S?bado, 14 de junio de 2008

Cada día que se va sucediendo en nuestra existencia supone una victoria alcanzada en la lucha que tenemos en el mundo.  Recordamos las palabras de Jesús que nos advertían que en el mundo tendríamos aflicción, y también cuando dijo que él no había venido para dar paz en la tierra, sino disensión.  La disensión propuesta por Jesús arranca desde el seno familiar: padre contra hijo, madre contra la hija, la suegra contra su nuera y así sucesivamente. 

Esta lucha cotidiana se presenta en el creyente por la razón sencilla de no pertenecer a este espacio en el cual habitamos;  estamos en el mundo, pero no somos del mundo.  Todo el problema radica en el ser  y en el estar.  Muchos llegan a confundir el hecho de habitar por mucho tiempo un determinado espacio o lugar con la pertenencia a ese espacio o lugar.  Damos por sentado que ese sitio donde habitamos por largo tiempo viene a constituir parte de nuestra misma naturaleza, como si el espacio fuese una extensión nuestra.  Ese sentimiento, tal vez considerado como natural, permite que muchos se den a la tarea del sufrimiento cuando abandonan un determinado lugar y se cambian de domicilio, sea solamente de habitación o sea también de residencia en otro país. 

Una canción escuchada hace tiempo se iniciaba como el título que coloqué: Buenos días mundo, aquí  vamos otra vez…tu trabajo es detenerme y el mío es mantenerme…hasta cuándo seguirás, tus delicias son anzuelos y son lazos a mi cuello para hacerme regresar…pensarás que ya estoy débil, pensarás que estoy enfermo pero creo que es al revés… Un cantante llamado Oscar Medina interpreta esta canción que refleja parte de la situación del cristiano en su diario vivir.  Un nuevo amanecer sugiere el despertar a nuevos retos en el mundo.  Cuando tomamos conciencia de que nuestra vida consiste en batallar diariamente, entonces esa metáfora bélica nos estimula a prepararnos para la lucha cotidiana.  Las angustias que podamos sentir a veces se producen porque nos creemos parte del mundo; cuando aprendemos a diferenciar que estamos metidos en el mundo, pero que no somos del mundo, entendemos las aflicciones como molestias de la batalla diaria, pero las angustias naturales del mundo no se nos transfieren porque sencillamente no formamos parte de él. 

Resulta interesante conocer quiénes somos en realidad. En la Biblia se hace mención de nuestra nueva naturaleza y se nos dan ciertas pautas de conducta, pero mucho mejor que esas pautas de conducta son las descripciones que Dios hace de nosotros.  El Creador nos mira de una manera muy diferente a como la mayoría de nosotros nos miramos; estamos acostumbrados a vernos a partir de lo que hacemos, de la conducta que exhibimos.  Vemos a nuestros hermanos a partir de lo que hacen; asimismo, nuestra manera de vernos se nos facilita al valorar conductas, por cuanto catalogamos a las personas por sus acciones.  Pero eso pertenece al terreno del hacer y no al terreno del ser.  Las pautas de conducta reseñadas en la Biblia sirven de gran ayuda en nuestro convivir y son directrices muy útiles para ahorrarnos conflictos con nuestros semejantes; al mismo tiempo permiten el crecimiento en el terreno moral, todo lo cual coadyuva en el sendero de la santidad.  Sin embargo, lo más importante no son las pautas del hacer, sino las pautas del ser.  De hecho, un individuo que ha creído en Jesucristo como su Señor y Salvador, que ha experimentado el nuevo nacimiento –del Espíritu-, es visto y tratado por Dios en virtud de su nueva naturaleza, que no es otra cosa que el conjunto de condiciones que le dan una nueva esencia.  Ese es el terreno del ser, una naturaleza que no acaba, que no se envanece, muy a pesar de nuestros actos erróneos en muchas oportunidades.  Dios nos sigue viendo escondidos en Cristo en Dios.

Somos hijos de Dios, justificados y amigos de Dios.  El Señor nos prefiere llamar amigos, antes que siervos; pero además el Padre nos ha dado tan grande amor que ahora somos llamados sus hijos, por eso nos dirigimos a Él bajo la expresión de Abba Padre, que es una expresión de intimidad.  En esa nueva relación que va experimentando el cristiano, su nueva naturaleza va manifestando las nuevas condiciones o características de su esencia: ha sido comprado con sangre, está unido con el Señor y es uno con Él en el Espíritu; es miembro del cuerpo de Cristo.  Además es santo y va siendo santificado, tiene acceso directo a Dios por medio del Espíritu Santo, pues si alguno no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él.  El cristiano ha sido redimido de todos sus pecados, está completo en Cristo, el acta de los decretos que le era contraria ha sido cancelada en la cruz. Asimismo, todas las cosas le obran para bien, nadie puede acusarlo ante el Padre, nunca es separado del amor de Dios, está sellado con el Espíritu de Dios como una manifestación de la garantía de ser hijo por siempre, y por si fuera poco la buena obra que se comenzó a hacer en él se llevará a cabo en forma completa y perfecta.

La ciudadanía del creyente está en los cielos, no en este mundo.  Acá en este mundo la gente batalla por obtener ciudadanías de importancia, doble nacionalidad, pues se considera beneficioso el poseerlas. Si pensáramos más a menudo de dónde somos ciudadanos o naturales, creo que nuestro ánimo desarrollaría alas.  Esa membresía de la ciudad celestial nos hace partícipes de las circunstancias y condiciones que van operando en nosotros un cada vez más eterno peso de gloria, pues sabemos que ella es imperecedera. En esa ciudad todos somos colaboradores de Dios, y pámpanos que lleva fruto.  El creyente se ha convertido en templo del Espíritu Santo, con la garantía de que nuestras oraciones son siempre escuchadas, si bien se responden de acuerdo al plan eterno de Dios. Por el hecho de ser ciudadanos del reino de los cielos, nuestras actividades en este mundo son reflejo de nuestra esencia en ese reino, por cuanto somos embajadores de Dios en la tierra, donde llegamos a dar el testimonio de las maravillas que por la fe hemos alcanzado dentro del propósito eterno de Dios.

La nueva naturaleza implantada en nosotros nos ha capacitado para la batalla espiritual; por eso nuestras armas no son terrenales (carnales) sino poderosas en Dios para derribar fortalezas de maldad, con los mecanismos idóneos de la lucha que hacemos en el espíritu.  Esto implica que no devolvemos mal por mal, sino que no nos cansamos de hacer el bien.  Cierto es que nuestra vieja naturaleza nos recuerda siempre que nuestra respuesta debe ser también de odio o con agresión física, mas al entender la nueva realidad implantada en nuestro ser, las nuevas condiciones de vida que tenemos, comenzamos a dar ese fruto necesario y natural en nuestra vida.  Digo necesario pues es requerido por  nuestra nueva naturaleza, pero digo natural porque ella no puede producir sino ese tipo de fruto.  El desarrollo de la nueva naturaleza implantada en nosotros va tomando lugar día a día, y necesitamos prestarle atención como a una nueva planta que debemos tratar con cariño y devoción. 

La nueva naturaleza en mí me va indicando una nueva forma de hacer.  Los cambios de conducta se suceden vertiginosamente dentro de esa nueva naturaleza, por cuanto somos un nuevo ser, una nueva criatura.  Desde ese nuevo ser vamos haciendo cosas nuevas.  Por supuesto que el viejo hombre pelea dentro de nosotros para seguir gobernando nuestra voluntad y nuestros actos, pero se nos ha pedido confiar en aquél que ha vencido el mundo, Jesucristo.  Cuando Jesús dijo que no había venido a traer la paz sino la espada, que en un hogar estaríamos divididos por causa del evangelio, quiso decirnos que la lucha sería de todos los días, pero bajo la garantía y la confianza de que Él estaría con nosotros todos los días para enseñarnos cómo vencer al mundo. 

Por eso la canción mencionada antes, Buenos días mundo, aquí estamos otra vez. En su campo de batalla corremos el riesgo de volvernos estatuas de sal, como le sucedió a la mujer de Lot, cuando huía de la destrucción de Sodoma.  Ella miraba hacia atrás, así como los israelitas miraron hacia Egipto, recordando la cebolla, el ajo, las sandías, bajo una memoria torcida en el que les parecía que antes eran tratados como empleados, aunque habían sido sus esclavos.  Los israelitas llegaron a decirle a Moisés que el trabajo que realizaron en Egipto no había sido en balde, dando a entender que habían recibido paga.  Ciertamente el mirar hacia atrás es pérdida de tiempo, cuando nos quedamos retozando con las ideas de un pasado mejor o pretendiendo arreglar el pasado con nuestro lamento por él.  Cuando actuamos de esa forma podemos sacar conclusiones erróneas de nuestras viejas acciones, pues la mente confunde la realidad con la fantasía en el afán de suponer que aquello que hicimos no lo hicimos por tal o cual intención, sino que en realidad quisimos hacer otra cosa.  La mujer de Lot es el paradigma de los que viven en el pasado, mirando los recuerdos de sus delicias y de sus tormentos. En esa mirada contemplativa del mundo que vamos dejando atrás se corre el riesgo de sacar interpretaciones poco objetivas, como los israelitas, que siendo esclavos en Egipto, recibiendo azotes y trabajos forzados a diario, recordaban con agrado esos momentos y llegaron a suponer que ellos no trabajaron de balde en Egipto.  La mujer de Lot a lo mejor lamentaba su casa en Sodoma, a lo mejor tenía recuerdos de complacencia con ese sitio de terror al que ya se había acostumbrado; ella llegó a valorar como precioso lo que el Señor había calificado como pernicioso.  La destrucción de Sodoma constituía el justo juicio de Dios, así como la salvación del justo Lot era parte de su misericordia, que alcanzaba a su familia; sin embargo, la mujer de Lot se volteó para contemplar su hermosa ciudad con sus gratos recuerdos, las buenas cosas que dejaría en su casa, los utensilios del hogar, y en esa valoración llegó a pensar que todo eso había sido bueno en gran manera, que tal vez la ciudad no merecía ser destruida.  Eso suele sucedernos a menudo cuando Dios intenta dar un cambio radical a nuestra vida, cambiando las circunstancias viejas que nos mantenían esclavizados en conductas y vanos pensamientos.  A veces nos volteamos hacia nuestro pasado y llegamos a pensar que sus delicias no eran tan malas, que sus ataduras eran lazos suaves en nuestras manos, y poco a poco, en el recuerdo de las sandías de Egipto, nuestra mente y nuestra percepción de la realidad se van convirtiendo en salmuera, que seca nuestra alma e irrita nuestro espíritu.  Tengamos cuidado de no abusar de la buena voluntad de aquél que está cambiando nuestras circunstancias de vida.

El trabajo del mundo es detenernos, no darnos tiempo ni espacio mental para pensar en nuestra nueva naturaleza.  Sin embargo, las armas del mundo delatan sus maquinaciones, pues son conocidas desde siempre y son las mismas, desarrolladas en la medida en que la ciencia aumenta.  La maldad en el mundo aumenta en forma proporcional a como se incrementa la tecnología; nuevas técnicas descubiertas presuponen también nuevas formas de recrearse en la maldad.  Pero las estratagemas del príncipe de este mundo también son idénticas, con los mismos fragmentos del encantamiento que tuvo en el Edén frente a Eva y frente a Adán.  El hecho de que sus armas sean las mismas no quiere decir que no sean numerosas, pero sabido es que sus estratagemas se repiten.  De allí que el creyente, como una persona nacida de nuevo, debe valorar el sentido de la verdad que ha creído y en la cual milita, para poder detectar la falsedad que muchas veces intenta tomar el lugar de lo verdadero.  Se dice que los empleados de los bancos son entrenados muchas veces para detectar los billetes falsos, no aprendiendo mucho acerca de cómo se hace o se percibe un billete falso, pues se podría pasar la vida entera aprendiendo todas las posibilidades y variaciones de presentarse un billete infundado, simulado, fingido, sino aprendiendo a valorar un billete verdadero, genuino, auténtico, acreditado y cierto.  La práctica constante en el reconocimiento del billete verdadero, que es uno solo, adiestra al empleado del banco para la batalla de la detección de los billetes falsos.  Una vez que se ha habituado a percibir en sus manos y bajo sus ojos la manera como luce y se presenta el billete verdadero, todos los falsos hacen contraste con él y suelen ser detectados fácilmente.  He allí el ejemplo para nosotros, acostumbrarnos a estudiar la verdad revelada de manera que en su adiestramiento podamos detectar con facilidad la falsedad de múltiples doctrinas, engaños, recuerdos, trampas colocadas por el enemigo de las almas.  En la medida en que nosotros sepamos el sabor de la verdad, todo lo que hace contraste con ella se hará evidente y nuestro trabajo pasaría a la parte técnica de no dejarnos seducir por la tentación de Sodoma o de Egipto, con las fantasías de sus recuerdos.  Es una lucha diaria pero que da ánimo y sentido de vida a nuestra existencia. 

No en vano un profeta clamó a gran voz: mi pueblo perece por falta de conocimiento.  En el escudriñar diario de las Escrituras aprenderemos mucho acerca de la verdad que ya está en nosotros; ese aprendizaje junto al entrenamiento que ofrece el campo de batalla llamado mundo podría fortalecernos lo suficiente para llegar a la meta final, al supremo llamamiento. Por eso decimos nuevamente, buenos días mundo, aquí estamos otra vez…

César Paredes.  retor7
@yahoo.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:52
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios