón para que pueda desvincularse el objeto adquirido de la esfera del poseedor, pues el objeto es pasivo y la voluntad del poseedor es activa y mostrada de manera absoluta, no sólo por la naturaleza de quien posee, sino por la naturaleza de la garantía, una de las personas del Dios Trino.

El sello del Espíritu marca el inicio de nuestra redención en la historia. Si el Padre ya lo había ordenado desde la eternidad, y el Hijo lo hizo posible en la cruz, entonces el Espíritu aplica esa redención en cada elegido para salvación, dándose Él mismo como arras, como garantía de la redención, permaneciendo en nosotros hasta el fin del mundo. Esa es la promesa de Jesucristo y Él siempre cumple. El Espíritu Santo hace posible en la historia la manifestación y concreción de la obra salvífica de Jesucristo, en el cumplimiento del propósito eterno del Padre. De nuevo, Pablo dijo que quien no tenga el Espíritu de Cristo no es de Él. Eso implica que cuando nacemos de nuevo lo hacemos no por obra de carne o por voluntad de sangre (o de varón), sino por voluntad de Dios, en una labor del Espíritu –en enseñanza de Jesús a Nicodemo-; de esa forma y a través del nuevo nacimiento el Espíritu es injertado en nosotros, nos es dado como la garantía pública y notoria de que somos hijos adoptivos de Dios, y si hijos también coherederos con Cristo. Por eso es muy simple la aseveración paulina acerca de que quien tenga al Espíritu de Cristo es de Él, caso contrario no sería de Él. Lo que quiero resaltar es que no es posible el nuevo nacimiento como un acto separado del sello del Espíritu, sino que todo va junto. Hubo ciertos casos en el Nuevo Testamento, como se señala en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando unos creyentes no habían recibido el Espíritu. Esos creyentes habían recibido el mensaje de Juan el bautista (bajo la ley que era hasta Juan), y cuando se les imponen las manos de manera especial en ese entonces reciben el Espíritu. Las lenguas habladas en ese momento, por esas personas, así como por el otro grupo de creyentes gentiles y los del Aposento Alto, fueron dadas como una señal relatada en Isaías (De eso ya hemos hablado en otra entrega, De las lenguas y la maldición pentecostal).

Para finalizar, a pesar de haber iniciado con el libro de Efesios, quiero terminar con un texto de la carta a los Romanos, también del mismo autor, en la misma idea, con el mismo juicio, bajo la misma inspiración de Dios, que nos narra acerca de la esperanza bienaventurada que tenemos en Cristo. Porque el  amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5:5).

César Paredes  

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:45
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