miércoles, 13 de agosto de 2008

Después de que Jesús advirtiera a sus discípulos que se guardaran de la levadura o doctrina de los fariseos y saduceos, les preguntó qué decía la  gente acerca de Él. Entonces respondieron ellos diciéndole que unos opinaban que era Juan el Bautista, otros que era Elías, otros suponían que Jesús era el profeta Jeremías. Esta manera de preguntar no es más que una forma de enseñar, de catequizar, pues después de escuchar esas respuestas Jesús pasa a la segunda y más importante pregunta: ¿Y cuál es la opinión de ustedes?  ¿Quién soy yo para ustedes?  Esta interrogante está planteada bajo la intención de crear distinción entre la opinión de la gente en general y la opinión de sus discípulos en particular. Pedro se dispuso a responder diciéndole que Jesús era el Hijo del Dios viviente, el Cristo mismo. 

La respuesta de Pedro fue suficiente para que Jesús continuara con su catequización.  En Mateo 16, donde se encuentra este relato, vemos la manera como el Señor adoctrina a Pedro y al resto de los doce.  Cuando Pedro se llamaba Simón, Jesús le había cambiado el nombre diciéndole: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)-Juan 1:42. El cambio de nombre no es caprichoso sino simbólico, pues Simón quiere decir caña, una especie de pasto que crece en el monte y que es movido fácilmente por el viento; en cambio, Pedro o Cefas quiere decir roca, entidad mucho más pesada y estable que la caña y que no es movida fácilmente por el viento.  Con ese cambio de nombre Jesús estaba preparando a Pedro (el antiguo Simón, hijo de Jonás), mostrándole la manera en la que iría siendo transformado su carácter.  Jesús ahora aprovechaba el anuncio hecho a Pedro sobre su cambio de nombre y le recordaba su vieja identidad.  Le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás… En este momento Pedro recuerda su antiguo nombre ligado a su padre terrenal, un pescador como lo había sido él mismo.  Quizás esto parezca como un volver atrás, a sus orígenes, a tener presente de dónde lo había llamado Jesús; quizás implique también que voluntariamente el Señor le advertía en este breve descenso a su pasado que no debía insuflarse por lo que escucharía a continuación: porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Ya esta declaración debería ser suficiente para alegrarse en forma especial, pues el mismo Hijo de Dios le reconocía el hecho de que el Padre le había revelado semejante información.

En este punto pudiéramos deducir que el reconocimiento que hiciera Pedro no pudo ser posible sino por la revelación del Padre.  Este era un secreto que debía mantenerse callado hasta que a su tiempo fuese dado a conocer a voces, pues la hora de Jesús no había llegado aún, y el misterio de la Iglesia no había sido revelado entonces.  Pero hay más en esta declaración, pues entendemos que corresponde a un acto soberano del Padre el dar esta revelación. Aunque se nos ha exigido anunciar el evangelio a toda criatura, muchos no entienden y tienen sus oídos tapados, pero sólo hay un grupo a quienes esta revelación les produce el fruto de la comprensión sistémica del evangelio de Jesucristo. 

Continuó Jesús diciéndole: …tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. De igual forma en que a Pedro le fue dada la revelación afortunada de que Jesús era y es el Hijo de Dios, el Cristo esperado, a muchos de nosotros nos es dada la revelación del sentido de estas palabras del Mesías: …sobre esta roca edificaré mi iglesia.  ¿Cuál roca? Algunos han entendido que la roca es Pedro mismo, como si él fuese suficiente para soportar el peso de la iglesia.  Recordemos que este mismo Pedro, que aparece después en Pentecostés anunciando el evangelio es reprendido por Pablo, según el relato hallado en el libro de los Gálatas 2:11, porque era de condenar.  De manera que la fortaleza en que se iba transformando el apóstol no era suficiente material para soportar los embates del infierno.  Por otro lado, Jesús mismo le había recordado al apóstol que él seguía siendo Simón, el hijo de Jonás, transformado ahora en Pedro, pero con su vieja naturaleza. Asimismo, todos nosotros mantenemos nuestra naturaleza pecaminosa, si bien somos redimensionados con una naturaleza nueva producida y dada en el nuevo nacimiento, cuando el Espíritu de Dios nos ha sido dado como garantía de nuestra pertenencia al Padre.  Por eso Pedro no podía ser el objeto de esta declaración de Jesús.

¿Cuál roca?  La roca es la confesión dada por Pedro acerca de quién era el Cristo, El foco de la catequización del Señor no era otro que la opinión dividida entre la gente y sus pocos discípulos del momento.  En esta opinión dividida el único acierto constituía una verdadera roca, una fortaleza. Curiosamente esa opinión acertada pronunciada por Pedro no salió de él mismo, de sus elucubraciones intelectuales calculadas, sino que le fue dada por el Padre.  Esa confesión legítima se convierte en el fundamento de la Iglesia de Cristo, pues ya el Señor es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20), lo cual lo constituye tanto en el fundador de la iglesia como en la fundación misma de ella.  Ni Pedro es el fundador de la iglesia, ni tampoco es la fundación de ella.  Sobre esta roca -confesión hecha bajo la revelación del Padre- edificaré mi iglesia; acá vemos que Jesús es el fundador, pero que la revelación del Padre anuncia ya el material del cual estaría construida la iglesia.  Esa materia prima es la sustancia de la confesión bajo revelación de que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Esa es la garantía de la iglesia para que las puertas del Hades no prevalezcan contra ella.  Los llamados a estar fuera del mundo lo estamos en la medida en que confesamos que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor (asunto hecho por Pedro) y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10).  Precisamente eso fue lo que hizo Pedro en el día de Pentecostés, como veremos más adelante.

Pero la catequización de Jesús hacia sus discípulos continuaba y por eso agregó: …Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.  ¿Cuáles llaves?  ¿Para qué sirven esas llaves?  Notemos que el Señor no le dijo a Pedro que él le había dado las llaves, en tiempo pasado; tampoco le dijo te doy las llaves, en tiempo presente, sino que lo hizo en tiempo futuro, como una promesa o como una profecía.  Por lo tanto tenemos que mirar cuándo se hizo efectiva esa promesa, cuándo se dio cumplimiento a esa profecía. 

Todo el Nuevo Testamento nos deja claro que ´las llaves del reino´ son figurativas, pues no necesitamos ningunas llaves particulares para abrir puertas, así como tampoco Pedro llega a ser portero del cielo.  Sólo Dios tiene potestad de dejar entrar o impedir entrar a su reino.  Ya Isaías hablaba de la llave que abre y que cierra: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá (Isaías 22:22). Otro texto aclaratorio acerca del significado figurativo de las llaves se encuentra en Lucas 11:52: Ay de vosotros, intérpretes de la ley!  Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis. Esto implica que las llaves representan las buenas nuevas que nos brindan el acceso a la vida eterna.

El cumplimiento de la entrega de las llaves del reino, que son como ya dijimos las buenas nuevas de acceso a la vida eterna, se realiza en dos actos. El primer acto tiene lugar ante el pueblo judío, la casa de Israel, pueblo que esperó el día de Pentecostés, en forma unánime y junta.  Allí Pedro enuncia su gran discurso, poniéndose en pie, alzando la voz y promulgando la explicación de lo que acontecía con el derramamiento del Espíritu, otra promesa también anunciada por Jesús, cuando prometiera al Consolador, que como su nombre lo indica no es una energía sino una persona que nos guía.  Este acto está narrado en Hechos capítulo 2.  Posteriormente, cuando Pedro junto con Juan están ante el concilio, Pedro, lleno del Espíritu Santo les dijo: …Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo (Hechos 4:11).  Observamos que Pedro no se atribuyó a sí mismo el hecho de ser la piedra angular sobre la cual se fundaría la Iglesia en Pentecostés, sino que se lo atribuyó a Cristo, pues recordaba cuando el Señor le había dicho Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia, en el entendido de que esa roca no era otra cosa que la confesión que bajo revelación del Padre había hecho de Jesucristo como el Hijo del Dios viviente.  Si la confesión de que Cristo es el Hijo del Dios viviente es una roca, ¿cuánto más roca no lo será el Hijo mismo?

El segundo acto se realiza cuando el mismo Pedro anuncia el evangelio a los gentiles, acto narrado en Hechos capítulo 10.  Dice el libro en el verso 25 que cuando Pedro entró a casa de Cornelio, éste se postró ante sus pies y lo adoró. Vemos también que acto seguido Pedro le reprendió y le instó a no adorarle y a no inclinarse ante él, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre.  Con la entrada de un judío a casa de un gentil para compartir el evangelio del reino, anunciado primeramente a los judíos en el día de Pentecostés, se está dando la apertura para la evangelización en el mundo gentil.  Acá se termina de cumplir, con este segundo acto, la promesa de las llaves que abre la puerta del reino para la humanidad partícipe de esta manifestación de gracia soberana.  Este acto dejó maravillados a los fieles de la circuncisión que acompañaron a Pedro a casa de Cornelio.  Las llaves y no la llave implican al menos dos puertas para abrir: la del mundo judío y la del mundo gentil.  

En cuanto al atar y desatar está ligado a las actividades cotidianas inherentes a la iglesia, toda vez que queda inaugurada en estos dos acontecimientos reseñados en el libro de los Hechos de los Apóstoles.  Henry Mattew, célebre comentarista cristiano, propone ciertos criterios para la comprensión de la funcionalidad de las llaves, funcionalidad que se proyecta en el atar y desatar.  El hace referencia a lo que las llaves abren:

1.     Evangelio predicado a judíos y gentiles;

2.     La llave de la doctrina;

3.     La llave de la disciplina.

Ya vimos lo referente al evangelio predicado a judíos y gentiles, ahora veamos la funcionalidad de esas llaves en cuanto al cuidado de la doctrina.  Dice el profeta Oseas (capítulo 4): Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.  Pablo le recomienda a Timoteo que se ocupe de la doctrina, que la cuide. Asimismo Pablo en un discurso dado en Mileto reconoce que él no ha rehuido dar todo el consejo de Dios.  Esa llave del reino cobra ahora funcionalidad pragmática en la iglesia incipiente, pero dicha funcionalidad continúa vigente en la historia de la iglesia hasta nuestros días, por cuanto las necesidades son similares y las enseñanzas se mantienen válidas.  Lo referente a la disciplina es otra de las funcionalidades de las llaves del reino, sin embargo, su valor fundamental se explicita en el atar y desatar.  Esa disciplina, como bien dijera Mattew,  no es legislativa sino judicial.  La legislación nos es dada por herencia, mas la judicialidad es tarea de la historia de la iglesia.  Ya el libro de Corintios presenta el relato de un caso de inmoralidad juzgado, en el cual Pablo recomienda una determinada sanción en 1 Corintios 5:1 y una restauración de la misma persona en 2 Corintios 2:7.  De igual forma esa judicialidad se aplica frente a Simón el mago, caso reseñado en el libro de los Hechos, capítulo 8 verso 21.  Pedro le dijo a Simón el mago: No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. También sabemos de la disciplina sufrida por Ananías y Safira, según relato de Hechos 5.  Asimismo, Pablo en su carta a Timoteo le dice que él entregó a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendiesen a no blasfemar.  Los casos de declaración de herejes en la iglesia de los primeros siglos constituyen también un claro ejemplo de la disciplina. 

Pero había dos escuelas judías encargadas de la interpretación de sus leyes. Una era más permisiva que la otra. De esta forma la permisiva desataba (la escuela de Hillel) y la menos permisiva ataba (la escuela de Shammai).  Ese contexto histórico servía de apoyo a los apóstoles, judíos todos, para comprender la importancia de la nueva judicialidad en la iglesia. Tanto es así que el contexto en que se profieren las palabras de Jesús es un contexto de disciplina.  Véase el texto comprendido en Mateo 18: 15-22 en el cual Jesús argumenta sobre la necesidad de perdonar al hermano, así como sobre el proceso judicial dentro de la iglesia. La cultura del atar y desatar estaba muy arraigada en los judíos de esa época, y Jesús mismo hablaba referente a los escribas y fariseos como personas que atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. De manera que Jesús dejó un mecanismo disciplinario para su iglesia consistente en atar y desatar.  Asimismo, hemos de entender que su referencia a remitir y retener pecados gira en torno al hecho de la predicación del evangelio, a la gran posibilidad dada por la significación de las llaves del evangelio del reino.  Por eso cuando el Señor resucitó y apareció a sus apóstoles, les sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.  A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos;  y a quienes se los retuviereis, les son retenidos (Juan 20:22-23).  El sentido de este pasaje no es que el hombre pueda perdonar o retener pecados, como bien quedara manifiesto en Isaías 43: 25: Yo, yo soy el que  borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

El texto reseñado en Juan 20 implica que el Señor les dio un mandato a sus apóstoles, no a uno solo en particular.  Además, implica que al pregonar el evangelio habrá gente que rechazará al Señor del evangelio, y él dijo que quien le rechazare y no recibiere sus palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Por eso Pedro, siguiendo el mandato recibido, les dijo a la multitud: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38); pero en Hechos 3:19, ante otro grupo de personas proclama: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio… De manera que se cumple la remisión o la retención de pecados en el accionar de la evangelización.  Pero hay más, pues Ananías y Safira, como mencionáramos mucho antes, recibieron castigo en virtud del mandato del Señor a sus apóstoles.  Y Pablo reprende a Elimas, quien es cegado por un tiempo (Hechos 13:11).  Todos estos hechos ocurren en el proceso de la predicación del evangelio y de la administración de la iglesia, de manera que lo expresado por Jesús en cuanto a las llaves del reino, a la confesión revelada de Pedro, a la posibilidad de retener o remitir pecados por parte de sus apóstoles, el hecho mismo de atar o desatar en el contexto disciplinario, ponen de manifiesto la discrecionalidad del Espíritu de Dios obrando en y con la iglesia a través del apostolado, y a través del ministerio de sus pastores.

Grande es el misterio de la piedad, como dijera Pablo, pues Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.  No obstante ese misterio, el mismo Espíritu le dijo a Pablo que en nuestros días muchos caerían en la apostasía escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.  Estos apóstatas, como bien lo declara Juan en una de sus cartas, salieron de nosotros pero no eran de nosotros.  El enemigo de las almas tuerce las Escrituras, por lo que una explicación de las mismas puede enderezar el camino de los que realmente buscan la verdad.  El asunto es que la verdad puede espantar a muchos, como espantó a muchos discípulos que habían disfrutado de la compañía del Señor, presenciando sus milagros, comiendo de los panes y los peces multiplicados.  En una ocasión Jesús les exponía que nadie podía venir a Él si el Padre no le trajere.  Eso motivó a la murmuración y Jesús les increpó ratificándoles esa verdad.  Al instante muchos de sus discípulos le dejaron y murmuraban diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  Hay gente que oye la verdad pero le parece dura, y prefiere entonces ir a los charlatanes y burladores para que les entretengan con vanas palabrerías.  Jesús no fue tras esa gente preocupado ni por sus almas, ni preocupado porque eran muchos los que se fueron.  Por el contrario, dice la Biblia que se volteó a los doce y les increpó diciendo: ¿queréis vosotros iros también?  Y más adelante les volvió a decir a los doce: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?, referido este último a Judas Iscariote, el que le habría de entregar.  Por lo tanto, Jesús sabe todo, conoce todo, sabe quiénes son sus ovejas y sus ovejas al oír su voz le siguen.  La gran pregunta queda en pie, ¿te incomoda la verdad y te parece dura?, o por el contrario dirás como el apóstol Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:03
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