sábado, 23 de agosto de 2008

En el Antiguo Testamento encontramos recomendaciones sobre la manera adecuada para orar.  En muchas de ellas se nos advierte limpiarnos las manos manchadas de sangre, como un recordatorio a limpiarnos de toda iniquidad, a dejar de hacer lo malo.  Una de esas advertencias se especifica como el impedimento para que Dios escuche nuestras oraciones,  no obstante, el mismo Dios dice a continuación: Venid luego, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Isaías 1: 18).

En la época veterotestamentaria era implícito el hecho de tener que recurrir al sacerdote levítico para poder expiar el pecado del pueblo, a través de sacrificios animales, como prefiguración del sacrificio del Cordero de Dios que habría de ser inmolado en la cruz.  En el Nuevo Testamento, Jesús inaugura el Nuevo Pacto. En ese nuevo pacto Cristo mismo anuncia a sus discípulos, y con ellos a nosotros, que estamos limpios. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado (Juan 15); el que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos -Porque sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: No estáis limpios todos- (Juan 13: 10-11).

Teniendo en mente estos dos contextos, el del Antiguo y el del Nuevo Testamento (que no es otro que el del antiguo y el del nuevo pacto), podemos enfocar el sentido práctico de la oración para los creyentes en Cristo.  Es un mandato, un deber, pero también un privilegio cargado de confianza.  Confianza traducida en que si se pide conforme a la voluntad del Señor se tiene todo lo que se le pida.  Confianza en el hecho de pedir con fe, no dudando, para no ser como nube de agua llevada por todo viento de un lado a otro.  Es desde esta perspectiva de la confianza que se nos recomienda orar, orar en todo tiempo y bajo toda circunstancia, pues la oración no solamente constituye un acto o una actividad puntual, concreta, sino que implica una actitud constante dentro del proceso de comunión del creyente con su Creador. 

Los llamados a acercarnos confiadamente al trono de la gracia, a no estar afanosos por nada, sino a dar a conocer a Dios todas nuestras peticiones con acciones de gracias, prefiguran ellos mismos un anticipo del éxito de la empresa acometida.  Dado que Dios no miente, no pondríamos en duda ni una tilde de lo dicho por el Señor acerca de la oración.  Al contrario, son múltiples los testimonios recogidos en la Biblia sobre el proceso de la oración y sus consecuencias de provecho para el hombre que batalla dentro de las luchas espirituales. Un Dios que ha preordenado todo lo que acontece, que ha preparado incluso las buenas obras para que nosotros andemos en ellas, ha preparado sin duda el éxito de la empresa de oración.  Pero no sólo esto, sino que aún la oración es parte del mecanismo que Él ha instituido desde los siglos para otorgar parte de sus favores específicos.  Digo parte, pues muchos de sus favores vienen no por nuestras oraciones, sino por sus otros actos soberanos. Pero cabe destacar que el llamado a la oración se hace para que nos estimulemos a participar de una comunión específica y particular con el Todopoderoso.

En esas actividades de comunión íntima que vamos teniendo en la medida en que practicamos la actividad de la oración, realizamos también su voluntad.  Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.  Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová… (Jeremías 29: 11-14). Dios se alegra en hacernos bien (Jeremías 32:40), por lo tanto tiene pensamientos de bien para nosotros, pero no para darnos un fin distinto al nuestro, sino igual al que esperamos. En otros términos, corresponde a cada creyente, a cada individuo que lucha en oración, que mantiene la comunión que es la oración misma, indagar la voluntad particular de Dios para su vida, de tal forma que el don obtenido sea idéntico al don pedido, pues la promesa implica darnos el fin que esperamos.  No se trata de pedir, como advierte Santiago, para gastar en nuestros deleites y vanidades, sino conforme a la voluntad de Dios. Su voluntad es agradable y perfecta, nos gusta, la deseamos.  Su voluntad la vamos conociendo en la lectura de la Biblia, en la meditación que de ella hagamos, en la oración del día a día.  El Espíritu nos enseña a pedir como conviene; se nos recomienda a no mirar mucho nuestras caídas y traspiés, pues en esa lucha contra las huestes de maldad en las regiones celestes somos soldados, con la armadura de Dios puesta, batallando con la espada del Espíritu, que es la Palabra, y la oración.  La prueba de no mirar mucho nuestras caídas y traspiés la da Santiago, cuando expone acerca de Elías, el hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, el cual oró para que no lloviese, y no llovió durante más de tres años, y luego oró para pedir la lluvia y llovió.  De manera que hay ejemplos variados en las Escrituras acerca del propósito, de la manera, del deber y del privilegio de la oración, y Elías es un ejemplo claro de ello, pues no se detuvo en sus limitaciones como humano, no se quedó perplejo contemplando sus limitaciones, sus caídas, sus traspiés, sino que a pesar de sus pasiones semejantes a las nuestras, oró y volvió a orar siempre.

El libro de Romanos dice que la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza (Romanos 8:20); esto nos induce a pensar y a sostener que esa esperanza es Jesucristo, una esperanza que no avergüenza, sino que estimula a una vida productiva y de riqueza espiritual. El asunto es  que estamos en el mundo y en el mundo tenemos aflicción.  Dentro de esa aflicción somos llamados a esperanza a través de la comunión con Cristo.  No hay mejor derrotero que continuar en el proceso de oración, en el camino de oración, en especial aquella oración secreta que es recompensada en público.  Una de las tantas recomendaciones recogidas en la Biblia acerca de la manera como debemos orar, constituye la oración secreta. Jesús nos recomendó entrar en nuestra cámara secreta, cerrando la puerta, orando al Padre que ve en lo secreto, el cual nos recompensaría en público.  Esta estrategia es una de las más estimulantes en los episodios de la vida del cristiano.  No se nos exige echar los cuentos de manera pública en una iglesia, ni tampoco comentar nuestros secretos con los demás hermanos.  Es cierto que hay oraciones concertadas en la iglesia, que tenemos que orar los unos por los otros, que podemos convenir con los hermanos acerca de determinados propósitos de oración.  Sin embargo, también es cierto que se nos da la oportunidad y el placer, privilegio sin igual, de orar en secreto.

Esa comunión en la cámara secreta presupone varios elementos que nos incitan a orar; uno de ellos es el hecho de que podemos mantener secretos con Dios, podemos entender que Él es un Dios de confianza, veraz, que no va a estropear nuestra confidencia.  Otro de los elementos es que no tendremos nunca de qué avergonzarnos, pues tenemos el fuero de ser llamados hijos de Dios.  Juan dijo en una de sus cartas y en forma expresivamente poética lo siguiente: Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios.  Ese privilegio no se comparte con el mundo, pues el mundo no conoce a Dios, le rechaza por naturaleza, no fue objeto de la oración de Jesús reseñada por Juan en su evangelio capítulo 17, cuando dijo: no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son.  En la comparación que hace Salomón en el libro de los Proverbios acerca de la oración de los rectos y justos, se coloca como antítesis el sacrificio de los impíos, de los cuales se dice que es abominación a Jehová, quien está lejos de ellos (Proverbios 15:8,29).

Pero hay más, pues Pablo en Romanos capítulo 8 nos aclara que nosotros ya no andamos en las obras de la carne, pues el Espíritu de Dios mora en nosotros, y todos los que somos guiados por el Espíritu de Dios somos hijos de Dios.  Por medio del espíritu de adopción clamamos ¡Abba, Padre! De esta forma el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y de que ya no tenemos el espíritu de esclavitud (el mundo, el pecado) para estar otra vez en temor.  De allí que en la oración secreta no puede haber temor alguno, sino confianza. En la cadena de oro del cristiano, relatada en Romanos 8, se nos dice que fuimos  conocidos por Dios (recordemos que el verbo conocer en varias oportunidades aparece en la Biblia no como indicador del acto cognoscitivo, sino como indicador de tener comunión íntima con Dios. Se dice que José no conoció a María hasta que dio a luz al niño; sin embargo, el mismo relato bíblico señala que José llevaba a María, su esposa, al pesebre, montada en un asno. Eso último demuestra que José sí que conocía –desde el punto de vista cognoscitivo- a María, pero pone de manifiesto que no tuvo comunión –no la conoció, no tuvo relaciones íntimas con ella- hasta que dio a luz al niño. Otros textos señalan igualmente la misma idea: Jesús dijo de los falsos profetas que les dirá en aquel día: apartaos de mí malditos, nunca os conocí –nunca tuve comunión con ustedes- lo cual supone asimismo que el Señor que conoce todas las cosas cognoscitivamente, pues es Omnisciente, sí les había conocido cognoscitivamente, pero no había tenido comunión íntima con ellos.  De allí que estos pasajes, al igual que otros donde aparece el verbo conocer, han de interpretarse bajo ese contexto o criterio, el de la comunión íntima). Fuimos conocidos por Dios, lo que equivale a decir que estuvimos bajo la comunión suya, como objetos de su amor, por lo cual nos predestinó, nos llamó, nos justificó, nos glorificó.  Si nos justificó quiere decir que nos declaró justos delante de Él.  De manera que ya no estamos bajo esclavitud ni bajo temor, sino bajo el espíritu de adopción, desde el cual no se nos rechaza nuestro clamor.  Y porque nuestra oración no es impía no es rechazada!

Otro de los elementos de la oración secreta se vincula con el acto de cerrar la puerta.  La oración secreta supone esa comunión íntima que nos separa del ruido del mundo, pues la analogía prevista en el cerrar la puerta implica separarnos del ruido informativo al que a veces somos sometidos.  Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero una vez que hemos cerrado la puerta a esos pensamientos perturbadores que nos agobian con las peticiones que debemos hacer, el Espíritu mismo nos ayuda en nuestra debilidad, intercediendo por nosotros con gemidos indecibles.  Es en ese acto de comunión íntima con el Padre donde vamos a ser escuchados perfectamente, porque vamos a exponer lo que nuestra alma desea exponer, sin el ruido del mundo, sin la vergüenza pública de tener que decir ciertas cosas que nos son incómodas el que se conozcan.  Y el elemento resultante de la estancia en la oración secreta consiste en que nuestro Padre nos recompensará en público.  Es allí donde el escenario de nuestra timidez no nos dejaba expresar los pensamientos íntimos del corazón, pero es allí precisamente donde se confirmará la respuesta a nuestra oración.  No será un acto subjetivo de sugestión, de suposición, sino un acto objetivo rodeado por testigos que validarán el hecho mismo de recibir lo que ellos no saben que hemos pedido.  El secreto entonces continúa, pues solamente se refleja ahora en nuestra sonrisa, pública también, producida por el acto generoso y sutil del Padre que responde.  Por supuesto, ese secreto lo podremos romper cuando queramos hacerlo, cuando queramos compartir con los hermanos la respuesta recibida, pero no se nos exige que lo hagamos. 

La respuesta a la oración secreta nos estimula la fe, la confianza, lo cual redunda en el beneficio del continuo orar, porque nadie puede querer detenerse cuando su oración secreta ha sido respondida en público.  Con razón Jesús se la pasaba orando en esta tierra, y aún intercede por nosotros. Dice el autor de Hebreos: Acerquémonos, pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Nótese que se nos coloca el adverbio confiadamente, el cual califica al verbo acercarse, de tal forma que la manera como debemos acercarnos a Dios es bajo confianza, pues ya no tenemos el espíritu de esclavitud para estar otra vez bajo temor (ese temor que no es reverente, sino de susto).  La confianza que tenemos delante de Él es que si pedimos algo conforme a su voluntad, Él nos oye, y si sabemos que Él nos oye tenemos las cosas que le hayamos pedido.  El círculo se completa: la oferta sigue válida y abierta, pero bajo una sola condición, su voluntad. Esa voluntad no es gravosa, siempre se cumple, es agradable y perfecta, la podemos conocer, pues tenemos el Espíritu. La mejor forma de conocerla para el día a día nuestro consiste en estudiar las Escrituras, que dan testimonio de Jesús, y comenzar a orar en la cámara secreta.  Tenemos el testimonio de Elías, recogido en el Antiguo Testamento,  además de relatado por Santiago, el apóstol: un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.  Elías pasó incluso por la pasión del deseo de suicidio, pues llegó a decirle a Dios quítame la vida.  Pero Elías oraba, y fue oído.  La promesa para nosotros es que seremos oídos.  Baste solo mirar la cadena de oro reseñada en Romanos 8, para entender que lo que somos se debe solamente a su soberana voluntad.  De tal manera que orar es simplemente otro camino por el cual se nos recomienda andar, el mecanismo ideal para darnos el fin que esperamos.  El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?

César Paredes

retor7@yahoo.com

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 23:12
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