Jueves, 17 de enero de 2008
Hab?a gigantes en la tierra en aquellos d?as?Estos fueron los valientes que desde la antig?edad fueron varones de renombre. As? relata el libro de G?nesis en su cap?tulo 6, verso 4, dando inicio a una ?pica b?blica que se ilustra en otros libros de las Escrituras, y que se documenta con hallazgos de personas gigantes a trav?s de los siglos, incluso en estos inicios del siglo XXI. As? parece recogerlo:

http://www.chino-china.com/articulos/20050713-gigante.html

como una noticia muy particular, un hombre chino que mide 2,36 metros, en crecimiento natural, sin que haya intermediado drogas o manipulaci?n gen?tica.

La p?gina citada agrega que Bao Xishun ha pasado con ?xito todos los tests del Guiness de los r?cords y ha sido mundialmente reconocido como el hombre m?s alto del mundo (?siempre por crecimiento natural!). Actualmente tiene 55 a?os. Comenz? a jugar al baloncesto hace 34 a?os. Explica que pod?a tocar el tablero con s?lo levantar la mano. Siendo demasiado alto para vivir en la ciudad de Shenyang, donde hab?a estudiado, volvi? a su pueblo natal de Chifeng, en plena estepa china, en 1973. M?s de 30 a?os despu?s, ha vuelto a salir de sus llanuras y de su pueblo natal.

El Goliat b?blico med?a 2 metros 97 cent?metros, seg?n los c?lculos realizados a partir de los datos suministrados en el libro de Samuel 17:4, y convertirlos a las unidades modernas de medidas de longitud. De esta manera, cotejando los dos datos mencionados, el del Goliat b?blico y el del chino m?s grande del mundo actual, notamos que es perfectamente plausible el hecho de que existieran personas de semejante tama?o en la remota antig?edad b?blica. Nada de mitolog?as ni leyendas exageradas, solamente hechos plausibles, o admisibles.

Dignos de ser temidos, estos gigantes eran perfectos gladiadores que ostentaban una poderosa armadura defensiva y unas peligrosas y extendidas armas, que pod?an vencer con ellas f?cilmente en los combates cuerpo a cuerpo al que los soldados antiguos se somet?an. De all? la mayor grandeza de David, el m?s peque?o de todos sus hermanos ?tanto en edad como en estatura-, pero un hombre que conoc?a claramente los l?mites entre lo que se consideraba el pueblo escogido por Dios y el pueblo ajeno al pacto de Dios, llamado pacto de circuncisi?n, por lo cual David proclamaba que Goliat era simplemente un filisteo incircunciso, es decir, un individuo ajeno al pacto de Dios con su pueblo. En otras palabras, Goliat era simplemente un enemigo de Dios y de su pueblo, y pese a su enorme tama?o y poder en batalla era combatible en el nombre del Dios que se hab?a escogido un pueblo para s? mismo. David traz? una raya imaginaria entre el filisteo incircunciso y el ej?rcito del Dios viviente, entre el filisteo incircunciso y el Dios de los escuadrones de Israel a quien Goliat hab?a provocado. Esa raya imaginaria s?lo era posible dibujarla bajo la conciencia de la unci?n del Dios Santo bajo la cual David estaba; unci?n similar a la de Sa?l, pero que el mismo rey hab?a olvidado bajo la inercia del ejercicio del poder y del disfrute de su estatus, lo cual lo sumergi? en una falta de conciencia de la realidad espiritual en que se encontraba.

Vale decir que Sa?l, rey de Israel, s?lo valor? la realidad hist?rica y materializada de un ej?rcito que en poder y n?mero era inferior al ej?rcito filisteo. Sin embargo, David no se instaur? en el lugar de esa materializaci?n, sino en el lugar de la conciencia del Dios de la unci?n a quien serv?a, el mismo Dios que le hab?a ayudado en sus combates contra osos y leones en defensa de las ovejas de su padre.

Somos un pueblo escogido, real sacerdocio, naci?n santa; semejantes t?tulos que se nos han conferido, aunados al de hijos de Dios, coherederos de la vida eterna, deber?an ser suficientes para dibujar esa raya imaginaria de David. Deber?amos ser capaces de marcar la distancia entre los que no han conocido a Jes?s y los que ya lo conocemos; no una raya en distingo de soberbia nuestra, ni siquiera en creernos mejores que los otros, pues Pablo en Romanos nos recuerda que somos hechos de la misma masa; capaces no en nuestra fuerza, o en nuestra nobleza, o en nuestra buena voluntad, sino en la conciencia de ser un pueblo escogido por un Dios soberano, que hace como quiere. He all? nuestra fuerza, nuestro horizonte, sabiendo que las voces y gritos que o?mos en contra de nuestro esp?ritu provienen de ese otro lado de la raya, de un pueblo incircunciso ?que no ha conocido al Dios viviente. Entonces, como consecuencia innegable, podemos confrontar esas voces no en un acto mental positivo, sino simplemente en un acto de conciencia de nuestra realidad.

Si meditamos aunque sea un rato diariamente, para investigar qui?nes somos, de d?nde venimos y hacia d?nde vamos, entonces las Escrituras nos revelar?an todas las interrogantes en relaci?n a nuestra vida. Pero sucede que en ocasiones nos sumergimos tanto en las carencias que el mundo dice que tenemos ?y que gentilmente se ofrece a suplirnos- que descuidamos el conocimiento que tenemos acerca de nosotros mismos. Le creemos a la voz del mundo, a su pr?ncipe, a sus instrumentos de propaganda, porque la voz del Esp?ritu la tenemos apagada por una sola raz?n: no tenemos conciencia de lo que nos ha sido dado.

David en sus retiros pastoriles, quiz?s a la sombra de alg?n arbusto, o a la orilla de un riachuelo, mientras las ovejas abrevaban, recordaba los instantes en que Dios, el Dios de sus padres, le hab?a protegido de las garras del le?n y del oso; recordaba la unci?n que el profeta Samuel le hab?a dado por voluntad divina. Quiz?s ese tipo de trabajo de David le permit?a pensar, repensar, meditar acerca de qui?n era ?l, acerca de su pertenencia a un pueblo, de cu?l era el Dios de ese pueblo. Ten?a la facilidad que quiz?s nosotros hoy d?a no tenemos, y era que los otros pueblos ten?an dioses diferenciados del Dios de Israel. Hoy d?a, parte de nuestra confusi?n radica en que vivimos en un mundo ?cristianizado? y todos parecen compartir el mismo Dios. Entonces recordamos y pretendemos seguir a trav?s de ese recuerdo a los l?deres, a los vecinos, a los compa?eros de trabajo, de estudio, de iglesia. Suponemos que todos compartimos el mismo Dios y no alcanzamos a entender por qu? ellos tienen una actitud y conducta tan distinta a la nuestra, y suponemos que debemos homologar nuestra manera de ver el mundo y la existencia a la manera en que ellos lo hacen. Y eso es sencillamente porque suponemos que compartimos el mismo Dios. Por eso, el estado de conciencia de David le permiti? separar a los otros dioses del Dios de Israel. Le permiti? comprender la confusi?n que ten?an sus propios hermanos, quienes le acusaron de malicia cuando ?l se acerc? al campamento de guerra por mandato de su padre, simplemente porque ?l iba en una encomienda de trabajo: a llevar provisi?n para sus hermanos y a tomar constancia de la vida de ellos. Pero David tambi?n pudo verificar la confusi?n del rey Sa?l, otro ungido, pero que se hab?a perdido en la arrogancia del poder y ya no meditaba en el dador de ese poder, al punto en que empez? a ofrecer prebendas de privilegio para la persona que se enfrentara a Goliat.

El destino de David lo conocemos, pero David no lo conoc?a del todo, solamente sab?a lo que ten?a que saber para ese momento: que Dios le hab?a librado de las garras del oso y del le?n, que ese Dios le hab?a ungido a trav?s del profeta Samuel, que el filisteo que desafiaba al ej?rcito de Israel era un incircunciso, es decir, no formaba parte del pacto hecho entre Dios y Abraham. Por eso David comprendi? r?pidamente que el desaf?o de Goliat no era simplemente un desaf?o contra unos hombres semejantes a ?l, un ej?rcito similar al filisteo, sino que ese desaf?o era contra el Dios viviente. Pero esa claridad de David s?lo pod?a venir de un esp?ritu que meditaba en el Dios eterno y con prop?sitos para sus hijos; David estaba fuera del ruido del mundo, disfrutaba de su retiro en el campo, donde pod?a pensar y recordar a ese Dios liberador y pastor. Tiempo despu?s pudo componer el famoso Salmo 23, Jehov? es mi pastor, nada me faltar?. Solamente en la quietud y en el reposo del alma podemos recoger nuestros pedazos y armarlos a la luz del Esp?ritu, para encontrar la forma y la manera en que tenemos que actuar.

Pablo dice en una de sus cartas Por nada est?is afanosos. El af?n de Sa?l no le permiti? valorar la unci?n que ?l tambi?n ten?a por mandato divino; no le permiti? conocer que el filisteo Goliat no le desafiaba a ?l ni a su pueblo, sino al ej?rcito del Dios viviente. Que ese pueblo junto con su rey ten?an un due?o y Se?or, el Dios viviente. Esa fue la ventaja que le sac? David a Sa?l en su primera aparici?n p?blica ante un ej?rcito mal dirigido. Y desde all? tuvo que seguir luchando contra muchos gigantes.

OTROS GIGANTES.

Hubo tambi?n otros gigantes, llamados los hijos de Anac, seg?n el relato aparecido en N?meros 13: 33. Asimismo, hubo varias guerras contra los filisteos, en una de las cuales David y sus siervos mataron a cuatro gigantes. De manera que las piedras que David tomara del arroyo, cinco en total, simbolizaban la perspectiva de Dios anunciando que por su mano, por su intermediaci?n, acabar?a con cinco gigantes filisteos que mancillaban el nombre de Israel. Ese relato aparece en el segundo libro de Samuel, cap?tulo 21, versos 18 al 22.
Pero como quiera que estos relatos est?n recopilados en lo que denominamos las Escrituras, tienen por naturaleza un mensaje paralelo al plano meramente hist?rico. Un gigante simboliza el poder concentrado en un hombre, un poder especial en la batalla, un mecanismo para amedrentar al enemigo y al m?s d?bil. As? parece recogerse, paralelamente, en el caso tratado por el autor del llibro llamado N?meros, en cap?tulo 13. En una misi?n denominada la de los esp?as hacia la tierra de Cana?n, se encomend? la tarea de tomar datos acerca de la tierra prometida a doce personas. De las doce s?lo dos regresaron con optimismo, pues los restantes diez alarmaron al pueblo de Israel infligiendo des?nimo colectivo. Los diez esp?as pesimistas se enfocaron en los gigantes que vieron en Cana?n, y tomaron la decisi?n -10 contra 2- mayoritaria, colectiva, de no poder subir contra ese pueblo, pues ese pueblo era m?s fuerte que los Israelitas. Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que hab?an reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. Tambi?n vimos all? gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y ?ramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y as? les parec?amos a ellos.

Estos diez esp?as hab?an olvidado el socorro del cual hab?an sido objeto al ser liberados de Egipto; olvidaron r?pidamente qui?n les hab?a ofrecido la tierra. Ya no ten?an foco en Jehov?, su Dios, sino que se cre?an simples guerreros y lo que miraron fue mirado solamente desde la perspectiva humana, terrestre y cotidiana.

Cuando se mira al mundo desde la perspectiva del mundo, miramos con sus armas, con su visi?n, bajo la ?ptica de su pr?ncipe. All? comienza a verse a los moradores del mundo como gente que son capaces de tragarnos; nuestra visi?n se torna falaz y generalizamos apresuradamente: todo el pueblo son gente de grande estatura. Por supuesto que cuando eso ocurre lo que realmente vemos son gigantes, y ante ellos venimos a ser como langostas, y lo que es peor no ha terminado. Si todo fuese producto de nuestra visi?n de la realidad tangible, tal vez halla mucha raz?n en esas aseveraciones, pues el mundo realmente quiere tragarnos, el mundo se torna gigante para nosotros los d?biles seg?n sus armas, pues nuestras armas no son carnales, vale decir, no son mundanas. Pero lo peor no ha comenzado, lo peor comienza cuando nos atrevemos a ser videntes, a mirar m?s all? de las evidencias f?sicas y materiales, y aquella fe que nos falt? para confiar en la fuerza de quien nos env?a, se convierte ahora en una fe en negativo. Ahora esa fe se hace presente, sigue existiendo pero contra nosotros mismos; de un momento a otro empezamos a interpretar los pensamientos del mundo contra nosotros. Nos atrevemos a decir que nosotros les parecemos a ellos como langostas.

Eso fue lo que dijeron los 10 esp?as pesimistas de la misi?n encomendada. Interpretaron los sentimientos de la gente del mundo. Se convirtieron en videntes, profetizaron su pesimismo y detallaron con pormenores todos los inconvenientes que ellos percibieron. En otros t?rminos, ellos confiaron en lo que ve?an, en lo que percib?an, y en el poder que se supon?a en manos del enemigo. Y confiaron en eso porque dejaron de confiar en el poder de Dios, del Dios que les hab?a sacado de Egipto. Y lo peor sigue a lo peor. Hubo una revuelta y el pueblo se quej? contra Mois?s y contra Aar?n, y dese? a una morir en Egipto o en el desierto. Y quer?an designar un capit?n para volver a Egipto (donde hab?an sido esclavos y muy maltratados). En ese momento la gloria del Dios que les hab?a salvado qued? apagada en su esp?ritu, porque los gigantes se encargaron de darle sombra a esa gloria. Los gigantes hicieron sombra (lo que mejor saben hacer) y ellos olvidaron la gloria de Jehov? y miraron otra gloria, la gloria del enemigo que les asustaba hasta desear morir en Egipto o en el desierto.

Este relato ense?a brevemente que cuando no depositamos la fe en el Dios de las fortalezas, en el Dios de lo imposible, la depositamos en otro sitio, en un sitio contra nosotros mismos. Porque la fe no se puede guardar y hacerse neutra; la fe es una fuerza, un poder, un grado de confianza que nos ha sido dada ?de acuerdo a muchas medidas- y nos toca colocarla en el lugar adecuado. No es neutra. Ojal? y lo fuese, pues podr?amos dejar de confiar en Dios por unos momentos y as? esa fe no se nos volver?a contra nosotros. O estamos con Dios o estamos con el mundo; no hay un sitio neutro. Cada quien tiene una medida de fe que le ha sido dada; cada quien sabe en qui?n debe depositarla. No es de todos la fe, la fe es un don de Dios, pero hablo para los que han recibido ese don. Tambi?n ense?a este relato que la fe mueve monta?as, ya que los dos esp?as que se mantuvieron firme, Josu? y Caleb, percibieron que pod?an subir a tomar posesi?n de esa tierra, pues m?s podr?an los israelitas que los de Cana?n. Aunque Caleb fue quien habl?, en el libro de Josu? se nota que Jehov? hab?a escogido a Josu? de entre los doce esp?as para continuar el trabajo de Mois?s. Esto implica que Josu? validaba lo dicho por Caleb, de lo contrario Jehov? no le hubiera permitido ir hacia Cana?n. De esta forma la fe activa hechos, circunstancias, aprovecha oportunidades, es entusiasta, espera todo de quien ha prometido. La fe no puede estar quieta, ella va creando y abriendo caminos. Quien deposita la fe en el Dios que la da, y que la da con un determinado prop?sito, esa fe le redunda beneficios de salud espiritual. Pero quien la deposita en los gigantes de Anac, en los gigantes del mundo, la fe va redundando un mundo de pena y hostilidad que genera enfermedad espiritual.

No quiero decir que hay que ponerle fe a las cosas, como muchos a veces piensan. No es cuesti?n de ponerle fe a algo que no se nos ha mandado hacer. Si a Pedro se le orden? caminar sobre las aguas y lo hizo ?al menos por un rato-, a m? no se me ha ordenado caminar sobre el mar. Es as? de sencillo. No puedo ponerle fe porque otro haya tenido fe para hacer determinada comisi?n. La fe la da Dios y cada quien es llamado a saber en sus circunstancias si Dios le ha dado fe para una determinada labor o no. Resulta de gran peligrosidad el suponer que la fe es igual para todos y para todas las actividades. No. Vemos en Pedro un ejemplo claro para ilustrar este punto; el Se?or le dijo a ?l, y no a los dem?s disc?pulos, que caminara sobre el mar. Le dio palabra para actuar de una manera espec?fica.

La fe es espec?fica, pero hay que colocarla en el dador, no en el objeto a conseguir. La fe la da Dios, para que descansemos en ?l, para que confiemos en su cuidado. Nuestro trabajo es colocar la fe dada en el dador mismo, y esperar en acci?n, haciendo lo que Dios nos va indicando, como Providencia en su mandato. El va abriendo caminos, derribando cerraduras, puertas, monta?as, solamente cuando depositamos nuestra confianza en su Palabra. Eso fue lo que hicieron Josu? y Caleb; lo que hizo m?s tarde David. Pero tambi?n fue lo que dejaron de hacer los 10 esp?as y lo que dej? de hacer Sa?l. Su confianza en ellos mismos, en sus propias fuerzas, hizo prevalecer la sombra de los gigantes por quienes fueron vencidos.

Cuando descubrimos que Dios nos da fe para una determinada comisi?n, debemos actuar en consecuencia, como Josu? y Caleb, como David, recordando siempre que como la fe no puede estar quieta, ni puede ser neutra, ella va a ser depositada definitivamente o en el dador o en el pr?ncipe de este mundo quien es el usurpador.

1. El gigante del af?n.

Por nada est?is afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oraci?n y ruego, con acci?n de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardar? vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jes?s (Filipenses 4:6-7). Este solo texto servir?a para llevar consuelo a las almas afanadas por el traj?n diario, ensombrecidas por la imagen del gigante del af?n. Nadie puede a?adir a su estatura un codo, por mucho af?n que se le ponga. A?n la palabra antes de salir de nuestra boca ya es conocida por el Alt?simo. Jes?s dorm?a cuando hab?a una gran tormenta y estaba en una barca en el mar.

Bajo el criterio de la predestinaci?n no estamos hablando del fatalismo musulm?n, teor?a propia del mahometismo. Ellos creen en la fatalidad, en los eventos que acaecen sin que se puedan evitar, pero sin que tengan un destino m?s que la fatalidad misma, ya que casi excluyen de su doctrina las causas secundarias ?o la responsabilidad humana. Ellos colocan a su dios como un ser arbitrario, al punto que el fin o lo teleol?gico es lo ?nico que interesa, sin importar los medios.
Paso a citar a un autor sobre el tema: ?El contraste con el sistema cristiano (del mahometismo) puede verse claramente en la siguiente an?cdota. Un barco con ingleses y mahometanos a bordo se desplazaba a trav?s del mar. Accidentalmente uno de los pasajeros cay? al mar. Los mahometanos, observando con gran indiferencia al pasajero accidentado, dijeron, ?Si est? escrito en el libro del destino que se ha de salvar, se salvar? sin nuestra ayuda; y, si est? escrito que ha de perecer, no hay nada que podamos hacer?; y con eso lo dejaron. Los ingleses, en cambio, replicaron, ?Quiz?s est? escrito que nosotros hemos de salvarlo?, y le arrojaron una soga y le sacaron vivo del agua? (v?ase La Predestinaci?n, por Loraine Boettner, p.227).

El Dios de la Biblia es un Dios con prop?sito, no un Dios anclado en su absoluta voluntad y colmado de caprichos. Es un Dios de amor que efectivamente es absoluto, que predestina y ordena, pero que se interesa por el car?cter del hombre, al punto que ha dicho que David era conforme a su coraz?n. Ese Dios b?blico nos recomienda no estar afanosos por nada. Sin embargo, la recomendaci?n no es apenas un mandato, sino que viene acompa?ada de un m?todo, un camino para dejar el af?n. Por supuesto que el mandato vendr?a a ser suficiente en s? mismo, pero el m?todo permite su f?cil cumplimiento.

Frente a los problemas cotidianos, frente a las circunstancias desagradables con que podamos encontrarnos, tenemos siempre dos maneras de enfocarnos. O miramos la sobra de los gigantes y pensamos en los pormenores del mundo, en sus imposibilidades, en c?mo nos perciben (?ramos nosotros como langostas para ellos), o acudimos al Se?or. Y si acudimos al Se?or podemos continuar leyendo el texto expuesto de Filipenses 4, justamente un verso m?s all?, el 8, que dice la manera para no estar afanosos y para tener las fuerzas de exponer nuestras peticiones al Padre con oraci?n y ruego: Por lo dem?s, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Se nos hab?a prometido en el texto anterior, el 7, que Dios guardar? nuestros pensamientos en Cristo Jes?s, pero ahora se nos dice c?mo lo hace el Padre: recomend?ndonos ?adem?s de orar- pensar adecuadamente.

La actividad de pensar es una actividad intelectual, racional. Implica seguimientos l?gicos. Si entramos en la c?mara de oraci?n a respirar vida, all? tenemos que echar nuestra ansiedad sobre ?l, llevar todo pensamiento cautivo a Cristo, para que nuestros pensamientos sean guardados. Pero hay algo m?s que podemos hacer nosotros para desinflar al gigante y acabar con su sombra: traer la luz brillante que la disipe. Parte de esa luz brillante son los buenos pensamientos, todos aquellos pensamientos que posean alguna virtud llenar?n nuestros corazones y entonces por la ley de los vasos comunicantes, los malos pensamientos que estaban hace un rato comienzan a salir. Si solamente oramos pero no metemos pensamientos virtuosos en nosotros mismos, los malos pensamientos quedan all?. Por eso el mismo Dios nos lo recomienda inmediatamente en el mismo texto.

Pero cabe la pregunta ?d?nde est?n esos pensamientos virtuosos y dignos de alabanza? La Biblia misma nos los ofrece en forma gratuita. Basta s?lo con leer en ella y encontrarlos, pues la Biblia es la Palabra de Dios y ella est? llena de sus pensamientos. No hay nada turbio en ?l, de manera que cualquier texto que leamos y meditemos nos bastar? para llenarnos de esos buenos pensamientos. Podr?amos comenzar leyendo algunos salmos de alabanza, poes?a para el alma que ama a Dios. O historias del Antiguo Testamento, para mirar de cerca a Dios en operaci?n, actuando con su pueblo. Hay algunos que prefieren las cartas de Juan pues encuentran en ellas una especial forma de afecto que solaza el alma. Cada quien debe buscar donde cree que pueda encontrar, pero el mejor sitio est? all?, en su Palabra. Recordemos que Cristo es llamado el Verbo de Dios. En otros t?rminos, Cristo es la Palabra de Dios. La Biblia es esa misma palabra pero escrita. Y si revisamos la oraci?n del Getseman?, en Juan 17, nos daremos cuenta de que la vida eterna no es otra cosa que conocer al Padre, y a Jesucristo a quien ?l ha enviado.

Mal podemos nosotros anhelar la vida eterna si no somos capaces de pasar 10 minutos a solas con ?l en oraci?n y comuni?n ?ntima. Y si digo 10 puedo decir 20 ? una hora o lo que nuestra alma anhele. Pero eso es un ejercicio diario, un buen h?bito para nuestro reposo, para obscurecer gigantes, pues su sombra se desvanece ante la luz brillante de la presencia de Dios.

2. El gigante de la duda.

Dudar puede definirse como una vascilaci?n entre dos o m?s opiniones. La duda puede ser vista con criterio cient?fico si pensamos en la prueba fehaciente de nuestras hip?tesis, para que sean convertidas en leyes. Desde esta perspectiva la duda puede ser necesaria y conveniente; ayuda a la certeza permiti?ndonos no darnos a la aventura sin antes sopesar los pasos que se tienen que dar para asegurar una determinada esperanza.

Jesucristo mismo confirm? este criterio de la ciencia cuando argumentaba acerca de una persona que al hacer una edificaci?n ten?a primero que sopesar los gastos, para estar seguro de terminarla. O del rey que iba a la guerra pero que antes valoraba la factibilidad del triunfo, caso contrario propondr?a un pacto de paz. De manera que esa duda previa a los hechos en un proceso investigativo resulta eficaz. Pero en el terreno de la fe tiene otra connotaci?n. Recordemos que la fe es un don de Dios, se da de acuerdo a una medida que el dador decide, que nuestra tarea consiste en el dep?sito de esa fe. Una vez que hemos depositado la fe en manos del dador de la fe la duda no tiene ning?n sentido. En el terreno de la fe, la duda es m?s bien una fe en negativo. La fe es la certeza de lo que se espera, la convicci?n de lo que no se ve.

Una de las grandes recomendaciones en la Biblia para disipar la duda en la fe radica en poner la mira en las cosas de arriba. El poner la mira en las cosas de la tierra nos lleva a mirar el mundo de nuevo, a estimularnos con sus atractivos y a perder el debido contacto de nuestra fuente espiritual. El problema es simple: los del mundo tienen su fuente espiritual en la tierra, en el mundo mismo. Nosotros, los que hemos cre?do, tenemos nuestra fuente espiritual fuera de esta tierra, en donde se ha instaurado nuestra ciudadan?a, en los cielos. De manera que la ventaja la tienen los del mundo, ya que su ciudadan?a est? ac? mismo junto a su pr?ncipe. Por eso a nosotros nos fue enviado un Consolador, para que est? con nosotros todos los d?as y nos gu?e a toda verdad.

Si nuestra ciudadan?a no se encuentra en esta tierra, sino en los cielos, y si se nos dice que estamos sentados en los lugares celestiales juntamente con Cristo, entonces es l?gico que Pablo en Colosenses 3:2-3 nos lo recuerde: Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque hab?is muerto, y vuestra vida est? escondida con Cristo en Dios. Ese es el gran secreto para alejar la duda de la fe; la fe y la duda son excluyentes: una impide que la otra se manifieste.

Recordemos que debemos pensar todo lo bueno, todo lo amable y todo lo justo, en fin, aquello que sea digno de alabanza, donde se encuentra la virtud. Esas cosas en las cuales pensar tienen su referencia en las cosas de arriba. Por supuesto que esta espacialidad arriba/abajo es una alusi?n simb?lica y semi?tica a nuestra posici?n y a la posici?n del mundo. El gran problema para nosotros lo produce el argumento de cantidad (llamado ad populum). En la era de la democracia suponemos que la mayor?a tiene la raz?n y la minor?a est? abatida. Esa informaci?n se ha incorporado tal vez a nuestros genes, por v?a de los cromosomas, y se traduce en un gigante interno, muy peligroso. Tan peligroso que creemos viene de nosotros mismos, pues es un gigante interno.
Cuando vemos los templos llenos de personas que tienen la doctrina equivocada, nos sentimos atropellados por el argumento de cantidad. Cuando miramos al mundo y vemos la cantidad de personas que no siente preocupaci?n alguna por lo de arriba, nos sentimos de nuevo atropellados. Si encendemos el televisor para acallar nuestra angustia, el mundo nos devora. Esos gigantes son en s? mismos un argumento de cantidad. Son enormes y nosotros parecemos como langostas. Pero de nuevo la exhortaci?n: no miremos la sombra del gigante, miremos hacia arriba y contemplaremos a Jehov? como gigante (Isa?as 42: 13). Digamos con el profeta Jerem?as Mas Jehov? est? conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezar?n, y no prevalecer?n; ser?n avergonzados en gran manera, porque no prosperar?n; tendr?n perpetua confusi?n que jam?s ser? olvidada (Jerem?as 20:11).

3. El gigante del pasado que ata.

No todos los gigantes son de la misma estatura; unos miden m?s que otros y tienen m?s fuerza. Con frecuencia se aparece ante nosotros el gigante del pasado que ata. Tal vez pude decir el gigante que nos ata al pasado. Las dos formas valen, aunque sus matices las distingan. Uno de los mayores problemas nuestros es la continuidad en la lucha: logramos vencer a un gigante y en plena celebraci?n aparece otro. A David le toc? vencer a cinco de ellos en su vida f?sica. Eso fue bastante para un soldado. Pero a nosotros se nos aparecen decenas de ellos en el plano del esp?ritu, en el plano de la mente. Uno de ellos es el que nos deja atado en el pasado.

Sutilmente, este gigante conoce nuestro pasado mejor que nosotros, tiene un historial perfecto que puede recordarnos cuando le conviene. Por supuesto, en el historial se destacan en forma peculiar muchos de nuestros errores, ca?das y fracasos. Se incluyen, inclusive, las frases erradas que hemos dicho cuando enojados, en la carne, pronunciamos adjetivos impropios bajo las circunstancias adversas o que no entend?amos. Entonces se produce en nosotros el llamado efecto domin?, donde una ficha tropieza contra otra ficha, y ?sta contra la siguiente y la cadena de causas y efectos no se termina.

Este gigante es de temer, porque se esconde detr?s nuestro. No lo vemos hacia delante, siempre est? detr?s, escondido en nuestra memoria. Adem?s, tiene la habilidad de recordarnos en forma combinada todo lo que hemos aprendido, a?n lo bueno ?como los textos de la Biblia- junto a lo malo que hemos hecho. Esa combinatoria suscita mayor angustia dentro de nosotros. Hemos querido hacer lo bueno, pero nuestros actos han demostrado que hemos hecho lo contrario. Entonces, una causa inevitable produce la consecuencia inevitable: volveremos a fallar, a pesar de nuestro esmero.

Algo parecido le sucedi? a muchos ?h?roes? de la Biblia; recordemos a Pablo cuando dice miserable de m?, ?qui?n me librar? de este cuerpo de muerte? Todo porque lo bueno que quer?a hacer no lo hac?a, empero lo malo esto hac?a. Pero el mismo ap?stol nos ha dado la salida: gracias sean dadas a Dios por Jesucristo. Este gigante es dif?cil de vencer pues habita en nuestra memoria, y a nuestra memoria no podemos borrarla pues sufrir?amos de amnesia. Debemos aprender a vivir con ?l pero ignor?ndolo, demostr?ndonos a nosotros mismos que hemos sido perdonados.
Si nuestro Dios es soberano y ?l nos escogi? desde antes de la fundaci?n del mundo (Efesios 1:11), su escogencia estuvo fundada en su gracia, en el puro afecto de su voluntad. Su escogencia no se fundament? en nuestros actos, buenos o malos, pues la gracia no ser?a gracia, sino obra. Entonces es de suponer que nos escogi? antes de nuestros pecados, antes de cometer el primero de ellos, y nos llam? despu?s de haberlos cometido. Hay una cadena hist?rica en Romanos 8:29-30: Conocer (en el sentido de tener comuni?n ?ntima, como Jos? que no conoci? a Mar?a hasta que ?sta dio a luz a su Hijo), predestinar (v?ase tambi?n Efesios 1:11), llamar (?c?mo oir?n si no hay quien les predique?), justificar (esta justicia por la fe nos da paz para con Dios. Estamos en paz con ?l), glorificar (estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo ?no con los gigantes).

De manera que esta cadena hist?rica, preparada desde antes de la historia misma, sirve para atar al gigante que ata al pasado. Si ?l quiere usar nuestra memoria, nuestros recuerdos negativos, para atarnos al pasado y a una causa ?nica de errores que genera una consecuencia inevitable de errores, entonces podemos nosotros atarle a ?l tambi?n, sali?ndole adelante con esta cadena hist?rica planteada en el libro de Romanos. Hemos sido conocidos ?en la comuni?n m?s ?ntima- por Dios (por lo cual le llamamos Abba Padre), hemos sido predestinados (nuestro destino es la gloria misma, no el fracaso), se nos ha llamado porque hemos sido predestinados ?por lo tanto se deduce escogidos. Se nos ha justificado ?Dios no nos ve con pecado, sino limpios en Cristo (all? pierde toda fuerza el gigante que ata al pasado) y por si fuera poco se nos ha glorificado. En nuestra gloria la sombra del gigante se desvanece. Digo nuestra gloria porque nos ha sido dada.

Por ahora he mencionado apenas tres de los muchos gigantes que encontramos en nuestra vida. Recordemos que nuestra lucha no es contra las personas, contra nuestros semejantes, a pesar de que ellos se prestan a ser instrumentos de Satan?s. Nuestra lucha es contra huestes espirituales de maldad, por lo que las armas de nuestra milicia no pueden ser terrenales, carnales, sino poderosas en Dios mismo: la espada del Esp?ritu, la Palabra y la oraci?n. No hay gigante que pueda estar en pie frente a estos instrumentos de combate.

Tags: SOBERANIA DE DIOS

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