miércoles, 13 de febrero de 2008

Aunque pareciera que lo dicho en Romanos 13 sea un tratado acerca del propósito para el cual fueron creadas las autoridades en la tierra, sabemos que ningún texto puede ser interpretado en forma aislada, sino tomando en cuenta el conjunto al cual pertenece. Al buscar su parte complementaria encontramos un conjunto armonioso, pues el apóstol Pablo, autor de la carta a los Romanos, se sometió a las autoridades cívico-militares de su momento histórico, pero nunca acató del todo sus órdenes.

De haber acatado sus órdenes hubiese tenido que callar la palabra predicada, y su silencio nos habría generado consecuencias desastrosas en términos doctrinales. Por su parte, los apóstoles Pedro y Juan, siendo intimados a no hablar ni enseñar en el nombre de Jesús, declararon: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios. Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Y poco tiempo después, en un contexto similar, Pedro junto con otros apóstoles dijeron algo parecido: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 4: 19-20; 5: 29).

Si Pablo escribió que no había autoridad sino de parte de Dios, de modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste, acarreando condenación para sí mismo, Pedro nos advierte que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Esta aparente confrontación no es sino clara armonía entre los textos, por cuanto se complementan el uno al otro. El mismo Pablo, cuando continúa en Romanos 13, agrega toda una explicación de la finalidad de la autoridad establecida por Dios, implicando en ello que dichas autoridades prestan un servicio al mismo Ser Supremo, pues están para promover el bien.

Hemos de entender a la luz del contexto de las Escrituras que el objetivo de la autoridad es coadyuvar en el gobierno de Dios en la tierra; este gobierno debería estar en armonía con el sentido de lo justo, ya que los magistrados no están para infundir temor al que hace bien, sino al malo…pues para eso pagamos también los tributos. Dado que nuestro Dios es un Dios de orden y no de confusión Pablo advierte que no hay autoridad sino de parte de Dios; aclara inmediatamente que esta autoridad –personalizada en los magistrados- castiga al malo y alaba al que hace lo bueno. Esa es su visión para el momento histórico en que vivía, bajo el yugo cruel del Imperio Romano, pero también bajo el mejor perfil del Derecho humanamente visto hasta ese momento. Si miramos un poco la historia del derecho, nos daremos cuenta de que en el Derecho Romano Antiguo estaba permitido sacrificar al deudor por causa de su deuda impagable, asunto que podía hacer el acreedor. Si una persona debía una cantidad de dinero a varios acreedores, éstos se podían pagar picando el cuerpo del deudor en varias partes y cada acreedor tomaba la suya como pago de la deuda. Así fue creándose el Derecho Romano, con mandatos injustos hasta que poco a poco se fue depurando, al punto de que cuando el apóstol escribió la carta a los romanos, el Derecho estaba mucho más justo que antes, y era ejemplo ante el mundo circundante. Hoy día, la humanidad debe mucho al Derecho Romano en toda su historia.

Sabemos que por todo el mundo hay leyes que son injustas, pero que son imperativas. Leyes que imponen mayor castigo a la mujer que al hombre en un delito que se cometa bajo la misma causa. Han existido leyes que exigían el horario laboral de 18 horas diarias, donde la mujer devengaba mucho menos salario que el hombre. Por demás está demostrar estas injusticias de los magistrados y legisladores, pues el hecho mismo de que las leyes cambien implica que la sociedad cambia y se vuelve más exigente en cuanto a la aspiración de un sistema jurídico más equitativo.

Cuando a Jesucristo le cobraron los impuestos tuvo una interesante reacción. El sabía que estaba exento de pagar el impuesto, pero para no ofender envió a Pedro al mar, a echar el anzuelo al agua, de manera que tomara el primer pez y sacase de su boca un estatero, una moneda de la época, y pagase el impuesto al templo tanto por Pedro como por Jesús. Este relato está escrito en el libro de Mateo, capítulo 17, versos 24 al 27. Jesús en su soberanía pudo tomar otra actitud, tal vez ser más beligerante, cosa que hubiese caído muy bien a los judíos que esperaban liberación del yugo imperial romano, pero prefirió no ofender y pagar lo que incluso no tenía que pagar. Al mismo tiempo nos mostró con su ejemplo que si nos sometemos a la voluntad de Dios y queremos cumplir con las normas civiles, el Dios de la Providencia estará de nuestro lado, proveyéndonos el pez que traerá la moneda en su boca. Dios va a proveer para que podamos cumplir con las leyes injustas. Es por eso que Pablo, también bajo el yugo del imperio romano, ordena someterse a la ley y a los magistrados, pues están puestos por Dios para que llevemos un tránsito más justo en nuestra peregrinación al cielo. Sin embargo, la discusión siempre cabe. Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Pagar ese impuesto al templo no implicaba en sí mismo una desobediencia a Dios, de manera que era pagable. Pero callar el evangelio es una medida que implica desobediencia al mandato divino, por lo cual allí se hace necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

Nos preguntamos ¿qué es predicar el evangelio? Hoy día se hace fácil hablar de Cristo en algunos sitios del mundo; en otros lugares implica una confrontación que puede exigirnos la vida. Sin embargo, en los países en que es posible hablar el evangelio, lo que se predica suele ser acomodaticio con el estatus del gobierno para evitar la represalia. Callar el evangelio puede ser también omitir la denuncia a nuestros arbitrarios gobernantes. Cada quien tendrá que valorar el conjunto de los relatos bíblicos para sacar su justo medio en la opinión personal acerca de lo que es justo o de lo que es injusto, lo que proviene de autoridad y debe acatarse o lo que debe confrontarse aún viniendo de autoridad humana.

¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia (Santiago 5). Clama a voz en cuello, no te detengas… ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores… ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; y si dieres el pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía (Isaías 58). Podemos estar sometidos a autoridad humana y ser injustos; pero podemos discutir acerca de esa autoridad para ver si realmente cumple con los preceptos de Dios. De nuevo Pedro: es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

Hay países que se creen con la voluntad de hacer juicio en el planeta, de ser policía del mundo, que gozan del status imperial y se jactan de su poder, pretendiendo actuar en el nombre de Dios. Sus teólogos pregonan su dicho a favor de su pueblo, suponiendo que sus injusticias son santas. ¿Acaso el imperio ahora es bueno? ¿Acaso cumple con lo dicho por el profeta Isaías o por Santiago, o por Jesucristo? De manera que el someterse a la autoridad tiene muchas implicaciones; la menor de ellas presupone un examen minucioso de la actuación de esa autoridad y de su ética en el planeta. Por supuesto que debo someterme para no caer en la anarquía, pero ese sometimiento debe ser un sometimiento en denuncia, en reclamo, cuando creo y valoro que hay injusticia en lo que se me impone.

El decir de algunos teólogos acerca de los gobiernos de sus países pudiera estar cargado de una ideología soberbia. Tal parece ser la actitud asumida por estos teólogos, que en su afán de servir más a la ideología de su país que a la doctrina de Cristo han olvidado la sentencia de Jesús al respecto: es necesario que vengan tropiezos, pero ay de aquél por quien viene el tropiezo. De manera que se debe tener cuidado cuando se pretende justificar en el nombre de Dios cualquier injusticia humana, incluso gubernamental. Comerciar con armas de guerra, fomentar las guerras, invadir regiones, países, continentes, no hace más que cumplir las predicciones acerca de los días en que estamos, pero ay de aquél por quien son cometidos tales actos! Esa es la consigna y la premisa en este estudio acerca del concepto de autoridad según la Biblia.

Cuando Pablo escribe la carta a los Romanos estaba en boga lo que se conoce actualmente como el Derecho Natural. Nada menos que los romanos antiguos fueron los propulsores de tal derecho, cuando se inventaron la dicotomía del ius y el fas: el ius es el derecho humano, mientras que el fas es el derecho divino. Esta concepción dualista del derecho motivó en gran manera la aparición del llamado Derecho Natural, que los mismos romanos definieron como aquel derecho que la naturaleza (o Dios) inspiró a los animales y a las personas. Posteriormente esa concepción se fue depurando y sacaron a los animales del concepto. Más adelante, ya avanzado el cristianismo en la historia, hubo una reacción contra la concepción divina del derecho y se supuso que solamente la naturaleza era quien había inspirado tal concepción de la norma jurídica en los hombres.

Muchos filósofos del Derecho arremetieron contra esta tesis del Derecho Natural, pero en muchos círculos jurídicos todavía permanece la creencia en esta concepción. Nos interesa comprender la influencia que recibiera el apóstol Pablo en su momento histórico por su relación con el derecho romano. Posiblemente Pablo logró entender que por la vía del Derecho Natural Dios había inspirado las normas y la aparición del derecho mismo en la humanidad. Es por ello que sostiene que Dios mismo ha creado a las autoridades y a los magistrados para administrar justicia en la tierra, castigar a los malos y premiar y favorecer a los que bien hacen. Esta suposición no es descabellada por cuanto Pablo cree firmemente en el Dios soberano, en el control absoluto de todas nuestras circunstancias por parte del Creador de la humanidad, por lo cual el derecho no le escapa.

El hecho de que las autoridades hayan sido colocadas por Dios conlleva múltiples propósitos. En primer lugar ellas tienen un mandato, el problema es si cumplen o no cumplen ese mandato. El incumplimiento no hace injusto a Dios quien es quien da el mandato. En segundo lugar, Dios se vale de esa misma imperfección en el cumplimiento de su mandato para llevar a cabo sus planes eternos. De manera que no queda duda, en la visión paulina del mundo controlado por la soberanía de Dios, que el Soberano hace como debe y como quiere. De allí su premisa de estar sujetos a la autoridad impuesta por Dios.

Como ya dijimos anteriormente, el mismo apóstol que tal cosa pregona no se somete plenamente a las autoridades romanas ni judías que le exigían callar acerca del evangelio. Prefirió sufrir azotes, martirios, persecuciones, cárcel, angustias, desolación, privación de tranquilidad, antes que obedecer en forma sumisa a esas autoridades impuestas por Dios, pero que actuaban desubicadas del mandato divino.

Se demuestra nuestra obediencia a Dios cuando nos sujetamos a las autoridades por causa de nuestra conciencia, y no sólo por causa del castigo. Dice Calvino, en Comentario a los Romanos que hay que doblar el cuello ante ellos (los magistrados), no únicamente porque no se les puede resistir sin peligro de castigo, puesto que son más poderosos y están armados, (pues muchos soportan las injurias y ultrajes porque no pueden oponerse a ellos), sino porque es preciso aceptar voluntariamente esta sujeción ante la cual la conciencia está obligada por la Palabra de Dios. De modo que, aun cuando el magistrado no tuviese armas y aun sin peligro alguno se le pudiera molestar y despreciar, no podríamos hacerlo porque el castigo está cerca y delante de nosotros. Porque no es de competencia de un particular quitar el poder a aquél a quien el Señor constituyó en autoridad delante de él.

Todo cuanto el Apóstol trata sobre este asunto se refiere únicamente a las preeminencias civiles. Es por tanto inútil el abuso de esto por aquellos que teniendo dominio sobre las conciencias, ejercen sobre éstas tiranías llenas de sacrilegio (Comentario de Juan Calvino sobre Romanos. Grand Rapids, Michigan 49506. USA, 1977. p.341).

En este sucinto comentario de Calvino pueden desprenderse varias deducciones; una de ellas sería que la conciencia es nuestro fiel regidor, quien nos señala el camino a pesar de no haber otras señales hacia él. La conciencia nos obliga a tener una actuación firme y cónsona con las Escrituras. Por algo se conoce al pueblo protestante como ´el pueblo del libro`, porque en todo lo concerniente a nuestra conducta siempre se hace alusión a la Biblia. Hay pensadores humanistas que no comulgan con las ideas teológicas de nadie y sin embargo ponen de manifiesto que la ética protestante ha permitido un desarrollo mayor y mejor en los países que han asumido esa fe (asumida la fe en un sentido general) que en aquellos países donde no ha sido adoptado el evangelio. Una de las razones que esgrimen estriba precisamente en este texto de Pablo a los Romanos, en la conciencia que tiene (¿o tenía?) el protestante ante Dios, independientemente de que no lo inspeccionare autoridad civil alguna.

Mientras cualquiera maltrata a sus empleados, hurta a su empleador, y responde cada domingo con un diezmo y con una ´comunión` -sintiéndose absuelto por su autoridad religiosa-, el protestante clásico no necesitará ser absuelto el día domingo, no necesitará vigilancia alguna, sino que por causa de su conciencia se inhibirá de hacer cualquier daño a un tercero. Al menos eso sucedió con el surgimiento del protestantismo en el mundo, a partir del siglo XVI.

Otra deducción del comentario de Calvino es el límite que se supone tienen los magistrados en el uso y ejercicio del poder encomendado. Se refiere, dice Calvino –amparado en el texto escrito por Pablo- a autoridades civiles. Por si fuera poco, añade, es inútil…tiranías llenas de sacrilegio. En otros términos, Calvino advierte que la tiranía es una forma de gobierno sacrílega, peligrosa, por cuanto se impone con fuerza desmedida en las conciencias atrapadas por causa de la sujeción debida. Es allí donde cobran de nuevo vida las palabras de Pedro: es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

Podríamos seguir desprendiendo deducciones. La autoridad civil no tiene potestad para castigar al que hace lo bueno, sino sólo para dar el justo castigo al que hace lo malo.  Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo…porque es servidor de Dios para tu bien…vengador para castigar al que hace lo malo.

Cuando miramos el panorama político de Egipto y la situación de esclavitud a que habían sido sometidos los israelitas en ese pueblo, notamos que un líder se estaba formando en medio de ellos. Moisés fue el hombre escogido por Dios para liberar y sacar a su pueblo de la esclavitud egipcia. Un niño que fue amenazado de muerte y abandonado en una canasta a la orilla del río Nilo, recogido por la mano de una sierva de la hija del Faraón, asimilado a la familia del mandatario más poderoso de la tierra en el momento, educado en el espíritu del poder y del gobierno, cuando se hizo adulto valoró como una terrible injusticia el momento en que era maltratado uno de sus congéneres. Mirando a todas partes concibió oportuno el momento para dar muerte al egipcio, ocultándolo en la arena. Pero al día siguiente dos hebreos peleaban entre sí y Moisés recriminó al que golpeaba al otro, por el hecho de que siendo prójimos el uno del otro tuviesen que enfrentarse de esa manera, mas el agresor le reclamó la actitud de querer colocarse por príncipe y juez sobre los hebreos, y agregó: ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?

Moisés tuvo miedo y entendió en su corazón que él había sido descubierto, que su permanencia en el imperio faraónico había tocado a su fin, pues no podrían aceptarle que hubiese matado a un egipcio por causa de un esclavo hebreo. Faraón supo sobre este hecho y procuró atrapar a Moisés, pero Moisés huyó de delante de Faraón y habitó la tierra de Madián. Este es un relato breve de un hombre que actuó conforme al dictado de su conciencia y asumió las consecuencias de tener que abandonar su hogar e irse a vivir a lejanas tierras, por lo que prefirió el destierro a callar la injusticia.

Otro caso es el de David cuando tuvo que huir de la amenaza de muerte del rey Saúl. En ningún momento David intentó agredir a Saúl, por cuanto lo consideraba ungido de Jehová, pero tampoco obedeció el mandato del rey. Luchó por su vida, vivió refugiado en los montes, comió del pan de la proposición, que era un pan consagrado a Jehová, fingió estar loco en el reino de Gat, cuando Aquis era el rey, dejando que su saliva corriera de su boca para simular ser otro personaje distinto al David afamado por matar a sus diez miles. El fin del relato culmina con su reinado, con la creación de muchos de sus poemas, con la declaración divina de que David era conforme al corazón de Dios.

Juan el bautista hizo pública las prevaricaciones del rey Herodes, una de las cuales era que se acostaba con la mujer de su propio hermano. Herodes intentaba callarlo, pero Juan hablaba cada vez más alto hasta rechinar en la mente del rey, acarreando con ello su decapitación por enfrentar un mandato injusto del rey: silenciar su conciencia.

En el reinado de Babilonia el rey Nabucodonosor se hizo una estatua de oro ante la cual exigió adoración en el día de su dedicación o inauguración. Los sátrapas se acercaron al rey para denunciar a los tres amigos de Daniel que no se inclinaban ante los dioses del rey ni ante su estatua. Entonces el rey ordenó lanzarlos al horno de fuego ardiente, después de haber escuchado su respuesta contundente ante su inquisición: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. Y Dios quiso librar a estos tres varones del ardor del fuego, por lo que el rey reconoció que no había otro Dios como el de Israel. Todo esto fue posible gracias a la desobediencia civil bajo el hecho público y notorio de que es necesario servir a Dios antes que a los hombres.

Daniel el profeta oraba públicamente a Dios, desobedeciendo al rey de Media que había capturado a Babilonia, el hombre poderoso en su tiempo, acerca del mandato de no hacer petición a ningún hombre o dios. Por no acatar la orden firmada por el rey, inspirada por sus sátrapas para provocar a Daniel, éste fue lanzado al foso de los leones. El mismo rey tenía gran congoja en su alma porque se encontraba atado a su propio edicto real, pero en él prevaleció el temor de perder su reino e hizo ejecutar el mandato. Sin embargo, con cierta esperanza dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre. En este caso Dios quiso también librar a Daniel de los leones; Daniel prefirió obedecer a Dios antes que a los hombres.

Hay muchos más casos. Tenemos el de Rahab la ramera que prefirió ayudar a los espías hebreos antes que obedecer a las autoridades civiles de su territorio o nación. Las parteras egipcias ocultaron a Moisés, y Dios añadió bendición a las parteras, así como a Rahab la ramera. Siempre existe algún caso en el que la gente inspirada por Dios actúa en forma espontánea, no como autómata ante la ley, prefiriendo agradar a Dios antes que a los hombres.  Ese es el espíritu de Romanos 13 al cual el apóstol se aferra con su vida, con su experiencia y con sus palabras: por causa de la conciencia. En otros términos, debemos pensar y razonar con respecto a lo correcto y al sentido de lo justo de nuestras leyes de gobierno. Hay gente que supone que las leyes de su país son perfectas, pero recordemos que las leyes son redactadas por humanos, por lo tanto están sujetas a imperfección. Los tiempos cambian y se hace necesario cambiar algunas normas de conducta social e individual, pero pese a ello el principio paulino es el mismo: cotejar toda la normativa civil humana ante la conciencia como creyentes en un Dios justo, que nos guiará a tomar la decisión acertada y más ajustada a la perfección.

De nuevo el principio de no contradicción de las Escrituras se nos muestra como el ideal para seguir hacia la acertada interpretación de lo justo en un dictamen emanado de autoridad. La ley humana es vista en blanco y negro, en forma binaria, o se cumple o se desobedece. Nuestro trabajo como cristianos es valorar sus matices y descubrir que hay grises y no sólo blanco o negro. Debemos examinarlo todo para retener lo bueno. Lo malo se desecha, con las consecuencias que eso conlleve. El Dios soberano se encargará de llevar a feliz término su propósito eterno e inmutable; a nosotros sólo nos toca actuar de acuerdo a los roles que desempeñemos, pero la obra en su conjunto es de su autoría y vista en su totalidad produce un efecto de armonía.

César Paredes
retor7@yahoo.com


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