miércoles, 27 de febrero de 2008

El lugar de la crucifixión ha sido llamado el del Calvario, el de la Calavera, que en griego es el Gólgota, el sitio de la calavera.  Estos elementos del nombre donde fue crucificado el Señor son por demás ignominiosos y pasan a sumarse a sus sufrimientos.  Sin embargo, cuando el Señor triunfa en la pasión y la resurrección, su triunfo alude a la simbología del sitio donde fue sacrificado, al sitio de la muerte.  Triunfó sobre la ignominia misma, sobre la calavera, sobre la muerte. 

 

Pero Jesús fue crucificado con un ladrón a su derecha y otro a su izquierda, significando con ello que él fue el peor de todos, pues estaba en el medio de los dos.  Fue nombrado con los transgresores.  La barbarie romana en el sacrificio del madero, dejado especialmente para las ejecuciones a criminales, es un crimen en sí mismo.  Esa barbarie constituyó una simple manifestación de la naturaleza humana.  Lo hicieron no porque eran romanos, pues podrían haber sido de cualquier nacionalidad.  Bastaba que lo hicieran inspirados en su propia naturaleza, la naturaleza del hombre, la naturaleza de la calavera, lo que queda dentro de nosotros, en el fondo de nuestra carne desde el símbolo de la muerte misma.  La naturaleza humana está muerta en delitos y pecados y desde esa muerte actúa.  La historia humana nos ha mostrado el salvajismo de las guerras y la crueldad de los imperios.  No hay un imperio honesto, sano, amigable.  Todos los imperios se inspiran en la rapiña, en la esclavitud del vencido.  La esclavitud puede tener muchos matices, pero es la marca que el vencedor impone al vencido. 

 

Cuando recordamos una de las tentaciones hechas por Satanás a Jesús, especialmente cuando le pidió adoración a cambio de los reinos de la tierra, entendemos por las respuestas de Jesús que esos reinos le pertenecen al príncipe de este mundo.  El rey de Babilonia, el príncipe de Persia, y muchos otros nombres que aluden al control de Lucifer en el gobierno del mundo, nos recuerdan que el ofrecimiento a Jesús no le fue objetado.  Le fue objetado solamente la petición de adoración.  Con esto quiero estimar que tanto Roma, como todos los imperios anteriores, los que le siguen hasta nuestros días y los que falten hasta la consumación la venida de Cristo, son controlados por la mano de Lucifer.  De manera que no puede haber un imperio bueno, honesto, pacificador, pues la naturaleza humana, envuelta en delitos y pecados, no deja ver con claridad el actuar del hombre en la tierra.  Los príncipes del mundo son marionetas de Satanás.  Eso no quiere decir que el Dios soberano no tenga el control final de todos ellos, simplemente que se sirve de esa naturaleza humana para completar sus propósitos eternos.

 

Las personas en torno al sacrificio de Jesús en el Gólgota estaban en su mayoría disfrutando de un espectáculo.  Parte de ese espectáculo consistió en recordarle a Jesús y recordarle a ellos mismos que el Hijo de Dios había salvado a muchos por lo cual podía y debía salvarse a sí mismo.  Eran proposiciones irónicas, pues si realmente le hubieran reconocido como Hijo de Dios no habrían hecho esa burla con esas frases. 

 

Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos o más personas el mismo día, pero la crucifixión y la justicia aquí eran romanas, y quizás por la comodidad de no repetir más ejecuciones, o por hacer más ejemplar la pena, los romanos permitieron que esto sucediera.  Sin embargo, no era más que el cumplimiento de otra profecía: fue contado con los malhechores.

 

Agustín de Hipona dijo una vez referente a este hecho de la crucifixión que la misma cruz fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda.

 

El ladrón que en principio le injurió, pero que después tomó conciencia y cual hijo pródigo emprendió su camino de regreso a casa, recriminó a su colega, el otro ladrón que continuaba con sus sarcasmos y no respetaba el sufrimiento de un hombre inocente.  Ese ladrón reconoce a Cristo como el Señor, el que vendrá como Rey de reyes, por lo cual le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino.  Hay un texto en el Nuevo Testamento que hace alusión a una mujer con dos hijos, los cuales servían a Jesús.  Esta mujer se adelantó a otras madres y le dijo al Maestro que cuando él instalara su reino colocara a cada uno de sus hijos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda.  Esta mujer mostró parte de nuestra naturaleza contaminada. No era consciente todavía de la naturaleza del reino de Dios, de la naturaleza de la gracia divina que ha alcanzado a los elegidos para salvación.  Ella pedía algo muy especial, pero que delataba la bajeza de nuestras pretensiones: hacía una solicitación para conseguir algo que deseaba su alma ambiciosa, se imaginaba que tenía algún derecho bien o mal fundado sobre el servicio que sus dos hijos habían prestado al Maestro. Tenía una ambición desmedida al suponer que si llegaba primero que otros y proponía al Maestro su petición tendría el derecho por ser la primera en hacerlo. Es la historia de las obras sobre la gracia, la historia de nuestros merecimientos por trabajar para el Señor.  A veces escuchamos a personas que argumentan que han servido al Señor muchos años y que ellos merecen tener ciertos privilegios particulares, fundamentados en el argumento de la cantidad del tiempo de servicio prestado.

 

Pero el ladrón en la cruz ante la inminencia de la muerte, ante la realidad de su castigo eterno merecido por sus muchos males cometidos, se aferró apenas a una esperanza en el Dios que da la vida y el perdón.  Con mucha humildad logró decirle al Señor que se acordara de él cuando viniera en su reino.  Solamente pedía eso: que se acordara que él había sido crucificado por sus culpas merecidas, que él le había reconocido como al Señor, que había entendido que la inocencia del Señor no merecía semejante castigo.  No entendió mucho más, no tuvo mucho tiempo para teologizar el evento que estaba viviendo, ni tiempo para bautizarse o tomar la cena del Señor, pero en su más recóndita humildad pidió solamente un acto de misericordia, no un derecho.  Pidió que el Señor se acordara de él cuando viniera en su reino.

 

Esa petición de misericordia bajo el estatus de humildad fue suficiente para conseguir una respuesta de gloria. El Señor le dijo inmediatamente que hoy estaría en el Paraíso.  Esa petición en la más profunda humildad consiguió arrebatarle al Señor demasiadas cosas.  Fue su último ´robo`, pero esta vez arrebataba tesoros escondidos en los cielos.  Logró la promesa del Fiel y Verdadero de que estaría desde ese mismo día en el Paraíso.  No en el Hades donde están los condenados, donde está el rico de la parábola relatada por Jesús;  logró arrebatarle a Jesús en el último momento de la existencia del Maestro en la tierra como cordero pascual una visión teológica del destino de las almas.  Ya el Señor lo había enseñado en la parábola del rico y Lázaro, pero en este momento frente a la muerte lo confirmaba y le prometió que su alma estaría separada de aquellas almas condenadas.  Su alma pasaría de inmediato al Paraíso, al lugar de los bendecidos.  Esta manifestación teológica patentizada en medio del dolor del sacrificio del martirio del madero confirma a todos los creyentes que cuando mueran tendrán igualmente, cual el ladrón de la cruz, un espacio, una morada, el el Paraíso con Jesús.  Apocalipsis 2:7 nos ofrece una esperanza similar:  El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Si nuestro precursor Adán allí tuvo su primera morada, en el segundo Adán (Cristo) hemos sido restaurados a dicha morada, pero la celestial, con Cristo en medio nuestro.  Por eso Cristo oró en el Getsemaní, la oración previa al sacrificio, previa a su arresto, pidiendo al Padre que aquellos que me has dado, quiero que  donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Además, en esa oración Jesús mismo definió la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17).  También Pablo confirma nuestra presencia en ese Paraíso cuando expresa que para él el vivir es Cristo pero el morir es ganancia.  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). 

 

Lo curioso con este acto de humildad del ladrón ante Cristo es que el Señor no miró la hoja de vida del ladrón, no le recordó sus miserias, sino que lo redimió y a través de lo que le dijo nos dijo a nosotros, mucho antes de que el apóstol Pablo lo supiera, que la muerte en Cristo nos llevaría inmediatamente al Paraíso.  Eso lo supo Pablo mucho después, por lo cual clamó que el morir le era ganancia, pues implicaba estar con Cristo.  No dijo estar en un sueño o sumergidos en la inconciencia esperando el día de la resurrección. Dijo que tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que estar en esta carne.

 

¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Esas fueron las palabras del ladrón arrepentido recriminando al ladrón que continuaba con sus injurias y sus sarcasmos.  Barnes comenta que esta ´misma condenación` se refiere a la muerte similar que los tres estaban padeciendo.  No se refiere en ningún momento a la muerte por la misma causa o razón, sino al mismo ´tipo´ de muerte.  Y es que la muerte de Jesús era muerte de sacrificio por nuestras culpas.  Pero la muerte del ladrón injurioso era una muerte por sus culpas, y bajo la ley romana era una muerte merecida. 

 

Si bajo la ley romana la crucifixión era el pago a los que habían quitado la vida a otros, a los que habían sido asaltantes, violadores, rebeldes, bajo la ley divina el castigo eterno sería una suposición lógica y teológica.  No obstante, Jesucristo nos muestra con su ejemplo del perdón al ladrón arrepentido, además de su oración magistral Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, que el criterio de justicia ha sido invertido.  Los romanos con su lógica jurídica buscaban reivindicación con el martirio; Jesucristo, el mártir inocente, buscaba el perdón para sus martirizadores.  Era su opuesto y ejemplificó una conducta.  El perdón a los enemigos vino a constituir una nueva norma de conducta ya preanunciada en el Sermón del Monte.  Hubiese sido más fácil y lógico suplicar al Padre por justicia reivindicativa, pero quizo Jesús rogar por el perdón de esa gente engañada que le martirizaba.  Quizás la conducta que mostraba Jesús en medio de los actos de burla, de dolor, de pena máxima, sedujo al ladrón al arrepentimiento. Lo sedujo como al profeta Jeremías.  Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste… (Jeremías 20:7).

 

De manera que Jesús en medio de dos ladrones nos enseña la tarea del perdón para con nuestros enemigos.  En vez de dar maldiciones cuando somos sorprendidos por el maltrato que se nos hace, por las injusticias que se nos comete, la palabra de bendición debe alinearse en nuestra boca para ser proferida hacia todos aquellos que nos  causan males.  Esa fue para Jesucristo su terapia en medio del dolor, dejar rebosar de amor su alma y no dejar acercar al odio que predispone más hacia el dolor.  Es revelador que de las llamadas siete palabras, o siete expresiones, manifestadas por Jesús en el madero del monte de la Calavera la primera de ellas fue la del perdón.  Ella constituye por sí misma el propósito fundamental de su muerte: la compra bajo el precio de sangre del perdón del Padre para con la humanidad.  Nuestro perdón fue comprado y Jesús le recuerda al Padre con esa plegaria que inicia su plática en la cruz, que su muerte es vicaria, sustitutiva, que él es el Cordero de la pascua; le recuerda al Padre que su obra empieza a consumarse con ese sacrificio, pero nos anuncia la misma esperanza que le fue mostrada al ladrón que estaba a su lado.  No importan los tipos de delitos cometidos; no importa si fuimos incluso los asesinos de Jesús (ese sería el delito máximo); no importa si la justicia humana nos ha condenado y nos ha convencido de que debemos padecer por nuestras culpas (como había convencido la justicia romana al malhechor que estaba a su lado); lo único que importa es el anuncio del perdón por la autoridad para el perdón.  Jesucristo, el Cordero de la pascua anunciada, ha hablado su primera palabra, la cual sería el encabezamiento de su discurso en el programa establecido desde los siglos para su sacrificio.  Es como si en ese breve discurso que puede ayudar a nuestra memoria olvidadiza  se nos advirtiera que el objetivo de su muerte era comprar nuestro perdón al Padre.  Por eso Jesucristo encabeza su discurso con esa petición y con ese argumento: Padre perdónalos –es su petición; luego el argumento: porque no saben lo que hacen.  Porque tienen un velo en la mente, en el espíritu y no entienden lo que hacen, pues si hubieran entendido no lo habrían sometido a ese dolor.  Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).

 

Pero el razonamiento del ladrón que no alcanzó el perdón lo llevó a su propia perdición.  Si tú eres el Cristo fue su plegaria, una proposición condicional cargada de razonamiento lógico, pero que implicaba duda acerca de la autoridad de Jesús.  Si tú eres el Cristo como tú mismo has dicho, como muchos han dicho de tí, entonces paso a proponerte el mejor negocio para ambos.  Primero que nada (y aquí viene la persuasión lógica de esa proposición) sálvate a tí mismo.  Ese es el mejor razonamiento que pudo tener en el momento de muerte; con ese razonamiento habría llevado su vida.  Si otros tienen tanto yo les puedo quitar un poco.  Si a otros se les hace fácil la vida yo se las voy a complicar un poco.  Yo soy el razonador, yo soy el vindicador.  Por eso se le hizo fácil pensar de esa manera en ese momento de angustia y tránsito hacia el más allá.  Si tú eres el Cristo, sálvate a tí mismo.

 

Es lógico suponer que una vez que Jesús estuviera a salvo podría agradecerle por sus palabras cargadas de lógica y le recompensaría salvándole a él.  Como si Jesucristo no lo supiera y no se acordara de que él era el Cristo y que una sola palabra suya bastaría para que el Padre enviase a doce legiones de ángeles para favorecerle.  Pero ese ladrón razonador pretendió darle explicaciones a Jesús de cómo tiene que gobernar el mundo.  Nos recuerda a nuestros ocultos pensamientos y a los pensamientos nada ocultos de los que piensan igual que el malhechor no perdonado:  Si Dios es amor ¿por qué permite tanto dolor en el mundo?  Si Dios es justo ¿por qué tanta maldad por doquier?  Siempre el si condicional, nunca el afirmativo.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y luego sálvanos a nosotros.  Esta terrible proposición lógica encierra la peor crítica al evento sacrificial de Jesús.  Presupone que un Dios todopoderoso, el Mesías esperado, debe ser capaz de evitarse a sí mismo semejante dolor; presupone que en consecuencia la liberación debe ser no solamente para el ladrón razonador sino para todos por igual, pues habla en nombre de nosotros.  Sálvanos a nosotros.  Sin embargo, el ladrón que se humilló habló por él mismo, no colectivizó, por lo cual dijo acuérdate de mí.  Por eso Jesús le respondió a este ladrón que hoy estaría con él en el Paraíso.  Al que siguió injuriándole no le respondió nada. 

 

Hay personas que cuando se acercan a las Escrituras y descubren esa sabiduría de la que hablara Pablo empiezan a enojarse, porque esa salvación no se ha hecho extensiva para toda la raza humana.  Se instauran en el valor social del nosotros, como el malhechor de la cruz.  Pero eso no es más que una semilla que cayó en un suelo donde sólo se le permitió un pequeño brote y luego pereció porque la tierra no estaba suficientemente adecuada para su crecimiento.  La salvación no es colectiva sino personal; pero uno más uno van haciendo el grupo y nos convertimos en una gran multitud de millones de millones. 

 

El relato bíblico de la muerte en un madero del Hijo de Dios, en medio de dos malhechores, nos puede conducir a una gran variedad de reflexiones.  Podríamos resumir lo expresado anteriormente bajo una especie de resumen general referido a este relato. Sería bajo un epígrafe o título que sugiera las inferencias o implicaciones puestas de manifiesto en esa historia bíblica.  Esa síntesis la podríamos nombrar como Teología derivada de la muerte en la cruz.

 

Teología derivada.

 

1-   La caída de algunos dogmas asumidos en la historia de la iglesia cristiana. A- el sacramento del bautismo como imperativo para la salvación.  El ladrón arrepentido no tuvo tiempo de bautizarse. B- la comunión o cena del Señor como sacramento eclesiástico.  El ladrón arrepentido no tuvo tiempo de hacerla. C- el mito del purgatorio.  La sentencia hoy estarás conmigo en el Paraíso deja fuera cualquier suspicacia o duda en torno a lo que sucede a los creyentes inmediatamente después de la muerte. D- La doctrina del universalismo, que sugiere que todos se salvan, queda deshecha al mirar al ladrón no arrepentido, a quien Jesús no le prometió nada.  E- La tesis de algunas sectas que sugieren que el alma entra en un estado de reposo o sueño después de la muerte. Lo que Jesús pregonó fue un estado de conciencia plena, al prometer hoy estarás conmigo en el Paraíso. Estar con Jesús supone entrar en la vida eterna, en el conocimiento del Padre –el único Dios verdadero- y de Jesucristo –a quien el Padre ha enviado (Juan 17).  Esto implica que para conocer al Padre y al Hijo dentro de la vida eterna, y para estar con Jesús en el Paraíso, se necesita un estado de conciencia manifiesta y no un sueño profundo.

2-   El plan de salvación mostrado por Jesús es demasiado simple, sin reglas ni etapas ni exámenes catecúmenos.  El ladrón fue movido a tomar conciencia acerca de quién es Jesucristo, acerca de sí mismo en su pecado, y a suplicar con humildad acuérdate de mí.

3-   La motivación para acudir a Jesús no siempre viene de la iglesia o de la predicación hecha por los santos de la iglesia.  En este caso vino de la burla del colega del ladrón, burla que sirvió de ocasión para que el malhechor arrepentido recriminara, derivándose de allí la cadena de acontecimientos que le condujeron a la comunión con Cristo.

4-   Cuando no hay quien predique, aún las piedras hablan y los que habrán de oír escucharán.  En este caso fue el otro ladrón el motivador, revelando la obra de Dios por medios distintos a los acostumbrados.

5-   El testimonio de Jesús en medio de su dolor y pasión fue suficiente causa de admiración y de reconocimiento para el ladrón arrepentido.

6-   Hubo algo que le permitió a él y no al otro ladrón el arrepentimiento.  A esto Pablo llama sabiduría oculta, predestinada desde los siglos.

7-   El ladrón arrepentido no hizo obras buenas.  De esta forma destruye otro mito, el de las buenas obras sobre la gracia plena.

8-    Cumplió con los parámetros para la salvación por ser elegido:  creer en su corazón y confesar con su boca.

9-   No creyó bajo un estado de inconsciencia o de hipnosis privada o colectiva, sino con toda su mente.

10-Al elegido siempre Dios el Padre le provee la             oportunidad       para manifestar su creencia y su       fe     en Jesucristo.              

11-Su confesión fue directa al Señor, sin                        intermediarios humanos ni sobrehumanos, sólo          bajo la divina Providencia, cumpliéndose                    que Jesucristo     es el único mediador entre Dios       y  los hombres.

12- Pone de manifiesto que las ovejas oyen su voz y         le siguen. 

13- Pone de manifiesto que los cabritos se parecen a      las ovejas, pero no siguen a la voz del Buen               Pastor (en alusión al otro, al no arrepentido).

14- El que cree no hace disquisiciones teológicas             acerca de por qué los otros no pueden creer.

15- Demuestra que la fe es una actividad sencilla,           fácil, para los que son llamados y escogidos.

16- Ambos ladrones injuriaban a Jesús (Marcos              15:32), pero luego según Lucas 23:39 sólo uno         de ellos se arrepiente.

17- En la obra de Dios siempre se ve fruto, al me-

     nos quedó demostrado con ese primer fruto que        fue el rescate del hombre arrepentido en la hora         de  su muerte.

 

Tal vez podríamos invertir más tiempo y papel enumerando las posibles derivaciones de este sencillísimo relato  bíblico que pasa a ser el más crucial evento histórico para beneficio de la humanidad. Mútiples profetas se adelantaron a este evento desde mucho tiempo atrás.  Isaías es uno de ellos y profetiza en muchas formas acerca de lo que habría de suceder en el Gólgota.  Veamos algunas de sus palabras:

 

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.  Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.  Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.  Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido.  Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.  Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.  Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.  Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Isaías 53: 3-12).

 

Nos resta decir que cuando leemos este texto de Isaías tenemos que reconocer su extraordinaria precisión en la predicción.  Por otra parte, sabemos que cerca de 30 profecías se vieron cumplidas solamente el día de la pasión y muerte de Jesucristo, y si intentamos recordar será un ejercicio interesante para nuestro espíritu:  Que Jesús sería traicionado por un amigo –el que de mi pan comía-, vendido por 30 (y no 29 ni 40) piezas de plata,  las que serían luego arrojadas en el templo para que más tarde se comprara con ellas el campo del  alfarero para sepultura.  Jesús iba a ser olvidado por sus discípulos (hiere al pastor y las ovejas se dispersarán, predice el hecho de que todos los discípulos, dejándole, huyeron), acusado por testigos falsos, herido y magullado, escupido y puesto como objeto de mofa.  Jesús habría de caer bajo la cruz, tendría sus manos y pies horadados; sería crucificado en medio de dos ladrones, rechazado por su pueblo, aborrecido (sin causa me aborrecieron). Sus amigos habrían de permanecer alejados –pero todos sus conocidos estaban lejos mirando estas cosas-;  la gente lo habría de tener como objeto de curiosidad pública, meneando la cabeza.  Sus vestiduras serían repartidas y rifadas –echaron suertes sobre ellas; tendría sed y le ofrecerían hiel y vinagre, clamaría al Padre con gemido de abandono Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? No obstante, se encomendaría a Dios, ni uno de sus huesos sería quebrado, su corazón sería como cera, derritiéndose en sus entrañas –pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua; lo traspasarían. La tierra sería cubierta de tinieblas (Amós 8:9 y Mateo 27:45).  Como dijera Isaías, su sepultura fue dispuesta con los ricos –vino un hombre rico de Arimatea llamado José, quien tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en el sepulcro nuevo. Sería contado con los pecadores –crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda; habría de orar o interceder por los transgresores, cuando dijo Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. 

 

De manera interesante vemos que con esta oración hecha por Jesús, una oración de intercesión, Jesucristo se convierte en nuesro abogado, por derecho propio y ganado en la cruz.  A propósito Juan escribe en su primera carta que si alguno de nosotros hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y el autor de Hebreos nos resume esta actividad cuando exclama: Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.  Este era el sumo sacerdote que nos convenía, que no tiene necesidad cada día de ofrecer primero sacrificio por sus propios pecados, para luego ofrecerlo por el pueblo, ya que era santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos. Y el sacrificio por su pueblo lo hizo una vez y para siempre, ofreciéndose a sí mismo como Hijo, hecho perfecto por la eternidad.

 

Qué actitud tomar después de leer este relato es la gran pregunta.  En la respuesta que demos a ella podemos encontrar los caminos que se bifurcan.  En uno de ellos va el ladrón injurioso, con razonamientos sugestivos para persuadir al supuesto Hijo de Dios.  En el otro camino encontraremos al ladrón humilde, que reconoció la inocencia del Hijo de Dios y dejó la injuria, se arrepintió y suplicó que se acordara de él en su segunda venida.  Nadie podrá alegar ahora desconocimiento de estos hechos.  Solamente se sentirá libre para transitar bien hacia un camino o bien hacia el otro.  Pero recordemos esto siempre, estos caminos se bifurcan y jamás se encuentran.  Como en la parábola del rico y Lázaro, ninguno de los dos podían ir de un camino al otro, pues una gran cima estaba puesta entre los dos.  Llegados al punto de decidir por cuál camino transitar, no podremos alegar que no sabemos lo que hacemos, pero sólo la semilla caída en tierra bien abonada dará su fruto a su tiempo.

 

Porque está establecido para los hombres que mueran una sola vez.  Y después de esto, el juicio. No hay purgatorio, no hay segundo chance.  Solamente esta vida llena de vicisitudes y de sorpresas, una muy anunciada es la muerte.  Sorpresa porque no sabemos cuando llega, pero es anunciada sin duda alguna.  Ojalá y podamos responder ante las interrogantes de nuestra mente como lo hizo Pedro ante la interrogante de Jesús:  tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

 

 

 

 

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

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