jueves, 17 de enero de 2008
Había gigantes en la tierra en aquellos días…Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre. Así relata el libro de Génesis en su capítulo 6, verso 4, dando inicio a una épica bíblica que se ilustra en otros libros de las Escrituras, y que se documenta con hallazgos de personas gigantes a través de los siglos, incluso en estos inicios del siglo XXI. Así parece recogerlo:

http://www.chino-china.com/articulos/20050713-gigante.html

como una noticia muy particular, un hombre chino que mide 2,36 metros, en crecimiento natural, sin que haya intermediado drogas o manipulación genética.

La página citada agrega que Bao Xishun ha pasado con éxito todos los tests del Guiness de los récords y ha sido mundialmente reconocido como el hombre más alto del mundo (¡siempre por crecimiento natural!). Actualmente tiene 55 años. Comenzó a jugar al baloncesto hace 34 años. Explica que podía tocar el tablero con sólo levantar la mano. Siendo demasiado alto para vivir en la ciudad de Shenyang, donde había estudiado, volvió a su pueblo natal de Chifeng, en plena estepa china, en 1973. Más de 30 años después, ha vuelto a salir de sus llanuras y de su pueblo natal.

El Goliat bíblico medía 2 metros 97 centímetros, según los cálculos realizados a partir de los datos suministrados en el libro de Samuel 17:4, y convertirlos a las unidades modernas de medidas de longitud. De esta manera, cotejando los dos datos mencionados, el del Goliat bíblico y el del chino más grande del mundo actual, notamos que es perfectamente plausible el hecho de que existieran personas de semejante tamaño en la remota antigüedad bíblica. Nada de mitologías ni leyendas exageradas, solamente hechos plausibles, o admisibles.

Dignos de ser temidos, estos gigantes eran perfectos gladiadores que ostentaban una poderosa armadura defensiva y unas peligrosas y extendidas armas, que podían vencer con ellas fácilmente en los combates cuerpo a cuerpo al que los soldados antiguos se sometían. De allí la mayor grandeza de David, el más pequeño de todos sus hermanos –tanto en edad como en estatura-, pero un hombre que conocía claramente los límites entre lo que se consideraba el pueblo escogido por Dios y el pueblo ajeno al pacto de Dios, llamado pacto de circuncisión, por lo cual David proclamaba que Goliat era simplemente un filisteo incircunciso, es decir, un individuo ajeno al pacto de Dios con su pueblo. En otras palabras, Goliat era simplemente un enemigo de Dios y de su pueblo, y pese a su enorme tamaño y poder en batalla era combatible en el nombre del Dios que se había escogido un pueblo para sí mismo. David trazó una raya imaginaria entre el filisteo incircunciso y el ejército del Dios viviente, entre el filisteo incircunciso y el Dios de los escuadrones de Israel a quien Goliat había provocado. Esa raya imaginaria sólo era posible dibujarla bajo la conciencia de la unción del Dios Santo bajo la cual David estaba; unción similar a la de Saúl, pero que el mismo rey había olvidado bajo la inercia del ejercicio del poder y del disfrute de su estatus, lo cual lo sumergió en una falta de conciencia de la realidad espiritual en que se encontraba.

Vale decir que Saúl, rey de Israel, sólo valoró la realidad histórica y materializada de un ejército que en poder y número era inferior al ejército filisteo. Sin embargo, David no se instauró en el lugar de esa materialización, sino en el lugar de la conciencia del Dios de la unción a quien servía, el mismo Dios que le había ayudado en sus combates contra osos y leones en defensa de las ovejas de su padre.

Somos un pueblo escogido, real sacerdocio, nación santa; semejantes títulos que se nos han conferido, aunados al de hijos de Dios, coherederos de la vida eterna, deberían ser suficientes para dibujar esa raya imaginaria de David. Deberíamos ser capaces de marcar la distancia entre los que no han conocido a Jesús y los que ya lo conocemos; no una raya en distingo de soberbia nuestra, ni siquiera en creernos mejores que los otros, pues Pablo en Romanos nos recuerda que somos hechos de la misma masa; capaces no en nuestra fuerza, o en nuestra nobleza, o en nuestra buena voluntad, sino en la conciencia de ser un pueblo escogido por un Dios soberano, que hace como quiere. He allí nuestra fuerza, nuestro horizonte, sabiendo que las voces y gritos que oímos en contra de nuestro espíritu provienen de ese otro lado de la raya, de un pueblo incircunciso –que no ha conocido al Dios viviente. Entonces, como consecuencia innegable, podemos confrontar esas voces no en un acto mental positivo, sino simplemente en un acto de conciencia de nuestra realidad.

Si meditamos aunque sea un rato diariamente, para investigar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, entonces las Escrituras nos revelarían todas las interrogantes en relación a nuestra vida. Pero sucede que en ocasiones nos sumergimos tanto en las carencias que el mundo dice que tenemos –y que gentilmente se ofrece a suplirnos- que descuidamos el conocimiento que tenemos acerca de nosotros mismos. Le creemos a la voz del mundo, a su príncipe, a sus instrumentos de propaganda, porque la voz del Espíritu la tenemos apagada por una sola razón: no tenemos conciencia de lo que nos ha sido dado.

David en sus retiros pastoriles, quizás a la sombra de algún arbusto, o a la orilla de un riachuelo, mientras las ovejas abrevaban, recordaba los instantes en que Dios, el Dios de sus padres, le había protegido de las garras del león y del oso; recordaba la unción que el profeta Samuel le había dado por voluntad divina. Quizás ese tipo de trabajo de David le permitía pensar, repensar, meditar acerca de quién era él, acerca de su pertenencia a un pueblo, de cuál era el Dios de ese pueblo. Tenía la facilidad que quizás nosotros hoy día no tenemos, y era que los otros pueblos tenían dioses diferenciados del Dios de Israel. Hoy día, parte de nuestra confusión radica en que vivimos en un mundo ´cristianizado´ y todos parecen compartir el mismo Dios. Entonces recordamos y pretendemos seguir a través de ese recuerdo a los líderes, a los vecinos, a los compañeros de trabajo, de estudio, de iglesia. Suponemos que todos compartimos el mismo Dios y no alcanzamos a entender por qué ellos tienen una actitud y conducta tan distinta a la nuestra, y suponemos que debemos homologar nuestra manera de ver el mundo y la existencia a la manera en que ellos lo hacen. Y eso es sencillamente porque suponemos que compartimos el mismo Dios. Por eso, el estado de conciencia de David le permitió separar a los otros dioses del Dios de Israel. Le permitió comprender la confusión que tenían sus propios hermanos, quienes le acusaron de malicia cuando él se acercó al campamento de guerra por mandato de su padre, simplemente porque él iba en una encomienda de trabajo: a llevar provisión para sus hermanos y a tomar constancia de la vida de ellos. Pero David también pudo verificar la confusión del rey Saúl, otro ungido, pero que se había perdido en la arrogancia del poder y ya no meditaba en el dador de ese poder, al punto en que empezó a ofrecer prebendas de privilegio para la persona que se enfrentara a Goliat.

El destino de David lo conocemos, pero David no lo conocía del todo, solamente sabía lo que tenía que saber para ese momento: que Dios le había librado de las garras del oso y del león, que ese Dios le había ungido a través del profeta Samuel, que el filisteo que desafiaba al ejército de Israel era un incircunciso, es decir, no formaba parte del pacto hecho entre Dios y Abraham. Por eso David comprendió rápidamente que el desafío de Goliat no era simplemente un desafío contra unos hombres semejantes a él, un ejército similar al filisteo, sino que ese desafío era contra el Dios viviente. Pero esa claridad de David sólo podía venir de un espíritu que meditaba en el Dios eterno y con propósitos para sus hijos; David estaba fuera del ruido del mundo, disfrutaba de su retiro en el campo, donde podía pensar y recordar a ese Dios liberador y pastor. Tiempo después pudo componer el famoso Salmo 23, Jehová es mi pastor, nada me faltará. Solamente en la quietud y en el reposo del alma podemos recoger nuestros pedazos y armarlos a la luz del Espíritu, para encontrar la forma y la manera en que tenemos que actuar.

Pablo dice en una de sus cartas Por nada estéis afanosos. El afán de Saúl no le permitió valorar la unción que él también tenía por mandato divino; no le permitió conocer que el filisteo Goliat no le desafiaba a él ni a su pueblo, sino al ejército del Dios viviente. Que ese pueblo junto con su rey tenían un dueño y Señor, el Dios viviente. Esa fue la ventaja que le sacó David a Saúl en su primera aparición pública ante un ejército mal dirigido. Y desde allí tuvo que seguir luchando contra muchos gigantes.

OTROS GIGANTES.

Hubo también otros gigantes, llamados los hijos de Anac, según el relato aparecido en Números 13: 33. Asimismo, hubo varias guerras contra los filisteos, en una de las cuales David y sus siervos mataron a cuatro gigantes. De manera que las piedras que David tomara del arroyo, cinco en total, simbolizaban la perspectiva de Dios anunciando que por su mano, por su intermediación, acabaría con cinco gigantes filisteos que mancillaban el nombre de Israel. Ese relato aparece en el segundo libro de Samuel, capítulo 21, versos 18 al 22.
Pero como quiera que estos relatos están recopilados en lo que denominamos las Escrituras, tienen por naturaleza un mensaje paralelo al plano meramente histórico. Un gigante simboliza el poder concentrado en un hombre, un poder especial en la batalla, un mecanismo para amedrentar al enemigo y al más débil. Así parece recogerse, paralelamente, en el caso tratado por el autor del llibro llamado Números, en capítulo 13. En una misión denominada la de los espías hacia la tierra de Canaán, se encomendó la tarea de tomar datos acerca de la tierra prometida a doce personas. De las doce sólo dos regresaron con optimismo, pues los restantes diez alarmaron al pueblo de Israel infligiendo desánimo colectivo. Los diez espías pesimistas se enfocaron en los gigantes que vieron en Canaán, y tomaron la decisión -10 contra 2- mayoritaria, colectiva, de no poder subir contra ese pueblo, pues ese pueblo era más fuerte que los Israelitas. Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

Estos diez espías habían olvidado el socorro del cual habían sido objeto al ser liberados de Egipto; olvidaron rápidamente quién les había ofrecido la tierra. Ya no tenían foco en Jehová, su Dios, sino que se creían simples guerreros y lo que miraron fue mirado solamente desde la perspectiva humana, terrestre y cotidiana.

Cuando se mira al mundo desde la perspectiva del mundo, miramos con sus armas, con su visión, bajo la óptica de su príncipe. Allí comienza a verse a los moradores del mundo como gente que son capaces de tragarnos; nuestra visión se torna falaz y generalizamos apresuradamente: todo el pueblo son gente de grande estatura. Por supuesto que cuando eso ocurre lo que realmente vemos son gigantes, y ante ellos venimos a ser como langostas, y lo que es peor no ha terminado. Si todo fuese producto de nuestra visión de la realidad tangible, tal vez halla mucha razón en esas aseveraciones, pues el mundo realmente quiere tragarnos, el mundo se torna gigante para nosotros los débiles según sus armas, pues nuestras armas no son carnales, vale decir, no son mundanas. Pero lo peor no ha comenzado, lo peor comienza cuando nos atrevemos a ser videntes, a mirar más allá de las evidencias físicas y materiales, y aquella fe que nos faltó para confiar en la fuerza de quien nos envía, se convierte ahora en una fe en negativo. Ahora esa fe se hace presente, sigue existiendo pero contra nosotros mismos; de un momento a otro empezamos a interpretar los pensamientos del mundo contra nosotros. Nos atrevemos a decir que nosotros les parecemos a ellos como langostas.

Eso fue lo que dijeron los 10 espías pesimistas de la misión encomendada. Interpretaron los sentimientos de la gente del mundo. Se convirtieron en videntes, profetizaron su pesimismo y detallaron con pormenores todos los inconvenientes que ellos percibieron. En otros términos, ellos confiaron en lo que veían, en lo que percibían, y en el poder que se suponía en manos del enemigo. Y confiaron en eso porque dejaron de confiar en el poder de Dios, del Dios que les había sacado de Egipto. Y lo peor sigue a lo peor. Hubo una revuelta y el pueblo se quejó contra Moisés y contra Aarón, y deseó a una morir en Egipto o en el desierto. Y querían designar un capitán para volver a Egipto (donde habían sido esclavos y muy maltratados). En ese momento la gloria del Dios que les había salvado quedó apagada en su espíritu, porque los gigantes se encargaron de darle sombra a esa gloria. Los gigantes hicieron sombra (lo que mejor saben hacer) y ellos olvidaron la gloria de Jehová y miraron otra gloria, la gloria del enemigo que les asustaba hasta desear morir en Egipto o en el desierto.

Este relato enseña brevemente que cuando no depositamos la fe en el Dios de las fortalezas, en el Dios de lo imposible, la depositamos en otro sitio, en un sitio contra nosotros mismos. Porque la fe no se puede guardar y hacerse neutra; la fe es una fuerza, un poder, un grado de confianza que nos ha sido dada –de acuerdo a muchas medidas- y nos toca colocarla en el lugar adecuado. No es neutra. Ojalá y lo fuese, pues podríamos dejar de confiar en Dios por unos momentos y así esa fe no se nos volvería contra nosotros. O estamos con Dios o estamos con el mundo; no hay un sitio neutro. Cada quien tiene una medida de fe que le ha sido dada; cada quien sabe en quién debe depositarla. No es de todos la fe, la fe es un don de Dios, pero hablo para los que han recibido ese don. También enseña este relato que la fe mueve montañas, ya que los dos espías que se mantuvieron firme, Josué y Caleb, percibieron que podían subir a tomar posesión de esa tierra, pues más podrían los israelitas que los de Canaán. Aunque Caleb fue quien habló, en el libro de Josué se nota que Jehová había escogido a Josué de entre los doce espías para continuar el trabajo de Moisés. Esto implica que Josué validaba lo dicho por Caleb, de lo contrario Jehová no le hubiera permitido ir hacia Canaán. De esta forma la fe activa hechos, circunstancias, aprovecha oportunidades, es entusiasta, espera todo de quien ha prometido. La fe no puede estar quieta, ella va creando y abriendo caminos. Quien deposita la fe en el Dios que la da, y que la da con un determinado propósito, esa fe le redunda beneficios de salud espiritual. Pero quien la deposita en los gigantes de Anac, en los gigantes del mundo, la fe va redundando un mundo de pena y hostilidad que genera enfermedad espiritual.

No quiero decir que hay que ponerle fe a las cosas, como muchos a veces piensan. No es cuestión de ponerle fe a algo que no se nos ha mandado hacer. Si a Pedro se le ordenó caminar sobre las aguas y lo hizo –al menos por un rato-, a mí no se me ha ordenado caminar sobre el mar. Es así de sencillo. No puedo ponerle fe porque otro haya tenido fe para hacer determinada comisión. La fe la da Dios y cada quien es llamado a saber en sus circunstancias si Dios le ha dado fe para una determinada labor o no. Resulta de gran peligrosidad el suponer que la fe es igual para todos y para todas las actividades. No. Vemos en Pedro un ejemplo claro para ilustrar este punto; el Señor le dijo a él, y no a los demás discípulos, que caminara sobre el mar. Le dio palabra para actuar de una manera específica.

La fe es específica, pero hay que colocarla en el dador, no en el objeto a conseguir. La fe la da Dios, para que descansemos en Él, para que confiemos en su cuidado. Nuestro trabajo es colocar la fe dada en el dador mismo, y esperar en acción, haciendo lo que Dios nos va indicando, como Providencia en su mandato. El va abriendo caminos, derribando cerraduras, puertas, montañas, solamente cuando depositamos nuestra confianza en su Palabra. Eso fue lo que hicieron Josué y Caleb; lo que hizo más tarde David. Pero también fue lo que dejaron de hacer los 10 espías y lo que dejó de hacer Saúl. Su confianza en ellos mismos, en sus propias fuerzas, hizo prevalecer la sombra de los gigantes por quienes fueron vencidos.

Cuando descubrimos que Dios nos da fe para una determinada comisión, debemos actuar en consecuencia, como Josué y Caleb, como David, recordando siempre que como la fe no puede estar quieta, ni puede ser neutra, ella va a ser depositada definitivamente o en el dador o en el príncipe de este mundo quien es el usurpador.

1. El gigante del afán.

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6-7). Este solo texto serviría para llevar consuelo a las almas afanadas por el trajín diario, ensombrecidas por la imagen del gigante del afán. Nadie puede añadir a su estatura un codo, por mucho afán que se le ponga. Aún la palabra antes de salir de nuestra boca ya es conocida por el Altísimo. Jesús dormía cuando había una gran tormenta y estaba en una barca en el mar.

Bajo el criterio de la predestinación no estamos hablando del fatalismo musulmán, teoría propia del mahometismo. Ellos creen en la fatalidad, en los eventos que acaecen sin que se puedan evitar, pero sin que tengan un destino más que la fatalidad misma, ya que casi excluyen de su doctrina las causas secundarias –o la responsabilidad humana. Ellos colocan a su dios como un ser arbitrario, al punto que el fin o lo teleológico es lo único que interesa, sin importar los medios.
Paso a citar a un autor sobre el tema: “El contraste con el sistema cristiano (del mahometismo) puede verse claramente en la siguiente anécdota. Un barco con ingleses y mahometanos a bordo se desplazaba a través del mar. Accidentalmente uno de los pasajeros cayó al mar. Los mahometanos, observando con gran indiferencia al pasajero accidentado, dijeron, ´Si está escrito en el libro del destino que se ha de salvar, se salvará sin nuestra ayuda; y, si está escrito que ha de perecer, no hay nada que podamos hacer´; y con eso lo dejaron. Los ingleses, en cambio, replicaron, ´Quizás esté escrito que nosotros hemos de salvarlo´, y le arrojaron una soga y le sacaron vivo del agua” (véase La Predestinación, por Loraine Boettner, p.227).

El Dios de la Biblia es un Dios con propósito, no un Dios anclado en su absoluta voluntad y colmado de caprichos. Es un Dios de amor que efectivamente es absoluto, que predestina y ordena, pero que se interesa por el carácter del hombre, al punto que ha dicho que David era conforme a su corazón. Ese Dios bíblico nos recomienda no estar afanosos por nada. Sin embargo, la recomendación no es apenas un mandato, sino que viene acompañada de un método, un camino para dejar el afán. Por supuesto que el mandato vendría a ser suficiente en sí mismo, pero el método permite su fácil cumplimiento.

Frente a los problemas cotidianos, frente a las circunstancias desagradables con que podamos encontrarnos, tenemos siempre dos maneras de enfocarnos. O miramos la sobra de los gigantes y pensamos en los pormenores del mundo, en sus imposibilidades, en cómo nos perciben (éramos nosotros como langostas para ellos), o acudimos al Señor. Y si acudimos al Señor podemos continuar leyendo el texto expuesto de Filipenses 4, justamente un verso más allá, el 8, que dice la manera para no estar afanosos y para tener las fuerzas de exponer nuestras peticiones al Padre con oración y ruego: Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Se nos había prometido en el texto anterior, el 7, que Dios guardará nuestros pensamientos en Cristo Jesús, pero ahora se nos dice cómo lo hace el Padre: recomendándonos –además de orar- pensar adecuadamente.

La actividad de pensar es una actividad intelectual, racional. Implica seguimientos lógicos. Si entramos en la cámara de oración a respirar vida, allí tenemos que echar nuestra ansiedad sobre Él, llevar todo pensamiento cautivo a Cristo, para que nuestros pensamientos sean guardados. Pero hay algo más que podemos hacer nosotros para desinflar al gigante y acabar con su sombra: traer la luz brillante que la disipe. Parte de esa luz brillante son los buenos pensamientos, todos aquellos pensamientos que posean alguna virtud llenarán nuestros corazones y entonces por la ley de los vasos comunicantes, los malos pensamientos que estaban hace un rato comienzan a salir. Si solamente oramos pero no metemos pensamientos virtuosos en nosotros mismos, los malos pensamientos quedan allí. Por eso el mismo Dios nos lo recomienda inmediatamente en el mismo texto.

Pero cabe la pregunta ¿dónde están esos pensamientos virtuosos y dignos de alabanza? La Biblia misma nos los ofrece en forma gratuita. Basta sólo con leer en ella y encontrarlos, pues la Biblia es la Palabra de Dios y ella está llena de sus pensamientos. No hay nada turbio en Él, de manera que cualquier texto que leamos y meditemos nos bastará para llenarnos de esos buenos pensamientos. Podríamos comenzar leyendo algunos salmos de alabanza, poesía para el alma que ama a Dios. O historias del Antiguo Testamento, para mirar de cerca a Dios en operación, actuando con su pueblo. Hay algunos que prefieren las cartas de Juan pues encuentran en ellas una especial forma de afecto que solaza el alma. Cada quien debe buscar donde cree que pueda encontrar, pero el mejor sitio está allí, en su Palabra. Recordemos que Cristo es llamado el Verbo de Dios. En otros términos, Cristo es la Palabra de Dios. La Biblia es esa misma palabra pero escrita. Y si revisamos la oración del Getsemaní, en Juan 17, nos daremos cuenta de que la vida eterna no es otra cosa que conocer al Padre, y a Jesucristo a quien Él ha enviado.

Mal podemos nosotros anhelar la vida eterna si no somos capaces de pasar 10 minutos a solas con Él en oración y comunión íntima. Y si digo 10 puedo decir 20 ó una hora o lo que nuestra alma anhele. Pero eso es un ejercicio diario, un buen hábito para nuestro reposo, para obscurecer gigantes, pues su sombra se desvanece ante la luz brillante de la presencia de Dios.

2. El gigante de la duda.

Dudar puede definirse como una vascilación entre dos o más opiniones. La duda puede ser vista con criterio científico si pensamos en la prueba fehaciente de nuestras hipótesis, para que sean convertidas en leyes. Desde esta perspectiva la duda puede ser necesaria y conveniente; ayuda a la certeza permitiéndonos no darnos a la aventura sin antes sopesar los pasos que se tienen que dar para asegurar una determinada esperanza.

Jesucristo mismo confirmó este criterio de la ciencia cuando argumentaba acerca de una persona que al hacer una edificación tenía primero que sopesar los gastos, para estar seguro de terminarla. O del rey que iba a la guerra pero que antes valoraba la factibilidad del triunfo, caso contrario propondría un pacto de paz. De manera que esa duda previa a los hechos en un proceso investigativo resulta eficaz. Pero en el terreno de la fe tiene otra connotación. Recordemos que la fe es un don de Dios, se da de acuerdo a una medida que el dador decide, que nuestra tarea consiste en el depósito de esa fe. Una vez que hemos depositado la fe en manos del dador de la fe la duda no tiene ningún sentido. En el terreno de la fe, la duda es más bien una fe en negativo. La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Una de las grandes recomendaciones en la Biblia para disipar la duda en la fe radica en poner la mira en las cosas de arriba. El poner la mira en las cosas de la tierra nos lleva a mirar el mundo de nuevo, a estimularnos con sus atractivos y a perder el debido contacto de nuestra fuente espiritual. El problema es simple: los del mundo tienen su fuente espiritual en la tierra, en el mundo mismo. Nosotros, los que hemos creído, tenemos nuestra fuente espiritual fuera de esta tierra, en donde se ha instaurado nuestra ciudadanía, en los cielos. De manera que la ventaja la tienen los del mundo, ya que su ciudadanía está acá mismo junto a su príncipe. Por eso a nosotros nos fue enviado un Consolador, para que esté con nosotros todos los días y nos guíe a toda verdad.

Si nuestra ciudadanía no se encuentra en esta tierra, sino en los cielos, y si se nos dice que estamos sentados en los lugares celestiales juntamente con Cristo, entonces es lógico que Pablo en Colosenses 3:2-3 nos lo recuerde: Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Ese es el gran secreto para alejar la duda de la fe; la fe y la duda son excluyentes: una impide que la otra se manifieste.

Recordemos que debemos pensar todo lo bueno, todo lo amable y todo lo justo, en fin, aquello que sea digno de alabanza, donde se encuentra la virtud. Esas cosas en las cuales pensar tienen su referencia en las cosas de arriba. Por supuesto que esta espacialidad arriba/abajo es una alusión simbólica y semiótica a nuestra posición y a la posición del mundo. El gran problema para nosotros lo produce el argumento de cantidad (llamado ad populum). En la era de la democracia suponemos que la mayoría tiene la razón y la minoría está abatida. Esa información se ha incorporado tal vez a nuestros genes, por vía de los cromosomas, y se traduce en un gigante interno, muy peligroso. Tan peligroso que creemos viene de nosotros mismos, pues es un gigante interno.
Cuando vemos los templos llenos de personas que tienen la doctrina equivocada, nos sentimos atropellados por el argumento de cantidad. Cuando miramos al mundo y vemos la cantidad de personas que no siente preocupación alguna por lo de arriba, nos sentimos de nuevo atropellados. Si encendemos el televisor para acallar nuestra angustia, el mundo nos devora. Esos gigantes son en sí mismos un argumento de cantidad. Son enormes y nosotros parecemos como langostas. Pero de nuevo la exhortación: no miremos la sombra del gigante, miremos hacia arriba y contemplaremos a Jehová como gigante (Isaías 42: 13). Digamos con el profeta Jeremías Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada (Jeremías 20:11).

3. El gigante del pasado que ata.

No todos los gigantes son de la misma estatura; unos miden más que otros y tienen más fuerza. Con frecuencia se aparece ante nosotros el gigante del pasado que ata. Tal vez pude decir el gigante que nos ata al pasado. Las dos formas valen, aunque sus matices las distingan. Uno de los mayores problemas nuestros es la continuidad en la lucha: logramos vencer a un gigante y en plena celebración aparece otro. A David le tocó vencer a cinco de ellos en su vida física. Eso fue bastante para un soldado. Pero a nosotros se nos aparecen decenas de ellos en el plano del espíritu, en el plano de la mente. Uno de ellos es el que nos deja atado en el pasado.

Sutilmente, este gigante conoce nuestro pasado mejor que nosotros, tiene un historial perfecto que puede recordarnos cuando le conviene. Por supuesto, en el historial se destacan en forma peculiar muchos de nuestros errores, caídas y fracasos. Se incluyen, inclusive, las frases erradas que hemos dicho cuando enojados, en la carne, pronunciamos adjetivos impropios bajo las circunstancias adversas o que no entendíamos. Entonces se produce en nosotros el llamado efecto dominó, donde una ficha tropieza contra otra ficha, y ésta contra la siguiente y la cadena de causas y efectos no se termina.

Este gigante es de temer, porque se esconde detrás nuestro. No lo vemos hacia delante, siempre está detrás, escondido en nuestra memoria. Además, tiene la habilidad de recordarnos en forma combinada todo lo que hemos aprendido, aún lo bueno –como los textos de la Biblia- junto a lo malo que hemos hecho. Esa combinatoria suscita mayor angustia dentro de nosotros. Hemos querido hacer lo bueno, pero nuestros actos han demostrado que hemos hecho lo contrario. Entonces, una causa inevitable produce la consecuencia inevitable: volveremos a fallar, a pesar de nuestro esmero.

Algo parecido le sucedió a muchos ´héroes´ de la Biblia; recordemos a Pablo cuando dice miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Todo porque lo bueno que quería hacer no lo hacía, empero lo malo esto hacía. Pero el mismo apóstol nos ha dado la salida: gracias sean dadas a Dios por Jesucristo. Este gigante es difícil de vencer pues habita en nuestra memoria, y a nuestra memoria no podemos borrarla pues sufriríamos de amnesia. Debemos aprender a vivir con él pero ignorándolo, demostrándonos a nosotros mismos que hemos sido perdonados.
Si nuestro Dios es soberano y Él nos escogió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:11), su escogencia estuvo fundada en su gracia, en el puro afecto de su voluntad. Su escogencia no se fundamentó en nuestros actos, buenos o malos, pues la gracia no sería gracia, sino obra. Entonces es de suponer que nos escogió antes de nuestros pecados, antes de cometer el primero de ellos, y nos llamó después de haberlos cometido. Hay una cadena histórica en Romanos 8:29-30: Conocer (en el sentido de tener comunión íntima, como José que no conoció a María hasta que ésta dio a luz a su Hijo), predestinar (véase también Efesios 1:11), llamar (¿cómo oirán si no hay quien les predique?), justificar (esta justicia por la fe nos da paz para con Dios. Estamos en paz con Él), glorificar (estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo –no con los gigantes).

De manera que esta cadena histórica, preparada desde antes de la historia misma, sirve para atar al gigante que ata al pasado. Si él quiere usar nuestra memoria, nuestros recuerdos negativos, para atarnos al pasado y a una causa única de errores que genera una consecuencia inevitable de errores, entonces podemos nosotros atarle a él también, saliéndole adelante con esta cadena histórica planteada en el libro de Romanos. Hemos sido conocidos –en la comunión más íntima- por Dios (por lo cual le llamamos Abba Padre), hemos sido predestinados (nuestro destino es la gloria misma, no el fracaso), se nos ha llamado porque hemos sido predestinados –por lo tanto se deduce escogidos. Se nos ha justificado –Dios no nos ve con pecado, sino limpios en Cristo (allí pierde toda fuerza el gigante que ata al pasado) y por si fuera poco se nos ha glorificado. En nuestra gloria la sombra del gigante se desvanece. Digo nuestra gloria porque nos ha sido dada.

Por ahora he mencionado apenas tres de los muchos gigantes que encontramos en nuestra vida. Recordemos que nuestra lucha no es contra las personas, contra nuestros semejantes, a pesar de que ellos se prestan a ser instrumentos de Satanás. Nuestra lucha es contra huestes espirituales de maldad, por lo que las armas de nuestra milicia no pueden ser terrenales, carnales, sino poderosas en Dios mismo: la espada del Espíritu, la Palabra y la oración. No hay gigante que pueda estar en pie frente a estos instrumentos de combate.

Tags: SOBERANIA DE DIOS

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